Fue hace bastante tiempo, antes del verano, cuando os conté la situación que nos habíamos encontrado y que estábamos viviendo con nuestro hijo Juan, y no he vuelto a actualizar nada del tema.

Nuestro Juan ya ha cumplido 10 meses. Es un sol, un ángel, una bendición. Pero como todo don, conlleva una tarea bien grande cada día. Sus manos han mejorado, pero siguen siendo muy poco funcionales. Siguen los puñitos muy cerrados y el pulgar muy mal posicionado como para poder hacer la pinza. Y, claro, eso conlleva una buena retahíla de complicaciones añadidas. Al no poder abrir las manos, no puede gatear, no se puede apoyar en ellas y no puede coger las cosas. Pero se va apañando. Lleva un retraso con respecto a la evolución “normal” de los niños de su edad, porque le ha costado mucho mantenerse sentado y porque hay muchas cosas que quiere hacer, pero no puede. A pesar de todo esto, Juan evoluciona, que es lo importante. A un ritmo inferior del que yo querría. Pero yo soy la perpetua inconformista.

A los infinitos especialistas que estaban viendo a Juan (neurólogo, rehabilitador, otorrino, cardiólogo, traumatólogo…) hemos añadido algunos más: oftalmólogo (que encuentra todo ok pero, por si las moscas, nos quiere seguir viendo en unos meses, como todos) y cirujano plástico. El cirujano ya nos habla de una posible operación para sus manos, que tendría lugar en unos meses. No obstante, quiere que lo vean neurólogos y genetistas de su equipo, para tener una segunda opinión de la que ya tenemos. Así que volvemos a la intensidad de las pruebas y opiniones.

En el día a día, a pesar de todo el trabajo que Juan requiere, es una bendición que nos ha caído del cielo. Es alegre, es bueno, es risueño, es mimoso. Y nos tiene a todos locos. A todos. Los niños están con él como no han estado con ninguno de sus hermanos y, la verdad, es una gozada.

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Vivimos siempre con la incertidumbre como compañera de viaje. Preguntándonos si habrá algo más que se nos haya escapado, si el retraso madurativo de Juan corresponde a lo lógico en un niño con un impedimento físico para hacer muchas cosas o si hay algún tipo de discapacidad intelectual que no sepamos. Pero sólo Dios lo sabe y el tiempo lo dirá.

Pero cada avance de Juan, cada hito logrado, cada progreso, es una fiesta. Una fiesta celebrada por tanta gente que pone en evidencia lo mimados que estamos por todos y lo conquistador que es Juan. Porque, como ya dije, a nadie deja indiferente. Así estamos, como primerizos a los que se les cae la baba cuando el niño consigue sentarse, cuando empieza a balbucear sus primeras palabras (“papá” ya está dominado, y le hemos enseñado a decir “guapa” que me parece mucho más guay que decir mamá, jajajaj). Nuestra alegría es una alegría compartida por los hermanos, los abuelos, los tíos y primos, los amigos, las profesoras de la guarde, los especialistas que le dan tratamiento, los vecinos… ¡Por todos!

Con Juan todo es un aprendizaje, al menos para mí. Aprender, cada día, a vivir, a pensar y a mirar el “hoy”. Me dijo un sacerdote (no uno cualquiera, uno de la repanocha) en un momento muy muy gordo de angustia: “¿quién te dice a ti que este niño no vaya a ser feliz? No pienses en el día de mañana, que no sabes qué pasará ni lo que vendrá. Piensa únicamente en el hoy” Y así es. Juan hoy es feliz, mañana sólo Dios sabe.

Mucha gente me pregunta y “con tanto lío como tenéis, ¿cómo os organizáis?” Aunque esto da para otro post que ya tengo en mente, adelanto un poco la respuesta. ¿Cómo nos organizamos? Pues como podemos. Cada día es un gran puzle donde tienen que encajar muchas piezas. Cada día es diferente en función de si Juan tiene rehabilitación por la mañana o no, si yo tengo libre esa tarde, si viene Pedro (el fisio que trata a Juan en casa, otro regalo del cielo) ese día, si los niños tienen fútbol, cumpleaños, revisiones médicas, dentista, etc.

La gente también nos pregunta “¿Cómo lo hacéis?” Y yo siempre contesto lo mismo: lo hacemos mal, pero bueno, lo hacemos. Nadie me cree. Me ríen la gracia como si fuese falsa modestia. Pero no lo es.

Lo bueno es que siempre contamos con un ejército de colaboradores que nos simplifican enormemente el día a día y a los que estamos santificando: Mariluz, los abuelos, la tía que recoge a Juan en la guarde cuando se lo pedimos, Sofía y Óscar que llevan a los niños a catequesis y te recogen la equipación del segundo que ya está lista y te ayudan a de todo y a un poco más, la pediatra que me pasa consulta ya por WhattsAp, los jefes y compañeros que nos comprenden y son permisivos, los que se ofrecen cada día para ayudarnos de una y mil formas, el fisio que viene a casa, los tíos y primos que nos miman y nos cuidan… A todos ellos y a muchos más, les estamos acercando el cielo.

Hace poco una persona comentaba que al sentar la cabeza la vida se vuelve aburrida. No puedo estar más en desacuerdo, la nuestra es apasionante.

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El otro día viví un gran momentazo en casa. Lástima que no hubiese alguien para filmarlo. Estaba en búsqueda activa de “santa” que viniese a echar una mano a nuestro hogar. Y, durante la primera entrevista, después de adoptar mi pose más seria para hablar de lo importante que es la confianza en casa y que el cuidado de los niños está por encima de todo, me pasé la mano por la cabeza y… ¡oh, sorpresa! Llevaba media hora de esta guisa y no me había dado cuenta (por decoro y pudor, he cortado la foto y sólo he dejado lo importante)

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¡Qué bochorno! Decidí no hacer mención del tema y seguir la entrevista como si nada. Aunque comprendí por qué la chica tenía una cara tan divertida desde que había entrado por la puerta.

No es que me encante disfrazarme de Ben y Holly para estar por casa. Es que, antes de la primera entrevista, las niñas me habían invitado a “café” en su cuarto y, el dress code marcaba la corona como prenda imprescindible para entrar. En definitiva, que se me olvidó quitármelo y así me pasé media mañana. Qué lástima.

Este tema me llevó a pensar en aquellas cosas que me suceden desde que soy plurimadre y voy como una moto por la vida. Yo creo que nos pasan a todas o casi todas las madres, al menos a las que son tan despistadas como yo. Y son un reclamo identificativo. Cada vez que veo a alguien haciéndolo, pienso: “es madre y tiene niños pequeños”

El otro día, sin ir más lejos, estaba haciendo la compra en mercadona. Si hay algo de la compra que requiere concentración es la elección de los yogures por la variedad de gustos que tenemos en casa y por la cantidad de ellos que consumimos. (Macedonia gusta bastante menos a Bruno que es más de trozos de fresa, de limón para mí, naturales porque es un valor seguro, los de trozos de choco para el “día del premio”, los flanes y natillas para de vez en cuando, los de beber…)

El caso es que me di cuenta que estaba apostada frente a la nevera de lácteos, moviendo el carrito de la compra muy acompasadamente, como si fuese la silla de Juan. Me di cuenta porque noté la mirada penetrante de una chica joven, que me miraba divertida. A punto estuve de decirle que ya había conseguido dormir a los productos de la compra. Pues eso, me refiero a mover el carro del súper como si fuese el del bebé. Pura costumbre. Ni qué decir tiene de mover el carrito aún cuando no hay bebé dentro.

Es como si se me hubiera permutado un gen y las cosas me salen automáticamente. No lo puedo remediar.

Más ejemplos: rebañar los restos de los platos de la comida de los niños, que me dan ganas de hacerlo hasta cuando como fuera. O contestar “quééé” cuando oigo “mamá”, aunque esté sin los niños o no sea un hijo mío el que me llama. No lo puedo evitar, oigo “mamá” y contesto automáticamente. Son cosas tan interiorizadas que me cuesta no hacerlas de forma mecánica.

Si veo un niño sentado en un wáter, voy directa a limpiarle el trasero. Si uno va a cruzar la calle, le doy la mano. Sea mío o ajeno. Si me dejasen, limpiaría mocos y churretes de cada churumbel que me cruzo. Por no mencionar esa manía que tengo de querer poner el abrigo a cada niño que sale del colegio. El otro día mi hijo mayor me llamó la atención: “mamá, que ese niño ya tiene una madre que le diga las cosas, no puedes decirle tú que se ponga el abrigo, por favor”. Y es que veo una lomada al aire y me entran ganas de meterles la camisa por dentro y todo. Y lo mismo si están demasiado abrigados. Hace unos días me tuve que morder la lengua en el metro para no decirle a una señora que su bebé lloraba por calor. Incluso puedo llegar a reñir a alguno que diga algo improcedente con la célebre frase “niño, esa boca”. Mis hijos se mueren de vergüenza pero no lo puedo remediar.

Caso aparte el de la cantidad de cosas que me llevo de casa sin ser esa la intención. Ese momento mañanero en el que corres para no llegar tarde y, casi sin pensarlo, metes los calcetines sucios del niño en tu bolsillo del abrigo (cuando en realidad querías dejarlo en el cesto de ropa sucia o simplemente quitarlos del medio) y no te das cuenta hasta que llegas al trabajo. Yo siempre me excuso diciendo, jijiji, es “lo típico”. ¿Lo típico? Me da a mí que lo mío es la conjunción perfecta de ser plurimadre + ser tremendamente despistada.

En definitiva, que soy una madre petarda y redicha, qué le voy a hacer. Y no es que mis hijos sean perfectos, ni mucho menos. A Dios gracias, pasan bastante de mis neuras y de mis mil mandatos (límpiate, ponte el jersey, no corras, no corras, NO CORRASSSSSSS) Lo peor de todo es QUE ME ENCANTA. ¿A vosotros también se os nota?

Podría y debería empezar esta entrada pidiendo perdón por mis largos meses de ausencia y silencio por aquí. Pero no lo hago para no aburrir. Ya lo he hecho en alguna ocasión y seguro que volveré a ausentarme más adelante. Soy así. No tengo remedio.

Me asomo casi como de nuevas después de tanto tiempo y no solamente por mi tardanza en escribir, sino porque quizá no soy la misma de antes. ¿Por qué? Fácil. Porque hemos tenido a nuestro quinto hijo, Juan, como ya lo anuncié hace unos pocos post.

Cuando uno tiene un hijo, en gran parte, deja de ser como era. No sabría materializar esta reflexión, pero creo que todo nuevo nacimiento lleva consigo una permuta de los progenitores. En el caso de Juan, hemos cambiado nosotros y también nuestra vida, lógicamente, pero más que en ocasiones anteriores.

No sabía yo muy bien cómo abordar este post y ni siquiera si hacerlo. Pero dos entradas de dos madres blogueras me animaron a ello. Os las dejo y así os hacéis una idea de lo que os voy a contar; no dejéis de leerlo, escriben mucho mejor que yo y son blogs de los más interesantes.

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Una mamá motera

Como ya podréis imaginaros, y muchos o casi todos ya sabéis, Juan nos sorprendió al nacer.

En cuanto nació y me lo pusieron encima vi sus manos, muy cerradas, amoratadas y tan prietas que parecía faltarle el pulgar, que estaba escondido bajo los otros particulares dedos. Así que con apenas unos segundos de vida, ya nos dimos cuenta de que en sus manos pasaba algo.

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El segundo “susto” llegó con menos de 48 horas. Juan no había superado el screening auditivo en ninguno de los dos oídos. Y lo que se suponen momentos idílicos con un recién nacido, se convirtieron para mí en momentos de gran angustia e incertidumbre.

A partir de ahí entramos en el mundo de “los posibles”. Un posible pulgar en palma, una posible hipoacusia, síndromes, hipotonía del eje central, otras posibles patologías asociadas…

Y se abrió el melón de todo lo que podía tener Juan o no, pero que había que ir abordando. ¿Cómo? Pues a base de pruebas y especialistas. Neonatología, trauma, otorrino, rehabilitación, fisio, hematólogos, cardiólogos, neurólogos… Y nuevos mundos en los que introducirnos: férulas, vojta, bobath, estimulación, atención temprana, valoración de discapacidad.

A Dios gracias, en medio de la gran prueba que estábamos viviendo, fueron apareciendo muchos ángeles que nos han facilitado las cosas en este camino. Ellos saben quiénes son y no hace falta dar nombres. Pero sí dejar patente la inmensa gratitud que tenemos hacia ellos. Son los que te allanan el camino en el hospital, los que te llaman en el momento oportuno, los que te preparan comida para que no tengas que preocuparte de eso, los que vienen a casa y echan una mano en lo que haga falta, los que se han quedado a dormir, los que han llevado a los niños al cole, los que demuestran comprensión y empatía, los que ayudan en lo que pueden y como pueden y, especialmente, los que han rezado y rezan por Juan y por nosotros.

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El día del Carmen nuestro pequeño magnífico cumplió tres meses y, a Dios gracias, los pronósticos han mejorado y las pruebas han ido descartando cosas muy gordas. Parece que por fin tenemos diagnóstico: artrogriposis congénita distal, una patología que ha deformado las manos de Juan y se las mantiene bastante cerradas y los dedos notablemente deformados y con escaso movimiento. Pero la oración, la rehabilitación y la perseverancia, hacen milagros. Y poco a poco, va mejorando. Aún nos queda un largo camino por recorrer y seguramente Juan tarde en adquirir destreza con sus manos mucho tiempo y lo que para cualquier niño es innato, a Juan le costará mucho trabajo, pero lo encaramos con ánimo.

Hace pocos días nos llevamos la enésima alegría. Juan oye bien. Puede que haya sido una inmadurez auditiva o lo que sea, qué importa. Lo que sí importa es que oye bien y estamos felices.

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Vamos a seguir bajo estrecha vigilancia por parte de los neurólogos, los traumas, las rehabilitadoras y demás especialistas que ven a Juan, porque aún es pequeño y finalmente será su evolución la que descarte otras cosas asociadas. Dios quiera que no aparezca nada más.

Pero lo que tengo claro es que Juan es un niño especial. No lo digo únicamente por su problema, sino por todo lo que cada día nos da a los que estamos con él. Las pruebas que le han hecho, los análisis, la rehabilitación de cada día, no son moco de pavo ni mucho menos. Lo pasa mal, se agota, sufre y le duele. Pero en cuanto pasa el trance nos regala su sonrisa y su cariño. Es complicado cuantificar cuánto se recibe de una persona. Y no soy una virtuosa para transmitirlo con palabras. Sólo puede decir que Juan, cada día y muchas veces al día, me desmonta. Desmonta los esquemas que yo tengo de lo que debe ser y lo que no. Porque, a pesar de los pesares que cada día pasa y de los que le quedarán, es un bebé feliz.

Sería complicado y tedioso plasmar todo lo que el nacimiento de Juan ha traído a nuestras vidas y a las de sus hermanos, porque ellos son conscientes de las necesidades especiales que tiene su hermano nuevo y, a su forma, también han sufrido en este tiempo.

Ha sido muy duro y seguro que nos tocarán momentos difíciles todavía por vivir. Pero ya puedo decir que no cambio nada de Juan. Me ha costado mucha angustia y un sufrimiento atroz, pero Dios me ha permitido ver que Juan encarna la perfecta imperfección. Que es perfecto como es. La imperfecta soy yo, que me he pasado semanas llorando y diciendo “Dios mío, éste no era el plan, éste no era el plan y tú la has fastidiado”; semanas pidiendo explicaciones y esperando el milagro. Y, aunque cada prueba que le han hecho ha sido un milagro y cada logro de sus manos es un milagro, el mayor milagro que he vivido ha sido el ver a mi hijo perfecto.

Ahora llega el momento capillitas (más que el anterior, si cabe) y me acuerdo de un salmo que dice “muchas son las pruebas que le esperan al justo, mas de todas le libra el Señor”. Pues Juan es el justo.

No voy a cejar en mi empeño diario de pedir para Juan el milagro de que sus manos se abran, sus dedos se muevan con toda la facilidad del mundo y todo mejore. Estoy en mi derecho de hacerlo y lo hago. Pero también es de ley dar las gracias cada día por él. Él me ha sacado de mi egoísmo y de mis rollos patateros y consigue, cada día, que deje de mirarme tanto a mí para mirarle más a él.

Al margen de todo esto, Juan tiene la inmensa suerte de haber nacido en una gran familia que se desvive por él. Hermanos, abuelos, tíos, primos, amigos… todos han caído bajo el hechizo de Juan, porque a nadie se le escapa que Juan es un tío grande y que lo va a demostrar.

No hay nada que esconder, sólo una gran alegría: Juan

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Pasan los días, pasan los días y no me paro a escribir. Quizá porque escribir conlleva pensar.

Pasan los días también en casa, con sus acontecimientos importantes para nosotros y con la rutina lógica de las semanas. Pero no por rutinaria es aburrida nuestra vida, cada día tiene su enjundia, aunque en muchas ocasiones no sea consciente de ella.

Espaldas

Mi tripa crece a un ritmo vertiginoso. No sólo lo pienso yo, sino que mi percepción viene avalada por los comentarios de mucha gente que no dan crédito a semejante barrigón para 22 semanas de embarazo y un solo bebé. Juan ya es uno más. Yo veo pasar con lentitud los días, siempre con la sombra de la duda de “si las cosas irán bien”, “si el bebé estará bien”, “si no me mandarán reposo”, si… En definitiva, que soy una neurótica encarnada en una mujer embarazada.

Los niños siguen avanzando y creciendo. Es impresionante cómo evolucionan en sus lecturas y en sus tareas. Y nosotros seguimos a su lado, acompañándolos. Queriéndolos en la medida de nuestras posibilidades, que en mi caso no es mucha, y no en función de lo que merecen, que es mucho más. Intentando, cada día, humanizar la rutina, como dice Catherine L’Ecuyer.

Bruno ha empezado a jugar partidos los fines de semana y ¡nos entusiasma acompañarlo! Aunque Manuel, en el fondo de su ser, muere de envidia y no ve el momento de empezar él a jugar. Hablando de Manuel, le ha cogido el tranquillo a lo de leer y va fenomenal. Ha conseguido demostrarme que él tiene unas capacidades enormes, pero un ritmo diferente. ¿Llegaré a respetarlo en sus ritmos? No lo sé, pero lo ansío. Es lógico que encuentre en papá un referente y apoyo más claro, porque papá tiene un carácter mucho más pausado que mamá, eso es así.

De Sarina sólo nos dicen cosas buenísimas. El otro día, la reunión con su profe fue como para salir caminando tres palmos por encima del suelo. Es buena, responsable, trabajadora, madura… La verdad es que todo fueron halagos.

Agotada

Y Clarita, ¡qué gracia nos hace Clara! Tiene esa edad maravillosa en la que haga lo que haga, diga lo que diga, hace gracia. Hasta sus hermanos se derriten con ella.

Y yo, ahí sigo, siendo cada día más consciente de la gran tarea que se me ha encomendado, pero de las limitaciones con las que cuento. Pero hoy una amiga me ha dado la clave. Me ha dicho: “Dios no elige a los capacitados, sino que da capacidad a los elegidos”. Menos mal. Pues ahí seguiré, a pesar de mi precariedad, intentando hacerles notar que los quiero, a todos.

Por cierto, ya hemos puesto el Nacimiento, nos ha quedado bastante decente, aunque nos quedan todavía unos pequeños retoques de calidad. El árbol también. Y ayer, al encender las luces del árbol y apagar las del salón, las niñas enloquecieron y no paraban de decir “mira, cómo brilla” “brilla mucho, brilla mucho”. Bendita infancia. (Y bendito marido que me aguanta)

BelenCasa

Mitad de adviento ya y yo con estos pelos.

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Son muchas las acepciones de esta palabra, en función del contexto y del verbo con el que se acompañe. Otorgar, pedir, recibir, etc.

Me ha llamado la atención una de las acepciones que figuran en la RAE para “perdón”: 7. coloq. Gota de aceite, cera o material similar que cae ardiendo.

El perdón al que yo quería referirme hoy es al que va acompañado del verbo pedir. Pedir perdón. Dicen que, junto a otorrinolaringólogo y esternocleidomastoideo, perdón es una de las palabras más difíciles de pronunciar, y no quito razón a quien lo dijese.

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Pero he de reconocer que últimamente aparece con más frecuencia en mi vocabulario habitual de lo que lo usaba anteriormente. ¿Por qué? ¿Por qué soy muy buena? Pues justamente por lo contrario.

Ya he contado 153.000 veces lo imperfecta que soy como madre. Poca paciencia, nerviosa, gritona, etc. Cuando he comentado este tema, en muchas ocasiones me he encontrado con una respuesta lógica:hay que intentar controlarse”, “hay que armarse de paciencia”, “si te pones nerviosa es peor”, “gritarles no es la solución”.

Pero resulta que en este tema, al menos para mí, el mero hecho de proponérmelo no me lleva a la realización inmediata de mi propuesta. Es decir, que yo tengo la intención de ser más paciente o de no gritar, pero eso no significa que lo consiga, ni mucho menos.

Toda esta reflexión vino a raíz de la historia de una madre estadounidense que se propuso estar 365 días sin gritar a sus hijos y ha creado una web donde lo cuenta http://theorangerhino.com/ Al parecer, esta mujer no sólo ha conseguido superar su reto, sino que además lo ha superado con creces y va camino de los 2 años sin dar berridos a sus vástagos. Olé, olé y olé.

Lo mío no pueden ser los retos, porque no supero ni uno. Ni siquiera pretendo pasar un día entero sin gritar porque para fracasar y deprimirme, prefiero no proponérmelo. Aunque no puedo negar que el hecho de no conseguirlo me hace sufrir una barbaridad, puede que tanto a mí como a mis hijos.

Ante semejante situación, ¿qué hacer? Pues muchas personas me han dado la clave. Ante mi incapacidad de ser paciente, sólo me queda pedir perdón. No un perdón vacío y protocolario, sino pedir un perdón sincero que nace del reconocimiento previo de mi imperfección más absoluta.

Me cuesta, no voy a negarlo. Pero es una bonita forma de recordarles, en este caso concreto a mis hijos, que les quiero. Y de pedirles permiso para, si me perdonan, volver a empezar. Mi experiencia es que los niños tienen una capacidad increíble para perdonar y mirar para otro lado, olvidando rápidamente mis faltas.

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Cuando Josepe estuvo fuera, cada mañana era una batalla poder salir de casa con todos a tiempo. Y prácticamente cada mañana, al montarnos en el coche, tenía que pedirles perdón. Pero mis peticiones de disculpas van muchas veces acompañadas de “peros” posteriores. Perdonadme, hijos, pero es que no podemos tardar tanto en salir… o me tenéis que hacer caso a la primera… o es que desquiciáis a un santo. Así, creo que mi perdón no tiene mucho valor, porque los culpo de mi enfado.

Así que mi objetivo, que no propuesta, es pedirles perdón sin peros.

Bien distinto es el tema del perdón a adultos. El reconocer que una ha metido la pata, ha criticado, o lo que sea, se me plantea infinitamente más complicado que reconocerlo ante los niños. Pura soberbia, entiendo yo.

Creo que el ejercicio de pedir perdón es excelente para la salud. Y si uno no es capaz, como me pasa en muchas ocasiones, al menos es buena la reflexión anterior que lleva a descubrirse a uno mismo que se ha equivocado. Y este acto no creo que esté muy extendido. Al final muchos tendemos a la autojustificación y vivimos justificándonos a nosotros lo que lleva implícito que la culpa es de los demás. Menudo lío de palabras y qué rollo. No voy a seguir por esa línea porque podría ser otro post que se llamaría “Juguemos al juego de justificar” y que en su día me enseñó mi amiga Ángela.

Creo que si todos fuésemos más conscientes de nuestras limitaciones, pediríamos más veces perdón y las cosas serían más fáciles. Ahora es difícil escuchar eso de “Perdón, me he equivocado, no volverá a pasar…” Claro, que hay a quienes ni siquiera el perdón les vale y no se sabe muy bien qué camino te dejan para enmendar las faltas.

Para este tema, “los capillitas” lo tenemos más fácil, partimos de la base de San Pablo “queriendo hacer el bien, es el mal el que hago…”. Pero con la suerte de que contamos con el borrón y cuenta nueva. Es decir, poder continuar adelante, sabiéndonos poca cosa, pero queridos y aceptados.

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Me despido no sin antes pedir perdón por ser tan extensa y tan pesada. PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN.

Matadme, si es que queda alguien ahí después de tan dilatado silencio, matadme.

Matadme por perezosa e indolente, aunque ya os avisé en su día que era así. Está claro que debo releerme los remedios que buscamos para combatir estos males. Pero bueno, vengo con propósito renovado de escribir más frecuentemente. Quizá sean post más cortos, cosa que alguno agradecerá, que lo sé yo; pero tengo intención de que sean con más frecuencia.

Josepe volvió de sus andaduras laborales por el mundo, llegaron las vacaciones, el verano asturiano, miles de cumpleaños y hemos vuelto. Qué resumen más rápido y más desaborío. Pero lo hemos pasado muy bien, los niños han crecido muchísimo y disfrutado más aún. Ahora la cosa queda así: Bruno es un paisano y pasa del mundo entero menos de Manuel al que mangonea, pero que a su vez es el único que comparte con él su obsesión por el fútbol (el fracaso de España en el Mundial de Brasil fue un trago duro para ellos). Manuel, si está entretenido y atendido, va como la seda pero si se tuerce, la cagamos. Sara es súper buena gente, la niña que siempre sonríe; cae francamente bien menos de 10 de la noche a 10 de la mañana por sus malos hábitos de descanso. Y Clara, decididamente, es la jefa de la banda. Riñe, zurra y maneja a su antojo, pero con mucha gracia.

                    postal

Y así hemos pasado el verano, con mal tiempo pero con buena cara. Aunque mi santo y yo no hemos coincidido tanto como nos habría gustado por temas laborales, al final hemos disfrutado de los grandes placeres de la tierra asturiana: la comida, el paisaje, la familia, los grandes amigos… El buen tiempo no se incluye dentro de los placeres asegurados y este verano ha sido especialmente borrascoso.

                   borrasca

Hemos tenido menos playa y más botas de agua. Menos chapuzones pero más caracoles a los que observar detenidamente. Saco una conclusión o varias. Los niños son bastante fáciles de contentar siempre que les des aire libre, espacio y buena compañía. Somos los mayores los que vemos más problemas a las cosas.

                    caracoles

Ha sido un verano bastante facilón en cuanto a logística. ¡Hasta nos sobraba espacio en el coche para algún bultito más! No ha sido así a la vuelta, en la que añadimos algún que otro producto astur para nuestra despensa (un saco de 25 kilos de patatas impresionantesdebuenasquédiferencia, tomates, ciruelas, melocotones…)

Ha sido fácil también porque los niños son ya bastante autónomos y disfrutan de la playa, parque, monte o “prao” indistintamente. Clara ya no lleva pañal, no hay biberones, ni leche de fórmula. Y mis hijos, a Dios gracias, comen de todo.

Pero, si Dios quiere y todo va bien, el verano que viene no será tan logísticamente sencillo… (silencio para meditar la frase). “¿Cómo? ¿Quieres decir que…? ¿De verdad?” Jajajajaja, pues sí. Señoras y señores, como dicen los taurinos, “No hay quinto malo”. Lo digo con la boca pequeña porque estoy de muy poquito y aún queda mucho embarazo. Pero, Dios mediante, en abril esperamos la llegada de un M-L B más.

Los niños están felices con la nueva noticia. Y nosotros también, pero un poco “cagaillos” porque vaya todo bien y porque humanamente siempre asaltan agobios de espacio, fuerzas y néuras varias, lid en la que me estoy convirtiendo en auténtica especialista.

Rezamos para que vaya todo bien y esperamos disfrutar de este nuevo miembro, que aunque intrauterino, ya forma parte de la familia.

Resulta que mi gran amiga Katerina, que tiene un blog magnífico (hijosextraordinarios.wordpress.com), blog que yo sigo y leo y releo y requeterecomiendo a todo el mundo, bueno pues el blog de Katerina ha recibido un premio-blog. Y ahora ella nomina a mi blog para ser premiado. ¡Qué lío! Jajajajja. No me siento digna, ni merecedora, ni nada por el estilo. Pero lo agradezco muchísimo.

Bueno, el caso es que para ser premiada debo hacer dos cosas:

1.- Colgar esta imagen:

Imagen

(Hecho. O como dice un compañero murciano “Olivica comia, huesecico al suelo”)

2.- Responder a las siguientes preguntas:

  1. ¿Cuál fue tu primera experiencia con la escritura?
    No sabría decirlo con exactitud. Me gusta escribir desde que sé hacerlo. He tenido y tengo muy buena escuela en casa, la verdad. Sea cual fuere, seguro que mi primera experiencia con la escritura fue estupenda, porque me decanté por estudiar periodismo y mi andadura laboral siempre ha sido escribiendo (o leyendo o locutando lo que antes había escrito).
  2. ¿Por qué escribes un blog?
    Fue algo impulsivo. Un día me planteé hacerlo y lo hice. La motivación última es poner en valor la gran suerte que tengo, el privilegio de vivir, la alegría de la familia, el tesoro de la maternidad…
  3. ¿Qué quieres transmitir?
    Que la vida es un regalazo que ninguno merecemos. Pasamos por este mundo abriendo la boca más veces para quejarnos que para estar agradecidos. Y eso no es justo. Me siento muy afortunada de lo que Dios me ha dado y quiero que lo sepa todo el mundo.
  4. ¿Qué te aportan tus lectores?
    Fundamentalmente, las ganas de seguir escribiendo. Hay muy buena retroalimentación cuando hago una entrada nueva y eso me gusta. Los lectores son la razón de seguir escribiendo. No creo tener muchos lectores anónimos, son casi todos amigos, familia, gente cercana y conocida, y me gusta que les guste y me inspiro mucho en ellos.
  5. ¿Y los comentarios?
    Me ayudan a ver si he sido capaz de transmitir lo que quería y de saber si he contado un rollo o si he sido interesante. Alegran, los comentarios, alegran.
  6. Cinco palabras que definan tu blog. Desenfadado, familiar, personal, alegría de vivir.
  7. Cinco palabras que describan tu maternidad/paternidad Intensa, reveladora, vocación, amor, regalo.
  8. ¿Qué valores crees que ayudarían a mejorar la crianza de nuestros hijos?
    Muchos… la mayoría yo no los tengo. Paciencia, amor, esperanza, donación, sencillez, humildad, generosidad, alegría, dominio de uno mismo, magnanimidad, firmeza, etc.
  9. Cinco cosas que la maternidad/paternidad haya traído a tu vida
    Una vocación maravillosa. Amor. Afán de querer mejorar cada día. Cambio de prioridades. Y también un pelín de sueño y cansancio, pero poco.
  10. Utilizas mucho las Redes Sociales para apoyarte en la difusión de tu Blog Mucho, mucho no. Pero lo difundo por redes sociales, lógicamente. Tampoco me preocupa mucho la difusión del blog, la verdad. La mayoría de las personas que quiero que lo lean, lo hacen. Y el resto aún no saben leer o están aprendiendo.
  11. 5 Consejos para los nuevos blogueros Me siento incapaz de dar consejos a nadie porque yo soy muy novata en estas lides. Simplemente les animaría a ser más constantes que yo.

Bien, una vez hecho esto, creo que ahora yo puedo nominar a otros blogs (creo que es así, las reglas no me parecen fáciles de entender y quizá me estoy saltando algo pero bueno) Los blogs a los que nomino ahora, pueden (en la libertad de los hijos de Dios) consultar las Reglas de este concurso y hacer lo mismo que yo he hecho. Allá voy. Nomino a:

7 pares de Katiuskas un blog divertidísimo que cuenta la vida de una familia numerosa (muy numerosa) con una gracia y una alegría que me enamoran. La forma es lo mejor y el fondo es lo máximo. Me siento muy en sintonía con los H&B

Apego y Asombro, un blog del que siempre aprendo y me llevo cosas para casa. Es fantástico.

Desde el 5º B, simplemente hay que seguirlo. Prefiero no contaros nada y que lo descubráis vosotros.

La Aventura de Ser Padre, un blog que aunque ahora no está muy activo, es estupendo y conozco de buena tinta a su autor.

Y ahora dos que van por otras lides. Son dos amigos fotógrafos que tienen una calidad, un gusto y una mano para la fotografía increíble.

César Jacob (que además hizo las fotos de nuestra boda y siempre le estaremos muy agradecidos).

Cristina Díaz ¡una artistaza!

 

Bueno, pues creo que ya está, ya he cumplido con todo.

Esta entrada es algo diferente a las que suelo hacer, pero así sirve para que nos conozcamos un poco más.