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Dice la RAE que paradoja es “Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”. Y yo creo que la maternidad/paternidad es un ejemplo perfecto que representa lo que es una paradoja.

Hablaré de la maternidad, que es lo que me atañe a mí. Sobre la paternidad, consultar al santo.

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Quizá el verano, por la superconvivencia familiar a la que se presta, me pone aún más de manifiesto que la maternidad es una paradoja maravillosa. De esto ya se ha hablado y escrito sobradamente, y por expertos de nivel alto, así que no voy yo a descubrir la pólvora. Simplemente a compartir mi experiencia.

Cómo es posible querer tanto a los niños y al mismo tiempo necesitar que te dejen en paz un rato. Cómo puede ser que esté ávida de que me pidan su ayuda y suspirando porque sean más autónomos. Cómo puede suceder que durante mi jornada laboral me acuerde tanto de ellos y llegue a casa deseosa de estar con ellos y, a las horas, esté deseosa PERO de que se metan en la cama y nos dejen respirar un poco.

Quizá es porque, en la maternidad, todo se vive con tanta intensidad que se pasa de un extremo al otro en cuestión de segundos. Pero las paradojas, en mi caso, llegan a temas mucho más serios y profundos.

Con la maternidad he experimentado las mayores satisfacciones y las más profundas frustraciones. Las mayores alegrías y tristezas. En un mismo día he llegado a pensar que somos héroes y que somos villanos. Que vamos por buen camino y que nos dirigimos a un fracaso estrepitoso. Puede que exagere, pero creo que se me entiende.

Es como vivir en una cambiante constante, como en una ciclotimia absoluta.

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Ojo a la propaganda que hacemos a Organizados y los diferentes usos que damos a sus cajas

Si me parece paradójica la maternidad, paradoja de las paradojas me parece cuando tienes un hijo con alguna discapacidad/dificultad/diferencia/particularidad. Eso ya es un atentado contra toda lógica, al menos en mi caso.

Con nuestro magnífico he descubierto una maternidad muy diferente. Más neurótica, más empática, más sensible pero más resiliente, más paciente con él pero más impaciente con la incertidumbre, más eufórica y más prudente. Reconozco que cada obstáculo que se nos ha presentado en la vida de Juan me ha parecido más grande que un gigante, pero cada superación y triunfo me han sabido a gloria eterna. Hay días que creo chiflar por pequeños detalles que me hacen desesperar o por hitos que quiero que logre ya. Y otros días puedo ver las cosas con perspectiva y apreciar lo bien que está nuestro crack. Sus caídas me duelen en el alma. Sus golpes, como si los recibiese yo. Pero sus alegrías son felicidad para todos. Es como si fuésemos padres por primera vez y todo nos resultase nuevo y diferente. Pero habiendo tenido cuatro churumbeles antes. Muy lógico y normal todo.

Y todo esto ¿por qué? ¿A qué viene ahora? Nuestros hijos, como todos, empezaron hace unas semanas el colegio Llamadme rara, pero me encanta que estén de vacaciones, aunque me agotan. Me chifla que no tengamos que regirnos por ningún horario, aunque me supere la anarquía en las no-rutinas veraniegas. Me da pena que empiecen el cole, aunque al tiempo me ilusiona que lo hagan… Y así podría seguir y así seguiré, en una constante paradoja. Una de las cosas que más me gusta de la vuelta a la rutina es pensar que, al verse menos, también se pelearán menos. Pero esta teoría aún no se ha confirmado.

 

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He rehecho este post tres o cuatro veces. Nada me convence. Quizá es mi necesidad de agradar a todo el mundo y de que nadie se sienta ofendido. O la inseguridad que tantas veces se apodera de mí. A ver si ésta es la vez definitiva.

Me sorprendo últimamente con un cierto sentimiento de envidia. Envidia a todas esas fotos que la gente comparte por redes sociales, o te manda por Whatts App o las ideas que me monto en la cabeza en función de lo que los demás me cuentan… Porque, me da la sensación, de que todas emanan perfección. Vidas perfectas. Casas ordenadas y con un gusto maravilloso. Con muebles “que te pasas de chulos” y cortinas a conjunto. Comidas sanas, saludables y equilibradas. Cuerpos esculturales. Niños obedientes y perfectamente conjuntados que son muy felices. Planes perfectos.

Dicho esto, quiero aclarar que seguramente yo soy la primera en no darme cuenta de que en las redes sociales, en las conversaciones con padres del cole durante los cumpleaños… en general en la vida, doy una imagen proyectada de mí y de mi familia que se aleja mucho de la realidad. Sinceramente, creo que no es así, pero seguro que se me escapa en diversas ocasiones el pintar la realidad para que parezca “más mona”.

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El caso es que últimamente sólo veo perfección en todos lados y esto me hace pensar y pensar. Lógicamente, cada uno vemos las cosas con nuestra mirada y nos montamos la película de lo que hay detrás de todo eso. Pero es imposible no suponer algo de ensueño, que está mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Y claro, una entra en bucle pensando “algo debo estar haciendo mal…”

 Voy a partir, por supuesto, del respeto hacia todo el mundo. Cada uno comparte con los demás lo que le da la gana y como le da la gana, faltaría más. Pero por si hay alguien tan vulnerable como yo que siente que su vida queda muy alejada de aquello que ve a través de la mirada de otros, quiero decirle ¡¡NO ESTÁS SOLO!! ¡¡A MÍ ME PASA IGUAL!!

Siempre digo que yo no soy ejemplo de nada en absoluto. Y no lo digo por falsa modestia, ni por deseo de que los demás me reafirmen en lo contrario, ni por victimismo. Lo digo porque es así. Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada. Es más, es un descanso absoluto.

Mis hijos no son los más listos, ni los más guapos. Por supuesto, no son los más obedientes, ni siquiera son obedientes en la mayoría de las ocasiones. Seguramente esto es fruto de que tienen una madre muy poco pedagógica que pierde los nervios muchas veces al día y da más gritos de los que son tolerables para unos tímpanos sanos.

Mi casa es una casa… ¿cómo decirlo? Es una casa muy vivida. Con poco espacio y demasiadas cosas. Con habitantes desordenados, empezando por mí (esto lo tiene muy claro casi todo el mundo; el orden no es mi fuerte y eso que he mejorado). Podemos estar mucho tiempo con una bombilla sin lámpara, con un pantalón sin rodillera, con una bolsa de “ropa para dar” esperando en la puerta de casa.

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“La mesilla” del cuarto de los chicos

A veces toca repetir pasta dos días seguidos. Y se nos va la mano con los sobaos y magdalenas en el desayuno. Y el jersey del uniforme va sin planchar, porque pusimos la lavadora muy tarde.

Cuando viene a nuestra casa el “Libro viajero” del colegio, es muy probable que las páginas se vayan con algún manchurrón de comida, que se quede algo pegado por un pegote de “prit” y que no sean las páginas más estéticas de todas las del libro.

A las 21.00 h., cuando estás en plena batalla campal para meter a los gladiadores en sus camas, nuestra casa está más cerca de ser un escenario de “Jurassic park” que de un reportaje de “Casa y Jardín”.

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Jurassic home

En el “Quién es quién” hemos perdido a Paul y a Richard antes siquiera de haber terminado la primera partida. Y el libro de “El pollo Pepe” ahora es un coleccionable por fascículos.

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Pollo Pepe coleccionable

El 60% de nuestra ropa tiene manchas indelebles. Y cuando nos llega el encargo de hacer a mano una figura para el Nacimiento de la Guardería, nuestro pastorcillo se distingue a leguas.

No saco tiempo para ver una peli entera con los niños y me cuesta sentarme con ellos a jugar. Vamos, que yo soy un antagónico de la perfección.

Pero, sinceramente, ¿quién es perfecto? Si alguien levanta la mano, sólo puedo compadecerme de él. Ser perfecto debe generar un nivel de estrés inasumible en el día a día.

Y, además, ¿dónde está escrito que el ideal de la vida sea la perfección? ¿Quién ha sentenciado que lo divertido es perfecto? ¿Que lo apasionante es perfecto? ¿Que lo bello es perfecto?

Todo esto no deja de ser un bofetón hacia mí misma y la tontería que me entra por la envidia. Porque, como dice mi amiga María M. no existe la envidia buena. Existe la admiración. Pero la envidia buena, como tal, no existe.

No significa, con todo esto, que no haya aspectos de mí y de la vida que no trabaje por mejorarlo. Miles de ellos, en serio. Pero sin obsesión.

Además, la imperfección, a mi juicio, habla de realidad. De cosas y personas que son. De casas con alma (la mía tiene un alma que flipáis, jajajajja). El imperfecto necesita a los demás para su vida. Y necesitar a los demás es lo más maravilloso que pueda haber. Gente que te ayuda y te hace crecer. Yo soy muy muy muy imperfecta, de verdad. Y creo que cuanto más imperfecta me descubro, mejor me viene, porque así identifico en qué cosas puedo poner mis objetivos para intentar mejorar y más ayuda pido a los demás. Pedir ayuda no significa deshacer del tema y que otro te resuelva la papeleta. Pedir ayuda es decir: “mira, a esto no llego, lo hago fatal y sé que con tu ayuda el resultado sería mejor que sin ella”. Es un acto maravilloso de humildad que a mí me cuesta un montón pero que me ayuda a colocarme en mi lugar y repetirme: Sara, no eres perfecta, no eres omnipotente. Es más, eres bastante mediocre. Pero no pasa nada. NO PASA NADA.

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Ayudar y ser ayudado

Así que ¡viva la imperfección! Los niños despeinados. Las casas “vividas”. La falta de espacio. La necesidad de los demás. La falta de tiempo. El afán por mejorar. Las manchas de comida. Las bombillas sin lámpara y los juguetes rotos.

Y viva el descanso de que todo esto sea así. Porque cuando esto mejore, aparecerán otras imperfecciones.