El verano es una época de hiperconvivencia familiar. Y, más que familiar, fraternal. Porque nosotros no tenemos tantas vacaciones como los niños, así que los que están todo el día juntos, son ellos.

Así que verano también podría definirse como la época en la que los niños no paran de jugar y también, por extensión y al menos en nuestra familia, época en la que no paran de pelearse.

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Aunque lo estéis viendo, esto en realidad no existe y si existe, sólo dura  tres segundos

La verdad que el de las peleas entre hermanos es un tema que yo llevo regulero. Me cansa y me desgasta bastante. Me parece lógico, normal y sano que las tengan. Pero me supera la excesiva frecuencia con la que lo hacen (cada 4 segundos, menos cuando están dormidos).

Me cuesta también identificar y realizar el papel que se espera de mí en ese momento. Ya comenté que el Ministerio de Justicia es un non-stop y la solicitud de justicia parental puede recibirse a cualquier hora del día, cualquier día de la semana y del año.

En cualquier caso, yo estoy intentando desarrollar el rol que podríamos llamar: “El observador de la ONU”. Es decir, aquél que está invitado a los conflictos, que ve, escucha, toma nota y, en gran parte de los casos, o nadie le pregunta, o lo que dice da igual porque no le hacen caso. Y creo que lo mejor es hacer oídos sordos y que aprendan ellos a solucionar sus conflictos. Aunque corres el riesgo de que te pasen cosas como:

Ella: “Mamá, me ha dicho xxx que me va a matar”

Yo: “Ah, muy bien, pues nada, dile que tú también le vas a matar”

Ella: “Vale”

Segundos de silencio y reflexión

Yo: “ayyyyy, hija, que no, que no, que me he confundido, que eso es muy feo, no le digas… y menos entre hermanos, por favor…”

Tarde, Sara, tarde. Eso por intentar hacerme la sueca.

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Podría ser una metáfora muy real

No es fácil y, podríamos decir, que es un reto no alcanzado aún. Me cuesta mantenerme al margen y a ellos les cuesta no pedir mediación. Al buscar ese punto medio de no entrar en el conflicto pero tampoco pasar del mismo, me he descubierto a mí misma diciendo cosas del tipo: “seguid pelándoos pero en el cuarto, por favor, que así no alteráis a los demás” o “si os vais a pegar, por favor, a unos metros de aquí y que sean golpes silenciosos”… Muy didáctico y pedagógico lo mío.

Mi madre dice que no pasa nada, que ella se peleaba mucho con una de sus hermanas. Pero que mucho mucho. Qué poco le pega a la abuela haberse peleado.

Y me puse a pensar cuánto me he peleado yo con mis hermanos. Hay que apuntar que yo he sido un poco pringui de pequeña… ¡Lo sé! ¡No dais crédito! ¡No me pega nada! Pero sí, he sido algo pringui. Quizá es por mi posición de relleno del sándwich, entre dos chicos. Lo que tengo claro es que no es ni por buenismo, ni santidad, es porque no me gustan los conflictos. Me encanta discutir (sobre todo con el santo esposo, ¿verdad?) pero llegar a conflicto y confrontación seria… como que no.

El caso es que, reflexionando sobre el tema, me he dado cuenta de lo bien que me lo he pasado con mis hermanos siempre. Esto no significa que no nos hayamos peleado y que no nos hayamos dado quebraderos de cabeza los unos a los otros. Pero lo hemos pasado muy bien.  Jugando de pequeños y saliendo de mayores. Hay que decir que mis hermanos son bastante graciosos y ocurrentes, lo que facilita las risas, pero también los piques.

Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que mi primer diente se cayó algo prematuramente gracias a la “ayuda de mi hermano mayor”; la primera vez que me inundó el sentimiento de culpa, fue cuando le culparon a él de algo que hice yo (tirar agua por la ventana a un señor que pasaba con unas flores). Con ellos descubrí que tengo poca paciencia y que entro al trapo como el toro de Lidia. También me di cuenta de que comparto un gen con los Corleone y es ver que alguien va a por uno de los míos y salto. Es decir, que con ellos empecé a descubrir lo que soy.

Recuerdo ahora una anécdota que hoy me hace sonreír pero que en su momento me hizo ninguna gracia. Un día cualquiera me duché, deprisa y corriendo, y dejé todo empapado. Alguien fue a usar el baño después de mí y vieron que, para variar, había dejado todo empapado. Lógicamente mi madre me llamó la atención. Debí resistirme y protestar, cosas muy propias de mí. Y mis hermanos se pasaron semanas utilizando este tema para reírse. Absurdo, ¿verdad? Empezaron a llamarme “baño inundado”, a escribir notas en sitios absurdos para que me las encontrara poniendo “baño inundado”, incluso el salva pantallas del ordenador rezaba esa frase. Cada vez que me encontraba un nuevo “baño inundado” rabiaba hasta la ira. Y ellos, muertos de risa.

Gran momento también el día que mi hermano me solicitó, sin yo saberlo, un curso de “Jardinería” de CCC. Y se me plantó un comercial una tarde, contándome los beneficios del curso y todo lo que iba a aprender mientras yo hacía serios esfuerzos por no llorar de la risa y centrarme en la venganza. Todo muy absurdo, pero muy divertido. Dos palabras que definen nuestro humor a la perfección.

He sido también leona protectora de hermanos, como lo soy ahora de mis hijos. Pero, al mismo tiempo, la mayor crítica y la más exigente con ellos. Sus amigos, han sido los míos. Mis problemas y desvelos, los suyos. Mis alegrías y las suyas, compartidas por todos… Todo se ha compartido de manera bidireccional. Bueno, mi dinero era unidireccional porque de jóvenes ellos siempre andaban pelados.

Pensando todo esto, me doy cuenta de que la familia es una escuela maravillosa. Sin idealizaciones ni perfecciones, como siempre digo. Y si mis hijos se pelean, pues que aprendan a reconciliarse. No tengo que darle tanta importancia. (Sobre el papel es más fácil que en vivo y en directo, cuando ves a la Mariflori corriendo con cara de loca para zurrar al que le ha quitado el mando, o a alguno de los mayores con cara de “asesino en serie fuera de sí mismo” que va a dilapidar a otro)

La gente me pregunta si no he echado de menos tener una hermana chica. Y la verdad es que no. No se echa de menos lo que no se tiene. Y mis hermanos son lo máximo. Además, ahora tengo una cuñada y media (a punto de tener dos, en unos meses se formaliza el tema) que son una bendición. Y otras tres por parte política. Vamos ¡que me sobran! Jajajaj. Broma fea, no os lo toméis a mal, cuñadas mías.

En fin, que supersuerte la de mis hijos que tienen los mejores tíos del mundo.

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