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Dice la RAE que paradoja es “Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”. Y yo creo que la maternidad/paternidad es un ejemplo perfecto que representa lo que es una paradoja.

Hablaré de la maternidad, que es lo que me atañe a mí. Sobre la paternidad, consultar al santo.

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Quizá el verano, por la superconvivencia familiar a la que se presta, me pone aún más de manifiesto que la maternidad es una paradoja maravillosa. De esto ya se ha hablado y escrito sobradamente, y por expertos de nivel alto, así que no voy yo a descubrir la pólvora. Simplemente a compartir mi experiencia.

Cómo es posible querer tanto a los niños y al mismo tiempo necesitar que te dejen en paz un rato. Cómo puede ser que esté ávida de que me pidan su ayuda y suspirando porque sean más autónomos. Cómo puede suceder que durante mi jornada laboral me acuerde tanto de ellos y llegue a casa deseosa de estar con ellos y, a las horas, esté deseosa PERO de que se metan en la cama y nos dejen respirar un poco.

Quizá es porque, en la maternidad, todo se vive con tanta intensidad que se pasa de un extremo al otro en cuestión de segundos. Pero las paradojas, en mi caso, llegan a temas mucho más serios y profundos.

Con la maternidad he experimentado las mayores satisfacciones y las más profundas frustraciones. Las mayores alegrías y tristezas. En un mismo día he llegado a pensar que somos héroes y que somos villanos. Que vamos por buen camino y que nos dirigimos a un fracaso estrepitoso. Puede que exagere, pero creo que se me entiende.

Es como vivir en una cambiante constante, como en una ciclotimia absoluta.

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Ojo a la propaganda que hacemos a Organizados y los diferentes usos que damos a sus cajas

Si me parece paradójica la maternidad, paradoja de las paradojas me parece cuando tienes un hijo con alguna discapacidad/dificultad/diferencia/particularidad. Eso ya es un atentado contra toda lógica, al menos en mi caso.

Con nuestro magnífico he descubierto una maternidad muy diferente. Más neurótica, más empática, más sensible pero más resiliente, más paciente con él pero más impaciente con la incertidumbre, más eufórica y más prudente. Reconozco que cada obstáculo que se nos ha presentado en la vida de Juan me ha parecido más grande que un gigante, pero cada superación y triunfo me han sabido a gloria eterna. Hay días que creo chiflar por pequeños detalles que me hacen desesperar o por hitos que quiero que logre ya. Y otros días puedo ver las cosas con perspectiva y apreciar lo bien que está nuestro crack. Sus caídas me duelen en el alma. Sus golpes, como si los recibiese yo. Pero sus alegrías son felicidad para todos. Es como si fuésemos padres por primera vez y todo nos resultase nuevo y diferente. Pero habiendo tenido cuatro churumbeles antes. Muy lógico y normal todo.

Y todo esto ¿por qué? ¿A qué viene ahora? Nuestros hijos, como todos, empezaron hace unas semanas el colegio Llamadme rara, pero me encanta que estén de vacaciones, aunque me agotan. Me chifla que no tengamos que regirnos por ningún horario, aunque me supere la anarquía en las no-rutinas veraniegas. Me da pena que empiecen el cole, aunque al tiempo me ilusiona que lo hagan… Y así podría seguir y así seguiré, en una constante paradoja. Una de las cosas que más me gusta de la vuelta a la rutina es pensar que, al verse menos, también se pelearán menos. Pero esta teoría aún no se ha confirmado.

 

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He rehecho este post tres o cuatro veces. Nada me convence. Quizá es mi necesidad de agradar a todo el mundo y de que nadie se sienta ofendido. O la inseguridad que tantas veces se apodera de mí. A ver si ésta es la vez definitiva.

Me sorprendo últimamente con un cierto sentimiento de envidia. Envidia a todas esas fotos que la gente comparte por redes sociales, o te manda por Whatts App o las ideas que me monto en la cabeza en función de lo que los demás me cuentan… Porque, me da la sensación, de que todas emanan perfección. Vidas perfectas. Casas ordenadas y con un gusto maravilloso. Con muebles “que te pasas de chulos” y cortinas a conjunto. Comidas sanas, saludables y equilibradas. Cuerpos esculturales. Niños obedientes y perfectamente conjuntados que son muy felices. Planes perfectos.

Dicho esto, quiero aclarar que seguramente yo soy la primera en no darme cuenta de que en las redes sociales, en las conversaciones con padres del cole durante los cumpleaños… en general en la vida, doy una imagen proyectada de mí y de mi familia que se aleja mucho de la realidad. Sinceramente, creo que no es así, pero seguro que se me escapa en diversas ocasiones el pintar la realidad para que parezca “más mona”.

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El caso es que últimamente sólo veo perfección en todos lados y esto me hace pensar y pensar. Lógicamente, cada uno vemos las cosas con nuestra mirada y nos montamos la película de lo que hay detrás de todo eso. Pero es imposible no suponer algo de ensueño, que está mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Y claro, una entra en bucle pensando “algo debo estar haciendo mal…”

 Voy a partir, por supuesto, del respeto hacia todo el mundo. Cada uno comparte con los demás lo que le da la gana y como le da la gana, faltaría más. Pero por si hay alguien tan vulnerable como yo que siente que su vida queda muy alejada de aquello que ve a través de la mirada de otros, quiero decirle ¡¡NO ESTÁS SOLO!! ¡¡A MÍ ME PASA IGUAL!!

Siempre digo que yo no soy ejemplo de nada en absoluto. Y no lo digo por falsa modestia, ni por deseo de que los demás me reafirmen en lo contrario, ni por victimismo. Lo digo porque es así. Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada. Es más, es un descanso absoluto.

Mis hijos no son los más listos, ni los más guapos. Por supuesto, no son los más obedientes, ni siquiera son obedientes en la mayoría de las ocasiones. Seguramente esto es fruto de que tienen una madre muy poco pedagógica que pierde los nervios muchas veces al día y da más gritos de los que son tolerables para unos tímpanos sanos.

Mi casa es una casa… ¿cómo decirlo? Es una casa muy vivida. Con poco espacio y demasiadas cosas. Con habitantes desordenados, empezando por mí (esto lo tiene muy claro casi todo el mundo; el orden no es mi fuerte y eso que he mejorado). Podemos estar mucho tiempo con una bombilla sin lámpara, con un pantalón sin rodillera, con una bolsa de “ropa para dar” esperando en la puerta de casa.

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“La mesilla” del cuarto de los chicos

A veces toca repetir pasta dos días seguidos. Y se nos va la mano con los sobaos y magdalenas en el desayuno. Y el jersey del uniforme va sin planchar, porque pusimos la lavadora muy tarde.

Cuando viene a nuestra casa el “Libro viajero” del colegio, es muy probable que las páginas se vayan con algún manchurrón de comida, que se quede algo pegado por un pegote de “prit” y que no sean las páginas más estéticas de todas las del libro.

A las 21.00 h., cuando estás en plena batalla campal para meter a los gladiadores en sus camas, nuestra casa está más cerca de ser un escenario de “Jurassic park” que de un reportaje de “Casa y Jardín”.

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Jurassic home

En el “Quién es quién” hemos perdido a Paul y a Richard antes siquiera de haber terminado la primera partida. Y el libro de “El pollo Pepe” ahora es un coleccionable por fascículos.

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Pollo Pepe coleccionable

El 60% de nuestra ropa tiene manchas indelebles. Y cuando nos llega el encargo de hacer a mano una figura para el Nacimiento de la Guardería, nuestro pastorcillo se distingue a leguas.

No saco tiempo para ver una peli entera con los niños y me cuesta sentarme con ellos a jugar. Vamos, que yo soy un antagónico de la perfección.

Pero, sinceramente, ¿quién es perfecto? Si alguien levanta la mano, sólo puedo compadecerme de él. Ser perfecto debe generar un nivel de estrés inasumible en el día a día.

Y, además, ¿dónde está escrito que el ideal de la vida sea la perfección? ¿Quién ha sentenciado que lo divertido es perfecto? ¿Que lo apasionante es perfecto? ¿Que lo bello es perfecto?

Todo esto no deja de ser un bofetón hacia mí misma y la tontería que me entra por la envidia. Porque, como dice mi amiga María M. no existe la envidia buena. Existe la admiración. Pero la envidia buena, como tal, no existe.

No significa, con todo esto, que no haya aspectos de mí y de la vida que no trabaje por mejorarlo. Miles de ellos, en serio. Pero sin obsesión.

Además, la imperfección, a mi juicio, habla de realidad. De cosas y personas que son. De casas con alma (la mía tiene un alma que flipáis, jajajajja). El imperfecto necesita a los demás para su vida. Y necesitar a los demás es lo más maravilloso que pueda haber. Gente que te ayuda y te hace crecer. Yo soy muy muy muy imperfecta, de verdad. Y creo que cuanto más imperfecta me descubro, mejor me viene, porque así identifico en qué cosas puedo poner mis objetivos para intentar mejorar y más ayuda pido a los demás. Pedir ayuda no significa deshacer del tema y que otro te resuelva la papeleta. Pedir ayuda es decir: “mira, a esto no llego, lo hago fatal y sé que con tu ayuda el resultado sería mejor que sin ella”. Es un acto maravilloso de humildad que a mí me cuesta un montón pero que me ayuda a colocarme en mi lugar y repetirme: Sara, no eres perfecta, no eres omnipotente. Es más, eres bastante mediocre. Pero no pasa nada. NO PASA NADA.

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Ayudar y ser ayudado

Así que ¡viva la imperfección! Los niños despeinados. Las casas “vividas”. La falta de espacio. La necesidad de los demás. La falta de tiempo. El afán por mejorar. Las manchas de comida. Las bombillas sin lámpara y los juguetes rotos.

Y viva el descanso de que todo esto sea así. Porque cuando esto mejore, aparecerán otras imperfecciones.

No son pocas las ocasiones en las que la gente nos pregunta cómo nos organizamos en una casa con tantos niños y trabajando los dos. Yo siempre digo lo mismo, y aquí ya lo he contado alguna vez. Nos organizamos como podemos, en ocasiones mejor y en otras peor, pero no queda más remedio que organizarse, está claro.

Resulta que en nuestro matrimonio, no sé en los de los demás, se ha ido forjando un pacto no firmado en el que cada uno ha ido adquiriendo las competencias en las que tiene más que aportar. Aunque en ocasiones se dan ciertas duplicidades (no suele ocurrir mucho) y, en otras, sucede algún que otro vacío legal o silencio administrativo (esto puede ser más habitual que lo anterior), la realidad es que estamos bastante bien organizados. Otra cosa diferente es que la organización siempre sea efectiva, eficiente y, sobre todo, suficiente.

Así, en estos ya 9 añazos de feliz y productivo matrimonio, hemos ido tomando posesión de carteras y ministerios de la siguiente manera.

En nuestro gobierno no hay un Presidente, sino dos vicepresidentes muy atareados y algo explotados, que ejercemos nuestro papel con responsabilidad, lealtad y, sólo en ocasiones, con solvencia.

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Vicepresidente: la que suscribe

Sólo durante los viajes dilatados de mi santo al extranjero han recaído sobre mí las dos vicepresidencias, ostentando yo la Presidencia única, pero en funciones. Y he de decir que es la leche de estresante, así que no envidio a los Presidentes únicos de sus hogares. La vida de los M-L B está muy pensada para llevarla al alimón.

Cartera de Economía: Aquí el ministro o cabeza de este ámbito es mi marido. Nunca se me ha dado muy bien el tema, aunque ahora me ocupo un poco más. Él se encarga de ver las huchas, echar las cuentas y ver que no salen, jajajaj. Y luego trasladarme su preocupación. Misteriosa y milagrosamente, solemos cerrar los ejercicios con bastante buen balance en la gestión y aunque no terminamos en positivos, tampoco solemos hacerlo en negativos. Si me preguntáis os diré que esto se debe a una maniobra aritmética complicada que suele llamarse “Encaje de bolillos”. Es laboriosa, pero cuando sale, uno se queda de lo más tranquilo.

En esta cartera yo no ostento la cabeza, pero sí soy Secretaria de Estado, así que echo mano al responsable en lo que se considera oportuno, véase las transferencias a los deudores de cada mes (a los santos que nos echan una mano). Y, sobre todo, veo el milagro que cada mes se produce. Dios provee.

En lo que no suelo entrar en absoluto es en la relación con las entidades; las entidades de este sector me aburren y no suelo entenderlas.

Hacienda: aquí hay cierto vacío administrativo, y hemos decidido contar con la colaboración de externos que nos echan una mano. En mi caso, no tengo palabras suficientes para elogiar la labor de los señorinos de la Agencia Tributaria que te echan mano para hacer la renta cada año. (Ya tengo mi cita pedida para éste, yujuuuuu)

Justicia: el tema está también muy repartido, dejando la cartera sin ministro y delegando todo en dos secretarías de ESTADO (y nunca mejor dicho lo de Estado). El estado de padre y el estado de madre, al que pueden recurrir los ciudadanos de nuestra casa siempre que estimen oportuno, que suele ser una media de 57 veces por día, pidiendo justicia parental. A veces nuestros dictámenes son meramente consultivos y no vinculantes y acaba imperando el “tomarse la justicia por su mano”, aunque esto luego suele tener consecuencias en la ciudadanía del hogar (castigos por pegarse).

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En el fútbol, cualquier justicia es poca

Defensa: aquí todos participamos de una manera u otra. Somos como los Corleone, ojito con tocar a uno de los nuestros… Jajajaj

Relaciones exteriores: en este caso la ministra indiscutible soy yo. Autorizo celebraciones, coordino eventos internos o a los que se nos invita, deniego permisos de salida, invito a nuestras dependencias y, al fin y al cabo, coordino.

Papá tiene voto de veto y de confirmación, pero normalmente soy yo la que está al frente de esta cartera. No es fácil con tanto cumple infantil, evento social y demás actos que jalonan nuestro día a día, pero, lo confieso, me encanta.

Relaciones internas: puf, esto es el sálvese quien pueda. Somos, por así decirlo, 7 regiones autónomas que están abocadas a la buena relación. A veces se nos da mejor y otras peor. Dentro de las 7, lo fundamental es que la región “Papá” y la región “Mamá” se lleven fenomenal por el buen devenir de todos. Hay una de las 7 que podríamos llamar “Andorra” por ser de las más pequeñas pero de las más independientes y alternativas: Clarita.

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Con todos ustedes, Andorra

Educación: Por acuerdo unánime del Consejo, aquí vamos de la mano los dos y en colaboración con el santo colegio de las criaturas (esto último en el aspecto curricular, la educación intentamos que se la lleven puesta de casa y el cole es una gran ayuda para las materias y apoyo para los valores que en casa intentamos inculcar). Importante: buscar un cole en la línea que los ministros quieran desarrollar en el hogar.

Fomento, Infraestructuras y Automoción: papá, papá, papá y papá ¡viva papá!

En determinadas Infraestructuras tomamos las decisiones juntos, como debe ser, es el caso de la trilitera que estamos esperando como agua de mayo. Pero en medios de locomoción, sus revisiones y mantenimiento, ni entro ni quiero hacerlo. Es más, me supera hasta poner gasolina. Ahí lo dejo

Sanidad: aquí el peso lo llevo yo. Revisiones, vacunas, citas, compra y administración de medicamentos, suele ser un fuerte dentro de mis competencias. Y más desde la llegada de nuestro Juanín, que me ha introducido en el maravilloso mundo de la rehabilitación y en los cien mil médicos que lo ven.

Y así nos vamos repartiendo las cosillas. Al margen de esto hay temas que parecen menores, pero no lo son, que también están adjudicados por ese dedo invisible a la par que efectivo: la compra la hace papá (y qué bien y rápido), los menús entre los dos, las compras textiles son mías, en la cocina nos remangamos los dos. Yo hago la cena, él la recoge. Yo me suelo encargar de preparar las cosas de Juan para el día siguiente, él se encarga de preparar lo de los otros 4 (sí, está mal repartido, no se lo digáis, pero de todas maneras es que Juanito tiene su idiosincrasia particular y lleva mucho tema aparejado).

Contamos con secretarios de estado y consejeros que nos echan mucha mano y cumplen sus tareas a la perfección. La santa señora que nos ayuda en casa, los santos abuelos, los tíos, amigos… Sus competencias son más transversales y dependen de la necesidad de cada día. Pero no exagero si os digo que son la efectividad personificada. Sin ellos, no podríamos.

Y así, queridos amigos, con esta sencillez que os relato, es como se organiza con facilidad la vida de una casa de 7, de los cuales 5 son menores. Tan fácil como cualquier mueblecito de los que se hacen en los programas de Bricomanía.

Ahhh, se me olvidaba, dentro de este puzle de millones de piezas, hay que templar los ánimos de los ciudadanos, abrir el buzón de quejas y sugerencias y, sobre todo, dar mucho amor.

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Por si no os habíais dado cuenta, la Portavocía del gobierno es cosa mía. Con todo lo que hablo, no podía ser de otra manera.

Este miércoles es nuestro aniversario, 7 años ya, cómo pasa el tiempo. Echo la vista atrás y me maravillo de nuestra historia.

Por todos es sabido que mi santo y yo no hemos tenido un noviazgo… cómo decirlo… un noviazgo muy constante, jajajaj, me gusta este apelativo que le he puesto a nuestra relación. No fue muy constante porque constantemente dejábamos de ser novios, jajajajajajaja. En fin, bromas aparte de las que sólo me hacen gracia a mí, el caso es que nuestro noviazgo no fue fácil en absoluto. Se supone que cuando empiezas una relación con alguien es para conocerla y descubrir si es o no LA PERSONA. Pero en mi caso, lo que descubrí, es la clase de persona que soy yo. Uno parece que quiere mucho, acepta mucho, perdona mucho y etc. Pero yo descubrí que sabía querer poco y mal.

Bueno, que tampoco me voy a desnudar aquí más de lo que ya lo hago. El caso es que viendo que queríamos querernos pero que se nos daba fatal, yo lo puse en manos del que todo lo puede y lo hizo todo nuevo.

Nuestra boda fue un fiestorrón de alegría (véase la foto del fin de fiesta, a las 5 y pico de la mañana, es más fácil ver quiénes se habían ido que cuántos quedábamos). Arropados y ayudados por nuestras familias, cómo no, que tuvieron a bien bendecir nuestra decisión.

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Por eso, podemos celebrar nuestro 7º aniversario. Por primera vez en estos siete años de matrimonio, no vamos a estar juntos el 30 de abril, porque mi costilla está fuera, trabajando. Esta ausencia me deja aún más claro que nuestra vida (la nuestra en concreto) está diseñada para llevarla entre dos. Porque, al fin y al cabo, no se trata de mi vida y de su vida, sino de nuestra vida. Nuestra vida, nuestros hijos, nuestra casa, nuestra hipoteca…

Tengo la suerte de estar casada con un hombre bueno, serio y responsable, que aporta la serenidad y sensatez que a mí a veces me falta. También aporta un poco de tranquilidad a mi lucha diaria contra el reloj. Es un revulsivo para mi autoestima porque piensa que soy más inteligente y más capaz de lo que soy, pero no duda en llamarme la atención cuando entro en modo recatado-cortado-inseguro, cosa que me sucede siempre que empiezo en un trabajo nuevo. De ahí su célebre frase: “Sara, por favor, no parezcas tonta”.

También es cierto que es hombre de pocas palabras. Piensa mucho, pero exterioriza poco. Pero ahí estoy yo, con mi verborrea característica, sacándolo de su zona de confort para que se manifieste. Al fin y al cabo, creo que nos complementamos bien. Yo soy más alocada y él más mesurado; yo soy un poco inconsciente y él es demasiado consciente; yo suelo ser positiva y él tiene cierta tendencia a ver las cosas difíciles (creo que es un gen, pero no lo digo mucho para que no se me enfade la familia política, ¡os quiero!).

Dios nos está regalando una vida apasionante con sus alegrías y sus sustos, sus incertidumbres y con 4 hijos que son 4 soles.

Nos toca aniversario por poderes, pero bueno, no pasa nada. Así también nos echamos de menos y valoramos más lo afortunados que somos. Se nota mucho su ausencia y los niños y yo andamos descabezados sin papá (aprovecho la oportunidad para agradecer a todos los que nos están ayudando para hacer el día a día y la logística más fáciles, y aprovecho para felicitarme por mi programa, jajajajaja).

Al margen de las razones típicas por las que se echa de menos a una persona, he encontrado un montón de motivos diarios por los que deseo que estos días que faltan pasen rapidísimo. Hala, a batiburrillo, como viene siendo habitual en mí:

  • Porque nadie me compra helados de nata bombón de la sirena.
  • Porque cuando un niño llora por la noche, no hay más tu tía, me ha tocado.
  • Porque cenar sola es aburridísimo.
  • Porque me toca cortar las uñas a los niños.
  • Porque me estresa Mercadona y siempre me olvido alguna cosa.
  • Porque tiene menos gracia cocinar.
  • Porque no me atrevo a ver “Mentes Criminales” sola.
  • Porque nadie recoge tan bien el lavaplatos.
  • Porque se nos han muerto las semillas de mostaza que plantaste y los niños no me lo perdonan.
  • Porque no sé responder a las infinitas preguntas de Bruno sobre horas de partidos, los dorsales y los puntos que nos separan del Barça y del Atleti.
  • Porque Manuel y Sara están un poco en crisis.
  • Porque cuando regaño a los niños, te llaman desconsolados.
  • Porque Clara pregunta por ti todos los días.
  • Porque el número de Violeta es el primero en frecuencia de llamadas desde mi móvil.
  • Porque no entiendo las cartas del banco.
  • Porque, para bajar la basura, tenemos que ir de excursión todos.
  • Porque sólo leo página y media por día, sin embargo me tomo 4 vinos (jajajajaja, es broma, no te vayas a pensar)
  • Etc, etc, etc.

(Todo esto te lo comento para que veas que te echamos mucho de menos, no para que te agobies).

Feliz 7º aniversario ¡y lo que te rondaré, moreno!

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En febrero cumplió años mi padre y en pocos días celebramos el Día del Padre… Creo que ya sabéis por dónde va este post. Pero he preferido hacerlo de los dos, mi padre y mi madre. Porque con lo que tardo en sentarme y escribir, es casi preferible aprovechar la ocasión.

La verdad es que yo firmaría ahora mismo estar como mis padres a su edad. No porque sean muy mayores, que no lo son, sino porque están mejor que yo con 32 añitos.

No recuerdo en qué momento empezaron a cuidarse tanto… Bueno, mi padre siempre ha sido muy deportista, pero mi madre no. Y no consigo recordar en qué momento pasó de bañarse en el mar haciendo pinza con los dedos en nariz y oídos para que no le entrase el agua, a ir con todo el equipo de gafas, gorro, tapones y dejar asombrado al personal de la playa gozoniega con su depurado estilo de nado.

Nadar, caminar horas, tomarse 62 kilos de fruta al día en invierno y 103 kilos de fruta al día en verano, comidas sanas y equilibradas, madrugones, baños marítimos y piscineros, excursiones en bici… ¡No paran!

Todo eso, al final, se mama y se interioriza. Y, la verdad, es un gustazo. Porque a estas costumbres tengo que agradecer hoy el que me tome dos o tres piezas de fruta al día en ayunas, el que me encanten las verduras o el que me dé cargo de conciencia si algún día no comemos todo lo sano que deberíamos.

En casa he vivido el amor al deporte en general. Nunca nos han presionado para que practicásemos uno en concreto, pero sí para que nos aficionásemos a ello. Vela, baloncesto, judo, fútbol, esquí… Entre todos hemos tocado casi todas las disciplinas. Y veo cuánto bien me ha hecho ser deportista (antes, porque ahora no muevo un dedo), tanto en lo físico como en lo mental.

Además, debo decir con orgullo, que mi padre nos ha llevado, traído, ido a ver a los partidos… ¡hasta cuando era entrenadora iba a verme! “Debes corregirlas tanto como alabarlas”, me dijo una vez tras un partido de baloncesto de las niñas a las que entrenaba. Y ese consejo me ha valido muchísimo, porque soy demasiado exigente. Y es una frase que aplico hasta el día de hoy, pero con mis hijos.

Vuelvo al tema de mis padres, que me he ido por las ramas.

No exagero si digo que tenemos la gran suerte, mis hermanos y yo, de tener unos magníficos referentes en mis padres. Personas íntegras, trabajadoras y responsables. Yo me conformaría con ser un poquito como ellos. Tienen sus defectos, claro está. Pero mirados con la distancia que me dan los años y el tener mi hogar, son nimiedades.

Recuerdo ahora con una sonrisa el carácter fuerte de mi padre. Un carácter muy parecido al mío, supongo que por eso habremos chocado en alguna ocasión. Cuando tenía que reñir a alguno de nosotros, era mejor que no viese a los demás por allí, porque nos salpicaba la bronca seguro.

Pero luego lo ves bailando con mi madre en las bodas hasta las tantas de la mañana y el mito de señor serio que intimida, se cae por su propio peso.

En cuanto a mi madre, de carácter es bastante facilona. Eso sí, la insistencia es su seña de identidad. Creo que le viene por la parte de Álvarez el ser un poco neuras, otra cosa que he heredado y desarrollado tras los sustos de la vida. Y se me vienen a la mente esas llamadas inquietantes por el telefonillo de casa cuando pensábamos que ya se habían ido a la reunión que tuviesen, recordándonos que no nos pegásemos o que no nos riésemos mientras cenábamos para no atragantarnos.

Pero esto no es lo único que he vivido y mamado en mi casa, evidentemente.

En casa se ha mamado el respeto, el cariño, la aceptación, en definitiva, el amor. Sentirse querido porque sí, no por lo que hagamos. He recibido ese sentimiento de ser familia tan fuerte y que tanto me ha marcado, he visto en mis padres su disponibilidad a ayudar a los demás, su empatía, su generosidad…

He recibido, y he aquí lo más vital de todo, la fe. Que para los que no la tienen, no la quieren o no valoran (todo es respetable, está claro) puede parecer poca cosa, pero que a mí me ha dado y me da la trascendencia día a día, el saber por qué estoy aquí.

No me avergüenza decir que he pasado de casa de mis padres a mi “casa de casada”, es decir, que no me he independizado antes. No he tenido la necesidad, ni la apetencia. Siempre he sido muy feliz en mi casa. Sin idealizarlo, que no hace falta, porque la convivencia siempre hace que surjan roces, pero he estado en la gloria.

Admiro a mis padres y me encantaría ser como ellos en muchísimos aspectos. Pero si hay algo que me ha conquistado por completo es descubrirlos como abuelos. Esa relación tan especial y tan libre que tiene con sus nietos. Cómo disfrutan con ellos, cómo se les cambia la cara cuando los niños los reciben con abrazos y gritos de alegría… Me parece algo mágico.

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En este sentido, me he encontrado además con unos padres disponibles, que me ayudan muchísimo, siempre dispuestos a echarnos una mano, que me hacen más fácil la vida. Y ese amor por sus nietos es recíproco. “Abu, labuela”, que así los llama Sarina…

Mis padres se derriten viendo a sus nietos (tanto a los míos como a mis sobrinas) montar en bici, comer solos, usar el orinal, decir sus primeras palabras, aprender a nadar… y yo me derrito de ver a mis padres derretirse.

Padres, ¡os quiero!

Con la resaca aún de las fiestas navideñas y con los primeros sabores de este año 2014, me quito la pereza a jirones para contaros algunas cositas.

Hemos pasado una Navidad estupenda, la verdad. No hemos parado, pero no me quejo porque creo que es mi espíritu inquieto el que marca este ritmo a veces frenético de la vida familiar. Teatro, circo, paseos, bautizo de mi sobrina, visita a los belenes del centro, entregar la carta a los Reyes, cantar villancicos en el hospital…Y, por descontado, celebrar juntos cada día señalado, como Dios manda.

Ahora, a posteriori, me doy cuenta de que tampoco me habría venido mal un poco de tranquilidad y silencio para profundizar en la grandeza de las fechas… Propósito para este año que comienza.

El regusto que me queda, a pesar de no haber tenido esa profundidad deseada, es muy bueno porque hemos estado juntos, en familia. A veces con los abuelos, otras con los tíos, otras con amigos, otras todos juntos… Estar y estar en familia.

Llamadme simple, pero creo que es el mejor plan. Da igual qué vayamos a hacer, pero en familia. El hecho de convivir y hacerlo en fechas especiales (sin colegio, con celebraciones, etc) me enseña mucho:

– Me enseña mis carencias, como siempre, y las cosas en las que tengo que poner mi voluntad, mi trabajo y pedir la gracia para intentar remediar. No voy a enumerar una vez más mis defectos, que os canso y me canso.

– Me ayuda a redescubrir a los demás. Supongo que cuando hay más tiempo, menos obligaciones y algo menos de estrés, se disfruta más de la compañía y se presta más atención al que tienes al lado. Y me gusta. Pero aun siendo así, creo que tengo que pararme más y prestar más atención a mis hijos.

– Me enseña a sorprenderme de ese “algo especial” que se genera cuando gente que se quiere, celebra algo juntos. No sé, llamadlo sinergia, la fuerza de la familia, el amor… o llamadme pastelona. Es algo difícil de describir pero fácil de sentir cuando se experimenta. Sentirse querido, querer a los demás, estar cómodo, no querer que pase el tiempo…

Además, sin apenas tiempo de haber vuelto a la rutina, ha llegado el cumpleaños de Bruno. ¡6 años! Es una maravilla ver cómo crecen nuestros hijos.

Lo veo tan mayor, que me asusto de lo rápido que pasa el tiempo. Y parece que fue ayer cuando suspirábamos porque se le fuesen los cólicos y dejase de llorar en algún momento.

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La verdad es que Bruno es un niño fantástico (qué voy a decir yo, que soy su madre). Es algo especial porque en ocasiones es demasiado maduro para su edad. Aunque no deja de ser un niño, con sus rabietas y sus enfados como todos los niños, me sorprende ver lo reflexivo y serio que es en ocasiones. Me gusta su fascinación por descubrir el mundo y todo lo que le rodea.

Aunque ya está más tranquilo que hace unos años, su actividad sigue extenuando a cualquiera que esté cerca. A mí me agota, pero me encanta. Se mantiene en high level hasta que cae derrotado en la cama. Y tiene la necesidad de compartir con los demás cualquier cosa que haga, ¡y hace muchas!

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Aprendió a montar en bici sin ruedines bastante antes de lo que yo considero normal, y a nadar sin manguitos… Ahora está en la fase de motivación extrema con el fútbol, ¡me chifla! Porque cuando algo le gusta, se esfuerza por conseguirlo y por dominarlo.

En casa pasa sus momentos intensos, como es él. Tanto para bien, como para mal. Y es que yo creo que le cuesta controlarse y hasta que no llega el momento de reflexionar, no sabe si se ha pasado o se ha quedado corto. Es fascinante ver su relación con Manuel. No puede vivir sin él, pero no deja de intentar manipularlo para que haga su voluntad. Eso sí, como a su hermano le hagan algo en el cole, enseguida sale en su defensa, al más puro estilo “matón de película” y le encanta ese papel.

Sus piernas, sus brazos, incluso su espalda, están llenos de moratones que demuestran la intensidad con la que vive la vida y con la que nos hace vivirla a los demás. Sólo tiene un par de enemigos para su alegría extrema:

       – Su pronto (pobrecito, qué carga genética le he regalado), que le juega malas pasadas.

      – Y la televisión, que lo anula física y psicológicamente porque lo absorbe hasta el punto de no tener voluntad, oído, apetito o sueño. Por eso intentamos dosificársela mucho.

Quitando estas cosillas, Bruno es un entusiasta nato. Se valora mucho a sí mismo, cosa que no sé si es buena o mala, pero ahí está. Y disfruta de lo lindo con casi todo, en especial con todo aquello que le permita dar rienda suelta a su imaginación y a sus necesidades de estar en movimiento. Con todo lo mayor y autónomo que es, sufre cuando nos ve salir por la puerta de casa sin él.

¿Qué deseo para Bruno en la vida? Pues que sea feliz, que sea un buen hombre, que encuentre el tesoro de la plenitud. Supongo que ahora es el momento de sembrar, sembrar, sembrar… Porque ese amor, ese cariño y admiración que ahora nos tiene, llegará un día en el que no sea tan decisivo en su vida y, para ese momento, espero que tenga tatuado en lo más profundo de su ser, que lo queremos. Que nos habremos equivocado (siendo el primero ha pagado el pato de nuestra ignorancia y mala praxis en muchas ocasiones), que nos habremos excedido, que no somos perfectos pero que somos sus padres y, justo por eso, hemos hecho y dicho lo que pensábamos que era mejor para él, incluso hacerlo fan del Real Madrid.

Será amor de madre pero es que además es tan guapo… ¡y lo que se ha estilizado mi niño!

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Se me pasó escribir sobre ella en la fecha de su cumpleaños y no quiero esperar hasta entonces para escribirle su primer post. Así que ahí va.

Vino al mundo en una fecha significativa para los españoles y, desde entonces, nos ha dado su particular golpe de estado, pero exitoso, no fallido.

Como buena neuras que soy, fui al hospital algo precipitadamente pensando que ya estaba de parto (y seguro que algo sugestionada porque mi amiga Sofía ya estaba teniendo a su hijo Martín y es que todo el embarazo juntas ¡une mucho!). Y bueno, algo dilatada, con alguna contracción y teniendo en cuenta que era el tercero, me dejaron ingresada. Y se me hizo laaaaargooo.

La cosa fue lenta pero muy bonita. Recuerdo con especial cariño lo mal que me sentó la epidural. Nunca me había pasado. El caso es que me bajó muchísimo la tensión y me dio por decir tonterías y por quedarme dormida. Lo recuerdo con cariño porque Josepe estaba preocupadísimo y me encantó, jajajajaj. Pensé, – pues sí que me quiere este chico -.

Finalmente todo salió bien y Sarina vino al mundo con 2.900 kg. Ya apuntaba maneras de bellezón que con el tiempo no han hecho más que confirmarse, a pesar de que durante un tiempo estuvimos empeñados en verle mucho entrecejo, cosas de padres.

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Una mastitis muy complicada al mes y medio de nacer nos impidió continuar con la lactancia materna. Pero lo superó con nota. Cuando tenía cuatro meses el accidente casero de Manuel hizo que la pobre pasase a un segundo plano de atenciones. Y también lo llevó muy bien.

Por circunstancias de la vida, su bautizo fue exprés, un lunes por la tarde, con pocos invitados y casi todos vestidos de sport. Pero fue el bautizo más bonito del mundo (y, como todos mis hijos, con padrinos de lujo).

Con esto quiero decir que sus inicios quizá no fueron muy idílicos pero bueno, tampoco pasa nada.

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¿Cómo es Sarina? Pues en palabras pronunciadas por su abuelo este verano, Sarina es una bendición. Es imposible aburrirse con ella. Presumida, femenina, coqueta, y cursi. El mundo es maravilloso en función de lo rosa que pueda llegar a ser todo lo que le rodea.

Le pierden los pintalabios, pintauñas, tacones y, sobre todo, le pierde que le digas lo guapísima que está. ¿A quién ha salido?

Cuando nació, pensaban que era como Bruno o como una de mis cuñadas. Ahora, sin embargo, dicen que es un calco mío, puede ser pero ¡ES TAN RICA!

Habla fenomenal y tiene unos golpes que hacen que nos muramos de la risa. Pasó una época difícil, después de un gran susto piscinero, en la que no paraba de tartamudear, una cosa exagerada. Ahora, a Dios gracias, se le ha pasado pero siempre introduce sus frases con un “eeeeeeee” muy largo, como si llevase rato pensando lo que te quiere decir.

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No sería sincera si no contase que tiene un señor carácter mi niña. Cuando se obceca con algo su insistencia se convierte en la peor de las torturas para una madre nerviosa como yo. Sobre todo si el objeto de su deseo es, por ejemplo, un biberón de cola-cao a las 4 de la mañana.

Se nos cuela en la cama noche sí, noche también. Y aunque sabemos que no se debe, que tiene que dormir en su cama y que puede coger costumbre, es difícil decirle que no, por su carácter, por lo cansados que estamos y porque es una cameladora nata. Se te pega mucho, entrelaza su mano con la tuya y se siente feliz.

 Eso sí, en seguida, como respires cerca de ella, te dice:

– Mamá, no me sotes (traducción: mamá, no me soples) – y me tapa la nariz.

Riñe a sus hermanos, cuida de “Clari”, como dice ella (hay que ser hortera), en la guarde y nos imita a su padre y a mí hasta en la forma de dirigirse a los demás. Es tronchante, la verdad.

Su vitalidad, su alegría y su ternura inundan la casa. Tendremos que atarla en corto el día de mañana porque suelta besos a todo el personal con demasiada facilidad.

El otro día, ya tumbada en la cama y conmigo al lado intentando que se durmiese, se puso a hacer el ganso tapándose la cara con la mano.

– Papá, no toy (dice con su lengua de trapo)… que sí toy, que estaba aquí, en la mano.

Y lloramos de risa, de verdad, porque cree realmente que nos la ha colado.

Odio que me toquen el pelo pero cuando me dice –mamá, tíentate que te hazo una coleta”- me derrito.

Sinceramente, es una suerte tener hijos tan maravillosos. Me doy la enhorabuena por ello, aunque no sea mérito mío.