Por favor, por favor. Taaaanto tiempo sin escribir y yo con estos pelos. Desde la visita de Sus Majestades hasta hoy han pasado muchas cosas en nuestra vida pero, por lo que realmente me he obligado a sentarme y darle a la tecla es porque el proyecto M-L B cumple 10 años. ¡10 años! ¡X años! ¡Una década! La pera limonera.

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Precioso regalo de aniversario

Hace diez años de ese día maravilloso en el que nos dimos el sí más importante de nuestras vidas. Y ante Dios, la Iglesia y unos cuantos más (nada, poquita cosa, unos 400 invitados), prometimos amarnos, respetarnos, ser fieles y perseverar en las duras y en las maduras. Y de pronto pestañeas y… tienes 5 hijos, una hipoteca y han pasado 10 años. Así, como quien no quiere la cosa.

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Diez años de aprendizaje constante. Constante. Constante. Diez años de momentos muy felices y de hacer historia. Porque soy de las que piensa que en cada nacimiento de un hijo estamos haciendo historia. Probablemente no sea historia de la que se estudia en “Historia Universal” o “Historia contemporánea” o “Historia del S. XXI” pero desde luego sí que haciendo historia, nuestra historia.

Y en este tiempo se confirma todo aquello que se tenía que confirmar. Que el matrimonio no es una empresa sencilla. Que se pasan momentos buenos y momentos no tan buenos. Que el amor es un aprendizaje, que queda muy lejos de las pelis moñas y de las idealizaciones que tanto nos venden. Pero que es lo mejor. Al menos para mí. Es mi vocación. Vocación de esposa y madre, por ese orden.

Agradezco que nadie me vendiese la moto de que la convivencia es sencilla y de que el “enamoramiento” es un sentimiento perenne. Agradezco tener muchos matrimonios cerca que, con su ejemplo, me han enseñado y me enseñan que el amor es también una decisión. Que lo momentos malos o difíciles son incluso más constructivos que los buenos, fáciles y felices.

Agradezco a mi marido su paciencia conmigo, su capacidad de llevar mi difícil carácter y mi pronto explosivo. Agradezco su integridad y su bondad. Agradezco a Dios que lo pusiera en mi camino y que nos diese las armas para aprender a perdonarnos y a confiar en Él. Agradezco tanto tener un hogar, un lugar en el que se me espera y en el que soy querida. Agradezco los cinco regalazos que tenemos por hijos. Y agradezco sentirnos tan arropados y acompañados en esta, nuestra historia.

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Mi fuerte, por si no ha quedado claro hasta ahora, es desmontar mitos. Y pienso que es muy importante desmontar falsos mitos sobre el matrimonio que puede conducir a decepciones. Por eso, recalco que estos diez años son de aprendizaje. Y los 40 siguiente, si Dios quiere, lo seguirán siendo. Aprender a amar. Aprender a controlarse. Aprender a gestionar el tiempo. Aprender a perdonar. Aprender a poner las cosas en su lugar. Aprender que, en esa lista de prioridades, el matrimonio es la primera. Aprender a organizarse. Aprender a tener paciencia y saber que lo malo paso y lo bueno llega y es más bueno que lo bueno anterior. Aprender economía familiar. Aprender a disfrutar.

Y creo que uno de los aprendizajes más bonitos de este tiempo para mí ha sido descubrir la grandeza que se esconde detrás de las pequeñas cosas.

Yo, que he sido animal social, alma callejera y culo de mal asiento, y lo sigo siendo en gran medida, aprendo cada día a disfrutar de la vida familiar. Llegar a casa. Que te reciban con alegría. Ayudar en los deberes, aunque acabemos subiendo el tono de voz o medio enfadados todos. Sentarme a cenar con mi marido cuando ya, ¡por fin!, todos están dormidos. Ver una película en familia. Hacer una excursión. Celebrar los cumpleaños. Leer un libro con ellos. Perseguirlos para que te hagan caso. Ver cómo aprenden a montar en bici. Hacerle una trenza a Mariflori y que te diga: “Mamá, ¿verdad que hoy soy como una princesa?”. Hacer seguimiento a ese primer diente de la Santa que amenaza ya con caerse.

Tener una conversación con el santo esposo de más de 10 minutos sin interrupciones y en persona, es decir, que no sea telefónica. Hacer una comida y ver que todos la disfrutan. Ser testigo de los avances del magnífico. Gritar los goles de los dos mayores en sus partidos de fútbol. Las confidencias contadas mientras se sientan en el trono. Las notitas sorpresa con dibujos  y esa dedicatoria tan maravillosa que reza “Para mamá, de… Te quiero, mucho, mamá”.

Una cena a solas con mi buenorro y paciente esposo… Aunque esto deberíamos intentar que fuese más habitualmente, porque lo de salir de casa los dos solos sin “compango” nos cuesta cuadrarlo un poco. Tener una casa donde la gente venga y se sienta cómoda y acogida…

Veo todo esto y me siento taaan afortunada. Pero no podría ser posible sin un marido como el que tengo. Porque esto es proyecto común. Hace 10 años dejamos de ser JP y S para ser los M-L B. Y me siento orgullosa de ello.

Claro, que tanto almíbar me está empachando. Todo esta vida de las cosas pequeñas hay que aderezarla con un poco de: gritos, algún que otro castigo, amenazas varias, discusiones, reconciliaciones, planes que se van al garete, precariedad económica a ratos, pocas horas de sueño, mucho follón de agenda, ir con la lengua fuera, enmarronar a los abuelos, enmarronar a los tíos, enmarronar a los amigos, enmarronar a todo el que se cruce por el camino, dejarse alguna cita del médico olvidadada, notita de la tutora-castigo-enfado-grito-silenciose pulcral-grito-amenaza-enésimo castigo-perdones varios… Y, sobre todo, con mucha ilusión. Porque si nosotros no ponemos ilusión a nuestro proyecto, ¿quién se lo pondrá?

Diez años de aprendizaje constante. De descubrir el gran regalo que es mi marido. De ver que Dios es fiel, a pesar de todas mis debilidades. Diez años de nuestra historia… y lo que vendrá.