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Esta semana estamos de celebración. Porque así somos, de adelantar y alargar las celebraciones y no ceñirnos a un solo día. Tres añazos ya. ¡Qué barbaridad! ¡Si casi no nos hemos dado cuenta! Ahora aquí irían las frases típicas del gran tópico sobre el paso del tiempo, etc.

Lo cierto y verdad es que el tiempo pasa rápido y conviene parar de vez en cuando y ver con perspectiva las cosas.

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Tres años. Tres años de aprendizaje constante y diario. Tres años de trabajo incansable, de perseverar. Perseverar él y perseverar por él. Yo, que soy la antagonista perfecta de la perseverancia. Qué paradojas. Tres años de desandar lo andado para andarlo por otro camino. Pedregoso y más largo. Pero inmensamente gratificante.

Tres años de felicidad y de sufrimiento, como nunca pensé que se podía llegar a sufrir. Tres años de alegrías inconmensurables, de superación y de asombro.

Tres años. Tres años que llegaron cuando una se creía que ya sabía todo retodo sobre la maternidad, para descubrir, en estos tres años, que en realidad no sabe nada.

Tres años de regalo; aunque cierto es que el regalo venía envuelto de diferente manera. Y a mí lo diferente me asusta. Y hasta que me acostumbro a lo diferente pues paso un miedo que te…

Tres años aprendiendo a vivir DÍA A DÍA. Pero DÍA A DÍA literal. Con ese mantra de que cada día tiene su propio afán y que del futuro, ¿por qué preocuparos? Que no significa vivir en la inconsciencia. Pero sí significa dejar de vivir en la hipótesis.

Tres años de bendiciones. Porque, nuestro “magnífico” nos ha robado el corazón a todos.

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Pero sería injusto pensar que todo lo aprendido en el insondable mundo de los hijos ha venido de manos del “magnífico”. Sí es cierto que con él hemos descubierto que nada debe darse por supuesto, que las personas tenemos una capacidad inmensa de superación y a dejarnos sorprender por ello.

Pero a estos tres años de magnificencia, hay que sumar muchos otros. Los 10 años de primogenitura con “B”, con quien hemos “experimentado” y nos estrenamos como dos novatos inconscientes en la paternidad. Los 8 largos años de Don M. 8 años sin prisa, sin ninguna prisa, como si el reloj no existiese, pero con una capacidad de asombro maravillosa. Los 7 beatos años de la Santa, más atenta de los demás que de sí misma. La intensidad de los 5 años de Mariflori, en quien han confluido nuestros genes faranduleros, capillitas y dramáticos en una bomba explosiva.

En definitiva: 10 + 8 + 7 + 5 + 3 = 33 años aprendiendo a ser padres.

Me decía mi amiga Paz, a quien nunca podré estar suficientemente agradecida, que un niño sólo necesita dos cosas fundamentalmente para crecer feliz y formarse como persona de una manera sana: amor y confianza.

Pues así llevamos, sumados, 33 años aprendiendo a dar estas dos cosas tan básicas y tan complicadas al mismo tiempo. La verdad es que “trabajar” en esta viña cada día es agotador pero, como dirían en mi pueblo, presta por la vida.

 

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Como viene siendo habitual, sus Majestades nos han dejado una carta preciosa para que la abriésemos y leyésemos antes de siquiera entrar a ver los regalos.

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Es una carta maravillosa, casi tanto como el encuentro que tuvimos con Baltasar. Pero es bastante personal, así que sólo comparto un trozo. El resto, nos lo guardamos los M-L B. Os animo a pedir a los Reyes que os dejen una carta en casa para el año que viene. Es un regalo estupendo.

¿Y por qué tardo tanto en compartirla? Pues es una buena pregunta. Tardo tanto en compartirla porque, entre otras cosas importantísimas, he pedido a sus Majestades el poder disfrutar más de mis hijos y de mi familia en tiempo real y no en tiempo virtual. Lo real sucede sólo una vez. Lo virtual puede esperar unos días.

Sin más, os dejo unos trozos de la carta.

“Querida familia, o más bien deberíamos decir, queridísima familia, porque ya sabéis que para nosotros, sois una familia muy especial, y así os lo dijo el otro día Baltasar.

Qué alegría más grande nos da siempre venir a vuestra casa. Ahora entraréis a ver los regalos. Ya sabéis que hay muchas familias que piden cosas para vosotros. Por eso, no os defraudéis si hay algo que queríais y no está en esta casa. Paciencia. Hemos pensado en cada uno de vosotros en particular y cada regalo está escogido con un cariño inmenso. Si hay alguna cosa que no os hemos traído, es porque no os conviene. Confiad en nosotros.

Hemos de decir que alguno de vosotros nos ha vuelto un poco locos con la carta este año, cambiando alguna cosa que otra, ¿verdad? Pero pensad que cada cosa que hoy recibáis tiene un significado muy especial. ¿Sabéis cuál? Que Dios os quiere con locura. Cada regalo, por pequeño que sea, viene a demostraros que para Dios nada hay más importante y preciado en el mundo que cada uno de vosotros. Tenedlo muy presente y no lo olvidéis jamás. Esa es la misión que tenemos los Reyes, llevaros la alegría del amor a través de unos presentes.

Este año hemos sido muy generosos, porque Dios ha visto vuestros esfuerzos por mejorar cada día. A Dios no se le escapa nada. Conoce vuestras debilidades y vuestras fortalezas mejor que vosotros mismos. Y valora mucho que os esforcéis por obedecer, por ayudar y por querer a los demás.

Nosotros también os conocemos muy bien. Y sabemos qué cosas os cuestan más. Por ese motivo, además de los regalos que recibáis, hemos hecho unos encargos especiales para cada uno de vosotros que, esperamos, podáis ir recibiendo a lo largo del año. Más que regalos podríamos llamarlos “gracias”.

A ti, papá, te hemos pedido la gracia de[…]

A ti, mamá, te hemos pedido la gracia de ser más tranquila, más serena y menos temperamental. Que puedas ser paciente con todos, darte a ellos sin exigir y vencer tus orgullos y debilidades. No olvides nunca que eres el alma del hogar.

Bruno, a ti te hemos pedido una gracia importante, la de[…]

A ti, Manuel, te pedimos algo que, pensamos, te puede ayudar. Pedimos que[…]

Sarina, cada día vemos tus esfuerzos por ayudar a los demás. Es muy bonito verlo. Pero sabemos que alguna vez[…]

A ti, Clarita, a ti te pedimos la gracia de […]

Juan, ¡nuestro futuro pianista! A ti te pedimos[…] Y recuerda que eres un elegido para demostrar que para Dios, nada hay imposible.

Nos vamos, familia. Disfrutad de todo. No penséis sólo en los regalos, sino en compartir, en estar en familia y sabed que, el mejor regalo es el amor. Rezad y acordaos de que siempre, siempre, siempre, estamos pendientes de vosotros. Pedidnos y nosotros os escucharemos y presentaremos vuestras peticiones a Dios.

Os quieren

Melchor, Gaspar y vuestro querido Baltasar

Como habéis visto, de las gracias especiales sólo os he dejado la mía, que ya son célebres algunas de mis miserias. Las gracias de los demás, son suyas y no seré yo quien las haga públicas.

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Esta carta y un increíble día 6 fueron el colofón de estas fiestas en las que hemos disfrutado muchísimo. Sin grandes planes.

Más bien cosas sencillas. Alguna visita a belenes, tardes de cancha, un poco de cine (“Se armó el Belén”, imprescindible verla con ellos) y mucha casa.

 

Nuestras peleítas, nuestros piques, nuestros perdones, nuestras risas y nuestros llantos. Vamos, que muy normalito todo y, quizá, por eso, muy extraordinario.

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Dice la RAE que paradoja es “Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”. Y yo creo que la maternidad/paternidad es un ejemplo perfecto que representa lo que es una paradoja.

Hablaré de la maternidad, que es lo que me atañe a mí. Sobre la paternidad, consultar al santo.

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Quizá el verano, por la superconvivencia familiar a la que se presta, me pone aún más de manifiesto que la maternidad es una paradoja maravillosa. De esto ya se ha hablado y escrito sobradamente, y por expertos de nivel alto, así que no voy yo a descubrir la pólvora. Simplemente a compartir mi experiencia.

Cómo es posible querer tanto a los niños y al mismo tiempo necesitar que te dejen en paz un rato. Cómo puede ser que esté ávida de que me pidan su ayuda y suspirando porque sean más autónomos. Cómo puede suceder que durante mi jornada laboral me acuerde tanto de ellos y llegue a casa deseosa de estar con ellos y, a las horas, esté deseosa PERO de que se metan en la cama y nos dejen respirar un poco.

Quizá es porque, en la maternidad, todo se vive con tanta intensidad que se pasa de un extremo al otro en cuestión de segundos. Pero las paradojas, en mi caso, llegan a temas mucho más serios y profundos.

Con la maternidad he experimentado las mayores satisfacciones y las más profundas frustraciones. Las mayores alegrías y tristezas. En un mismo día he llegado a pensar que somos héroes y que somos villanos. Que vamos por buen camino y que nos dirigimos a un fracaso estrepitoso. Puede que exagere, pero creo que se me entiende.

Es como vivir en una cambiante constante, como en una ciclotimia absoluta.

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Ojo a la propaganda que hacemos a Organizados y los diferentes usos que damos a sus cajas

Si me parece paradójica la maternidad, paradoja de las paradojas me parece cuando tienes un hijo con alguna discapacidad/dificultad/diferencia/particularidad. Eso ya es un atentado contra toda lógica, al menos en mi caso.

Con nuestro magnífico he descubierto una maternidad muy diferente. Más neurótica, más empática, más sensible pero más resiliente, más paciente con él pero más impaciente con la incertidumbre, más eufórica y más prudente. Reconozco que cada obstáculo que se nos ha presentado en la vida de Juan me ha parecido más grande que un gigante, pero cada superación y triunfo me han sabido a gloria eterna. Hay días que creo chiflar por pequeños detalles que me hacen desesperar o por hitos que quiero que logre ya. Y otros días puedo ver las cosas con perspectiva y apreciar lo bien que está nuestro crack. Sus caídas me duelen en el alma. Sus golpes, como si los recibiese yo. Pero sus alegrías son felicidad para todos. Es como si fuésemos padres por primera vez y todo nos resultase nuevo y diferente. Pero habiendo tenido cuatro churumbeles antes. Muy lógico y normal todo.

Y todo esto ¿por qué? ¿A qué viene ahora? Nuestros hijos, como todos, empezaron hace unas semanas el colegio Llamadme rara, pero me encanta que estén de vacaciones, aunque me agotan. Me chifla que no tengamos que regirnos por ningún horario, aunque me supere la anarquía en las no-rutinas veraniegas. Me da pena que empiecen el cole, aunque al tiempo me ilusiona que lo hagan… Y así podría seguir y así seguiré, en una constante paradoja. Una de las cosas que más me gusta de la vuelta a la rutina es pensar que, al verse menos, también se pelearán menos. Pero esta teoría aún no se ha confirmado.

 

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He rehecho este post tres o cuatro veces. Nada me convence. Quizá es mi necesidad de agradar a todo el mundo y de que nadie se sienta ofendido. O la inseguridad que tantas veces se apodera de mí. A ver si ésta es la vez definitiva.

Me sorprendo últimamente con un cierto sentimiento de envidia. Envidia a todas esas fotos que la gente comparte por redes sociales, o te manda por Whatts App o las ideas que me monto en la cabeza en función de lo que los demás me cuentan… Porque, me da la sensación, de que todas emanan perfección. Vidas perfectas. Casas ordenadas y con un gusto maravilloso. Con muebles “que te pasas de chulos” y cortinas a conjunto. Comidas sanas, saludables y equilibradas. Cuerpos esculturales. Niños obedientes y perfectamente conjuntados que son muy felices. Planes perfectos.

Dicho esto, quiero aclarar que seguramente yo soy la primera en no darme cuenta de que en las redes sociales, en las conversaciones con padres del cole durante los cumpleaños… en general en la vida, doy una imagen proyectada de mí y de mi familia que se aleja mucho de la realidad. Sinceramente, creo que no es así, pero seguro que se me escapa en diversas ocasiones el pintar la realidad para que parezca “más mona”.

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El caso es que últimamente sólo veo perfección en todos lados y esto me hace pensar y pensar. Lógicamente, cada uno vemos las cosas con nuestra mirada y nos montamos la película de lo que hay detrás de todo eso. Pero es imposible no suponer algo de ensueño, que está mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Y claro, una entra en bucle pensando “algo debo estar haciendo mal…”

 Voy a partir, por supuesto, del respeto hacia todo el mundo. Cada uno comparte con los demás lo que le da la gana y como le da la gana, faltaría más. Pero por si hay alguien tan vulnerable como yo que siente que su vida queda muy alejada de aquello que ve a través de la mirada de otros, quiero decirle ¡¡NO ESTÁS SOLO!! ¡¡A MÍ ME PASA IGUAL!!

Siempre digo que yo no soy ejemplo de nada en absoluto. Y no lo digo por falsa modestia, ni por deseo de que los demás me reafirmen en lo contrario, ni por victimismo. Lo digo porque es así. Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada. Es más, es un descanso absoluto.

Mis hijos no son los más listos, ni los más guapos. Por supuesto, no son los más obedientes, ni siquiera son obedientes en la mayoría de las ocasiones. Seguramente esto es fruto de que tienen una madre muy poco pedagógica que pierde los nervios muchas veces al día y da más gritos de los que son tolerables para unos tímpanos sanos.

Mi casa es una casa… ¿cómo decirlo? Es una casa muy vivida. Con poco espacio y demasiadas cosas. Con habitantes desordenados, empezando por mí (esto lo tiene muy claro casi todo el mundo; el orden no es mi fuerte y eso que he mejorado). Podemos estar mucho tiempo con una bombilla sin lámpara, con un pantalón sin rodillera, con una bolsa de “ropa para dar” esperando en la puerta de casa.

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“La mesilla” del cuarto de los chicos

A veces toca repetir pasta dos días seguidos. Y se nos va la mano con los sobaos y magdalenas en el desayuno. Y el jersey del uniforme va sin planchar, porque pusimos la lavadora muy tarde.

Cuando viene a nuestra casa el “Libro viajero” del colegio, es muy probable que las páginas se vayan con algún manchurrón de comida, que se quede algo pegado por un pegote de “prit” y que no sean las páginas más estéticas de todas las del libro.

A las 21.00 h., cuando estás en plena batalla campal para meter a los gladiadores en sus camas, nuestra casa está más cerca de ser un escenario de “Jurassic park” que de un reportaje de “Casa y Jardín”.

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Jurassic home

En el “Quién es quién” hemos perdido a Paul y a Richard antes siquiera de haber terminado la primera partida. Y el libro de “El pollo Pepe” ahora es un coleccionable por fascículos.

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Pollo Pepe coleccionable

El 60% de nuestra ropa tiene manchas indelebles. Y cuando nos llega el encargo de hacer a mano una figura para el Nacimiento de la Guardería, nuestro pastorcillo se distingue a leguas.

No saco tiempo para ver una peli entera con los niños y me cuesta sentarme con ellos a jugar. Vamos, que yo soy un antagónico de la perfección.

Pero, sinceramente, ¿quién es perfecto? Si alguien levanta la mano, sólo puedo compadecerme de él. Ser perfecto debe generar un nivel de estrés inasumible en el día a día.

Y, además, ¿dónde está escrito que el ideal de la vida sea la perfección? ¿Quién ha sentenciado que lo divertido es perfecto? ¿Que lo apasionante es perfecto? ¿Que lo bello es perfecto?

Todo esto no deja de ser un bofetón hacia mí misma y la tontería que me entra por la envidia. Porque, como dice mi amiga María M. no existe la envidia buena. Existe la admiración. Pero la envidia buena, como tal, no existe.

No significa, con todo esto, que no haya aspectos de mí y de la vida que no trabaje por mejorarlo. Miles de ellos, en serio. Pero sin obsesión.

Además, la imperfección, a mi juicio, habla de realidad. De cosas y personas que son. De casas con alma (la mía tiene un alma que flipáis, jajajajja). El imperfecto necesita a los demás para su vida. Y necesitar a los demás es lo más maravilloso que pueda haber. Gente que te ayuda y te hace crecer. Yo soy muy muy muy imperfecta, de verdad. Y creo que cuanto más imperfecta me descubro, mejor me viene, porque así identifico en qué cosas puedo poner mis objetivos para intentar mejorar y más ayuda pido a los demás. Pedir ayuda no significa deshacer del tema y que otro te resuelva la papeleta. Pedir ayuda es decir: “mira, a esto no llego, lo hago fatal y sé que con tu ayuda el resultado sería mejor que sin ella”. Es un acto maravilloso de humildad que a mí me cuesta un montón pero que me ayuda a colocarme en mi lugar y repetirme: Sara, no eres perfecta, no eres omnipotente. Es más, eres bastante mediocre. Pero no pasa nada. NO PASA NADA.

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Ayudar y ser ayudado

Así que ¡viva la imperfección! Los niños despeinados. Las casas “vividas”. La falta de espacio. La necesidad de los demás. La falta de tiempo. El afán por mejorar. Las manchas de comida. Las bombillas sin lámpara y los juguetes rotos.

Y viva el descanso de que todo esto sea así. Porque cuando esto mejore, aparecerán otras imperfecciones.

No son pocas las ocasiones en las que la gente nos pregunta cómo nos organizamos en una casa con tantos niños y trabajando los dos. Yo siempre digo lo mismo, y aquí ya lo he contado alguna vez. Nos organizamos como podemos, en ocasiones mejor y en otras peor, pero no queda más remedio que organizarse, está claro.

Resulta que en nuestro matrimonio, no sé en los de los demás, se ha ido forjando un pacto no firmado en el que cada uno ha ido adquiriendo las competencias en las que tiene más que aportar. Aunque en ocasiones se dan ciertas duplicidades (no suele ocurrir mucho) y, en otras, sucede algún que otro vacío legal o silencio administrativo (esto puede ser más habitual que lo anterior), la realidad es que estamos bastante bien organizados. Otra cosa diferente es que la organización siempre sea efectiva, eficiente y, sobre todo, suficiente.

Así, en estos ya 9 añazos de feliz y productivo matrimonio, hemos ido tomando posesión de carteras y ministerios de la siguiente manera.

En nuestro gobierno no hay un Presidente, sino dos vicepresidentes muy atareados y algo explotados, que ejercemos nuestro papel con responsabilidad, lealtad y, sólo en ocasiones, con solvencia.

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Vicepresidente: la que suscribe

Sólo durante los viajes dilatados de mi santo al extranjero han recaído sobre mí las dos vicepresidencias, ostentando yo la Presidencia única, pero en funciones. Y he de decir que es la leche de estresante, así que no envidio a los Presidentes únicos de sus hogares. La vida de los M-L B está muy pensada para llevarla al alimón.

Cartera de Economía: Aquí el ministro o cabeza de este ámbito es mi marido. Nunca se me ha dado muy bien el tema, aunque ahora me ocupo un poco más. Él se encarga de ver las huchas, echar las cuentas y ver que no salen, jajajaj. Y luego trasladarme su preocupación. Misteriosa y milagrosamente, solemos cerrar los ejercicios con bastante buen balance en la gestión y aunque no terminamos en positivos, tampoco solemos hacerlo en negativos. Si me preguntáis os diré que esto se debe a una maniobra aritmética complicada que suele llamarse “Encaje de bolillos”. Es laboriosa, pero cuando sale, uno se queda de lo más tranquilo.

En esta cartera yo no ostento la cabeza, pero sí soy Secretaria de Estado, así que echo mano al responsable en lo que se considera oportuno, véase las transferencias a los deudores de cada mes (a los santos que nos echan una mano). Y, sobre todo, veo el milagro que cada mes se produce. Dios provee.

En lo que no suelo entrar en absoluto es en la relación con las entidades; las entidades de este sector me aburren y no suelo entenderlas.

Hacienda: aquí hay cierto vacío administrativo, y hemos decidido contar con la colaboración de externos que nos echan una mano. En mi caso, no tengo palabras suficientes para elogiar la labor de los señorinos de la Agencia Tributaria que te echan mano para hacer la renta cada año. (Ya tengo mi cita pedida para éste, yujuuuuu)

Justicia: el tema está también muy repartido, dejando la cartera sin ministro y delegando todo en dos secretarías de ESTADO (y nunca mejor dicho lo de Estado). El estado de padre y el estado de madre, al que pueden recurrir los ciudadanos de nuestra casa siempre que estimen oportuno, que suele ser una media de 57 veces por día, pidiendo justicia parental. A veces nuestros dictámenes son meramente consultivos y no vinculantes y acaba imperando el “tomarse la justicia por su mano”, aunque esto luego suele tener consecuencias en la ciudadanía del hogar (castigos por pegarse).

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En el fútbol, cualquier justicia es poca

Defensa: aquí todos participamos de una manera u otra. Somos como los Corleone, ojito con tocar a uno de los nuestros… Jajajaj

Relaciones exteriores: en este caso la ministra indiscutible soy yo. Autorizo celebraciones, coordino eventos internos o a los que se nos invita, deniego permisos de salida, invito a nuestras dependencias y, al fin y al cabo, coordino.

Papá tiene voto de veto y de confirmación, pero normalmente soy yo la que está al frente de esta cartera. No es fácil con tanto cumple infantil, evento social y demás actos que jalonan nuestro día a día, pero, lo confieso, me encanta.

Relaciones internas: puf, esto es el sálvese quien pueda. Somos, por así decirlo, 7 regiones autónomas que están abocadas a la buena relación. A veces se nos da mejor y otras peor. Dentro de las 7, lo fundamental es que la región “Papá” y la región “Mamá” se lleven fenomenal por el buen devenir de todos. Hay una de las 7 que podríamos llamar “Andorra” por ser de las más pequeñas pero de las más independientes y alternativas: Clarita.

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Con todos ustedes, Andorra

Educación: Por acuerdo unánime del Consejo, aquí vamos de la mano los dos y en colaboración con el santo colegio de las criaturas (esto último en el aspecto curricular, la educación intentamos que se la lleven puesta de casa y el cole es una gran ayuda para las materias y apoyo para los valores que en casa intentamos inculcar). Importante: buscar un cole en la línea que los ministros quieran desarrollar en el hogar.

Fomento, Infraestructuras y Automoción: papá, papá, papá y papá ¡viva papá!

En determinadas Infraestructuras tomamos las decisiones juntos, como debe ser, es el caso de la trilitera que estamos esperando como agua de mayo. Pero en medios de locomoción, sus revisiones y mantenimiento, ni entro ni quiero hacerlo. Es más, me supera hasta poner gasolina. Ahí lo dejo

Sanidad: aquí el peso lo llevo yo. Revisiones, vacunas, citas, compra y administración de medicamentos, suele ser un fuerte dentro de mis competencias. Y más desde la llegada de nuestro Juanín, que me ha introducido en el maravilloso mundo de la rehabilitación y en los cien mil médicos que lo ven.

Y así nos vamos repartiendo las cosillas. Al margen de esto hay temas que parecen menores, pero no lo son, que también están adjudicados por ese dedo invisible a la par que efectivo: la compra la hace papá (y qué bien y rápido), los menús entre los dos, las compras textiles son mías, en la cocina nos remangamos los dos. Yo hago la cena, él la recoge. Yo me suelo encargar de preparar las cosas de Juan para el día siguiente, él se encarga de preparar lo de los otros 4 (sí, está mal repartido, no se lo digáis, pero de todas maneras es que Juanito tiene su idiosincrasia particular y lleva mucho tema aparejado).

Contamos con secretarios de estado y consejeros que nos echan mucha mano y cumplen sus tareas a la perfección. La santa señora que nos ayuda en casa, los santos abuelos, los tíos, amigos… Sus competencias son más transversales y dependen de la necesidad de cada día. Pero no exagero si os digo que son la efectividad personificada. Sin ellos, no podríamos.

Y así, queridos amigos, con esta sencillez que os relato, es como se organiza con facilidad la vida de una casa de 7, de los cuales 5 son menores. Tan fácil como cualquier mueblecito de los que se hacen en los programas de Bricomanía.

Ahhh, se me olvidaba, dentro de este puzle de millones de piezas, hay que templar los ánimos de los ciudadanos, abrir el buzón de quejas y sugerencias y, sobre todo, dar mucho amor.

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Por si no os habíais dado cuenta, la Portavocía del gobierno es cosa mía. Con todo lo que hablo, no podía ser de otra manera.

Este miércoles es nuestro aniversario, 7 años ya, cómo pasa el tiempo. Echo la vista atrás y me maravillo de nuestra historia.

Por todos es sabido que mi santo y yo no hemos tenido un noviazgo… cómo decirlo… un noviazgo muy constante, jajajaj, me gusta este apelativo que le he puesto a nuestra relación. No fue muy constante porque constantemente dejábamos de ser novios, jajajajajajaja. En fin, bromas aparte de las que sólo me hacen gracia a mí, el caso es que nuestro noviazgo no fue fácil en absoluto. Se supone que cuando empiezas una relación con alguien es para conocerla y descubrir si es o no LA PERSONA. Pero en mi caso, lo que descubrí, es la clase de persona que soy yo. Uno parece que quiere mucho, acepta mucho, perdona mucho y etc. Pero yo descubrí que sabía querer poco y mal.

Bueno, que tampoco me voy a desnudar aquí más de lo que ya lo hago. El caso es que viendo que queríamos querernos pero que se nos daba fatal, yo lo puse en manos del que todo lo puede y lo hizo todo nuevo.

Nuestra boda fue un fiestorrón de alegría (véase la foto del fin de fiesta, a las 5 y pico de la mañana, es más fácil ver quiénes se habían ido que cuántos quedábamos). Arropados y ayudados por nuestras familias, cómo no, que tuvieron a bien bendecir nuestra decisión.

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Por eso, podemos celebrar nuestro 7º aniversario. Por primera vez en estos siete años de matrimonio, no vamos a estar juntos el 30 de abril, porque mi costilla está fuera, trabajando. Esta ausencia me deja aún más claro que nuestra vida (la nuestra en concreto) está diseñada para llevarla entre dos. Porque, al fin y al cabo, no se trata de mi vida y de su vida, sino de nuestra vida. Nuestra vida, nuestros hijos, nuestra casa, nuestra hipoteca…

Tengo la suerte de estar casada con un hombre bueno, serio y responsable, que aporta la serenidad y sensatez que a mí a veces me falta. También aporta un poco de tranquilidad a mi lucha diaria contra el reloj. Es un revulsivo para mi autoestima porque piensa que soy más inteligente y más capaz de lo que soy, pero no duda en llamarme la atención cuando entro en modo recatado-cortado-inseguro, cosa que me sucede siempre que empiezo en un trabajo nuevo. De ahí su célebre frase: “Sara, por favor, no parezcas tonta”.

También es cierto que es hombre de pocas palabras. Piensa mucho, pero exterioriza poco. Pero ahí estoy yo, con mi verborrea característica, sacándolo de su zona de confort para que se manifieste. Al fin y al cabo, creo que nos complementamos bien. Yo soy más alocada y él más mesurado; yo soy un poco inconsciente y él es demasiado consciente; yo suelo ser positiva y él tiene cierta tendencia a ver las cosas difíciles (creo que es un gen, pero no lo digo mucho para que no se me enfade la familia política, ¡os quiero!).

Dios nos está regalando una vida apasionante con sus alegrías y sus sustos, sus incertidumbres y con 4 hijos que son 4 soles.

Nos toca aniversario por poderes, pero bueno, no pasa nada. Así también nos echamos de menos y valoramos más lo afortunados que somos. Se nota mucho su ausencia y los niños y yo andamos descabezados sin papá (aprovecho la oportunidad para agradecer a todos los que nos están ayudando para hacer el día a día y la logística más fáciles, y aprovecho para felicitarme por mi programa, jajajajaja).

Al margen de las razones típicas por las que se echa de menos a una persona, he encontrado un montón de motivos diarios por los que deseo que estos días que faltan pasen rapidísimo. Hala, a batiburrillo, como viene siendo habitual en mí:

  • Porque nadie me compra helados de nata bombón de la sirena.
  • Porque cuando un niño llora por la noche, no hay más tu tía, me ha tocado.
  • Porque cenar sola es aburridísimo.
  • Porque me toca cortar las uñas a los niños.
  • Porque me estresa Mercadona y siempre me olvido alguna cosa.
  • Porque tiene menos gracia cocinar.
  • Porque no me atrevo a ver “Mentes Criminales” sola.
  • Porque nadie recoge tan bien el lavaplatos.
  • Porque se nos han muerto las semillas de mostaza que plantaste y los niños no me lo perdonan.
  • Porque no sé responder a las infinitas preguntas de Bruno sobre horas de partidos, los dorsales y los puntos que nos separan del Barça y del Atleti.
  • Porque Manuel y Sara están un poco en crisis.
  • Porque cuando regaño a los niños, te llaman desconsolados.
  • Porque Clara pregunta por ti todos los días.
  • Porque el número de Violeta es el primero en frecuencia de llamadas desde mi móvil.
  • Porque no entiendo las cartas del banco.
  • Porque, para bajar la basura, tenemos que ir de excursión todos.
  • Porque sólo leo página y media por día, sin embargo me tomo 4 vinos (jajajajaja, es broma, no te vayas a pensar)
  • Etc, etc, etc.

(Todo esto te lo comento para que veas que te echamos mucho de menos, no para que te agobies).

Feliz 7º aniversario ¡y lo que te rondaré, moreno!

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En febrero cumplió años mi padre y en pocos días celebramos el Día del Padre… Creo que ya sabéis por dónde va este post. Pero he preferido hacerlo de los dos, mi padre y mi madre. Porque con lo que tardo en sentarme y escribir, es casi preferible aprovechar la ocasión.

La verdad es que yo firmaría ahora mismo estar como mis padres a su edad. No porque sean muy mayores, que no lo son, sino porque están mejor que yo con 32 añitos.

No recuerdo en qué momento empezaron a cuidarse tanto… Bueno, mi padre siempre ha sido muy deportista, pero mi madre no. Y no consigo recordar en qué momento pasó de bañarse en el mar haciendo pinza con los dedos en nariz y oídos para que no le entrase el agua, a ir con todo el equipo de gafas, gorro, tapones y dejar asombrado al personal de la playa gozoniega con su depurado estilo de nado.

Nadar, caminar horas, tomarse 62 kilos de fruta al día en invierno y 103 kilos de fruta al día en verano, comidas sanas y equilibradas, madrugones, baños marítimos y piscineros, excursiones en bici… ¡No paran!

Todo eso, al final, se mama y se interioriza. Y, la verdad, es un gustazo. Porque a estas costumbres tengo que agradecer hoy el que me tome dos o tres piezas de fruta al día en ayunas, el que me encanten las verduras o el que me dé cargo de conciencia si algún día no comemos todo lo sano que deberíamos.

En casa he vivido el amor al deporte en general. Nunca nos han presionado para que practicásemos uno en concreto, pero sí para que nos aficionásemos a ello. Vela, baloncesto, judo, fútbol, esquí… Entre todos hemos tocado casi todas las disciplinas. Y veo cuánto bien me ha hecho ser deportista (antes, porque ahora no muevo un dedo), tanto en lo físico como en lo mental.

Además, debo decir con orgullo, que mi padre nos ha llevado, traído, ido a ver a los partidos… ¡hasta cuando era entrenadora iba a verme! “Debes corregirlas tanto como alabarlas”, me dijo una vez tras un partido de baloncesto de las niñas a las que entrenaba. Y ese consejo me ha valido muchísimo, porque soy demasiado exigente. Y es una frase que aplico hasta el día de hoy, pero con mis hijos.

Vuelvo al tema de mis padres, que me he ido por las ramas.

No exagero si digo que tenemos la gran suerte, mis hermanos y yo, de tener unos magníficos referentes en mis padres. Personas íntegras, trabajadoras y responsables. Yo me conformaría con ser un poquito como ellos. Tienen sus defectos, claro está. Pero mirados con la distancia que me dan los años y el tener mi hogar, son nimiedades.

Recuerdo ahora con una sonrisa el carácter fuerte de mi padre. Un carácter muy parecido al mío, supongo que por eso habremos chocado en alguna ocasión. Cuando tenía que reñir a alguno de nosotros, era mejor que no viese a los demás por allí, porque nos salpicaba la bronca seguro.

Pero luego lo ves bailando con mi madre en las bodas hasta las tantas de la mañana y el mito de señor serio que intimida, se cae por su propio peso.

En cuanto a mi madre, de carácter es bastante facilona. Eso sí, la insistencia es su seña de identidad. Creo que le viene por la parte de Álvarez el ser un poco neuras, otra cosa que he heredado y desarrollado tras los sustos de la vida. Y se me vienen a la mente esas llamadas inquietantes por el telefonillo de casa cuando pensábamos que ya se habían ido a la reunión que tuviesen, recordándonos que no nos pegásemos o que no nos riésemos mientras cenábamos para no atragantarnos.

Pero esto no es lo único que he vivido y mamado en mi casa, evidentemente.

En casa se ha mamado el respeto, el cariño, la aceptación, en definitiva, el amor. Sentirse querido porque sí, no por lo que hagamos. He recibido ese sentimiento de ser familia tan fuerte y que tanto me ha marcado, he visto en mis padres su disponibilidad a ayudar a los demás, su empatía, su generosidad…

He recibido, y he aquí lo más vital de todo, la fe. Que para los que no la tienen, no la quieren o no valoran (todo es respetable, está claro) puede parecer poca cosa, pero que a mí me ha dado y me da la trascendencia día a día, el saber por qué estoy aquí.

No me avergüenza decir que he pasado de casa de mis padres a mi “casa de casada”, es decir, que no me he independizado antes. No he tenido la necesidad, ni la apetencia. Siempre he sido muy feliz en mi casa. Sin idealizarlo, que no hace falta, porque la convivencia siempre hace que surjan roces, pero he estado en la gloria.

Admiro a mis padres y me encantaría ser como ellos en muchísimos aspectos. Pero si hay algo que me ha conquistado por completo es descubrirlos como abuelos. Esa relación tan especial y tan libre que tiene con sus nietos. Cómo disfrutan con ellos, cómo se les cambia la cara cuando los niños los reciben con abrazos y gritos de alegría… Me parece algo mágico.

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En este sentido, me he encontrado además con unos padres disponibles, que me ayudan muchísimo, siempre dispuestos a echarnos una mano, que me hacen más fácil la vida. Y ese amor por sus nietos es recíproco. “Abu, labuela”, que así los llama Sarina…

Mis padres se derriten viendo a sus nietos (tanto a los míos como a mis sobrinas) montar en bici, comer solos, usar el orinal, decir sus primeras palabras, aprender a nadar… y yo me derrito de ver a mis padres derretirse.

Padres, ¡os quiero!