Hace unos meses, en una “Cena Adivina” estupenda, me plantearon la siguiente pregunta: “Y tú, ¿por qué lanzaste tu blog?”

Me encantó que me lo plantearan, la verdad. La pregunta estaba más que justificada, ya que era una cena sobre Marcas y Bloggers. Acudí acompañando a una amiga que estaba a punto de sacar su blog (merece la pena que lo leáis, Cristina tiene mucho que aportar y es taaan divertida) y aprendí un montón. Pero, sobre todo y como siempre, me lo pasé pipa en la cena.

El caso es que, a la pregunta, contesté que mi blog tenía como fin el hablar bien de las cosas buenas. Éste es un blog de una vida normal pero al mismo tiempo llena de cosas apasionantes, como sucede con la vida de todo el mundo. Apasionantes al menos para mí, claro está. Sin idealizaciones, eso sí, pero resaltando lo bueno de las cosas.

A cualquier profesional del mundo on-line y de los blogs y estas historias, este “supersuerte” le puede parecer carente de sentido, y lo entiendo. Escribo poco, no presto demasiada atención a la estética del blog, no me leen miles de personas… Pero, sinceramente, no pasa nada. Me gusta escribir y me gusta que lo lea quien lo quiera leer. Con eso ya es suficiente.

Pero, gracias al blog, me han pasado cosas maravillosas. ¿Por ejemplo? Por ejemplo, que la gente me diga que le gusta y me pida que siga escribiendo. Y con gente no me estoy refiriendo a mi madre, que también (gracias, familia, por aguantarme en virtual y en personal), sino personas con las que no tengo mucho trato o no veo tanto como me gustaría. Incluso gente que no conozco.

Es el caso de Liliana.

También me han pasado cosas tan estupendas como saber que algunos, sin conocernos, están rezando por nosotros, especialmente por Juan.

Es el caso de Liliana.

Y, lo más alucinante que me ha pasado con el blog, es descubrir que en mi mediocridad y precariedad, he podido mínimamente ser útil para alguien.

Es el caso de Liliana.

Liliana vive en el otro lado del mundo, pero dio con este blog en una búsqueda de google y encontró la historia de nuestro hijo Juan. Por ella y por su hijo va este post. Porque sé lo que es pasar la noche oscura del alma en la angustia a la que llegas por la incertidumbre. Porque sé lo que es un sufrimiento desgarrador. Y porque sé lo que es desear que las cosas fuesen de otra manera.

Ya lo conté y conté cómo iba Juan evolucionando. Pero, por si interesa, ayuda o anima, os recuento. Os cuento que Juan es lo máximo. Que es una lección de vida diaria. Que nos tiene locos, locos, locos. Especialmente a mí que, como dice mi santo, como de su mano. Que evoluciona y avanza. Que ya habla bastante (vamos a ver, como habla un niño que no llega al año y medio, pero habla y repite todo). Que pese a sus limitaciones físicas y sus dificultades, Juan está arrancándose a caminar solo.

recortado

Nuestro gran observador

Que cuando me dice mamá, se para el mundo y muero de amor. Que le tendrán que operar y hacer más pruebas y esperar. Y que será duro. Mucho. Pero que prefiero pensar en el hoy, que del mañana ya nos ocuparemos. Que, por paradójico que me resulte hasta a mí, voy feliz  a sus terapias y a su rehabilitación. Que estamos rodeados de profesionales magníficos (en el hospital, en la escuela, en casa) que dan lo mejor de sí para que Juan mejore. Que Juan tiene la inmensa suerte de tener 4 hermanos maravillosos que lo estimulan, lo quieren, lo consienten y lo espabilan que da gusto; y de tener un padre santo.

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Haciendo gimnasia con Sara. Agachar, levantar; agachar, levantar…

Que Juan es un niño con recursos. Que cuando sus complicadas manos no pueden coger algo, lo empuja contra otra superficie para levantarlo y poder cogerlo. Que cuando no puede incorporarse por falta de musculatura en los brazos, apoya la cabeza y lo consigue. Que se pone malo cada dos por tres. Que es una cruz porque le dan asco todas las medicinas y las vomita. Que viven con tos y mocos prácticamente todo el año. Que no existe idealización, ni todo es perfecto, ni su vida y la nuestra está exenta de mucho sufrimiento. Pero que Juan ha dado la vuelta a nuestra vida como a un calcetín. Pensando que me desmontaba los cimientos, lo que ha hecho es poner cada cosa en su sitio. Que Juan es Juan. La monda. Y aunque yo TODOS LOS DÍAS pido el milagro de su curación, cada día se produce el pequeño milagro de su progresión y evolución.

Y que cuando lo miro, veo a Juan. Antes no. Antes sólo pensaba en Artrogriposis congénita distal. Y ahora me siento tonta por ello. Pero no pasa nada. Porque hay que pasar el duelo de las cosas y todo lleva su tiempo. Y Juan es increíble.

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Me siento muy afortunada de tenerlo. Es algo que jamás podré explicar razonablemente. Porque, si me hubiesen dado a elegir, nunca habría elegido la historia así. Y, sin embargo, me gusta. Tanto como para intuir que todo está bien hecho. Pura paradoja.

Quizá tenemos demasiado interiorizado que la sociedad, la vida es para los perfectos. Pero, ¿quién lo es? Mi amiga Paz que sabe mucho de esto, y además es santa, me dijo un día: no le pongas tope ni límite, sólo déjate sorprender por él. Y eso hacemos todos los que lo rodeamos. Y Juan seguirá progresando y llegará hasta donde Dios quiera, y no hasta donde sus manos le dejen.

Sería ingrata e injusta si no lo compartiese. Así que, Liliana, va por ti.

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