El otro día viví un gran momentazo en casa. Lástima que no hubiese alguien para filmarlo. Estaba en búsqueda activa de “santa” que viniese a echar una mano a nuestro hogar. Y, durante la primera entrevista, después de adoptar mi pose más seria para hablar de lo importante que es la confianza en casa y que el cuidado de los niños está por encima de todo, me pasé la mano por la cabeza y… ¡oh, sorpresa! Llevaba media hora de esta guisa y no me había dado cuenta (por decoro y pudor, he cortado la foto y sólo he dejado lo importante)

corona

¡Qué bochorno! Decidí no hacer mención del tema y seguir la entrevista como si nada. Aunque comprendí por qué la chica tenía una cara tan divertida desde que había entrado por la puerta.

No es que me encante disfrazarme de Ben y Holly para estar por casa. Es que, antes de la primera entrevista, las niñas me habían invitado a “café” en su cuarto y, el dress code marcaba la corona como prenda imprescindible para entrar. En definitiva, que se me olvidó quitármelo y así me pasé media mañana. Qué lástima.

Este tema me llevó a pensar en aquellas cosas que me suceden desde que soy plurimadre y voy como una moto por la vida. Yo creo que nos pasan a todas o casi todas las madres, al menos a las que son tan despistadas como yo. Y son un reclamo identificativo. Cada vez que veo a alguien haciéndolo, pienso: “es madre y tiene niños pequeños”

El otro día, sin ir más lejos, estaba haciendo la compra en mercadona. Si hay algo de la compra que requiere concentración es la elección de los yogures por la variedad de gustos que tenemos en casa y por la cantidad de ellos que consumimos. (Macedonia gusta bastante menos a Bruno que es más de trozos de fresa, de limón para mí, naturales porque es un valor seguro, los de trozos de choco para el “día del premio”, los flanes y natillas para de vez en cuando, los de beber…)

El caso es que me di cuenta que estaba apostada frente a la nevera de lácteos, moviendo el carrito de la compra muy acompasadamente, como si fuese la silla de Juan. Me di cuenta porque noté la mirada penetrante de una chica joven, que me miraba divertida. A punto estuve de decirle que ya había conseguido dormir a los productos de la compra. Pues eso, me refiero a mover el carro del súper como si fuese el del bebé. Pura costumbre. Ni qué decir tiene de mover el carrito aún cuando no hay bebé dentro.

Es como si se me hubiera permutado un gen y las cosas me salen automáticamente. No lo puedo remediar.

Más ejemplos: rebañar los restos de los platos de la comida de los niños, que me dan ganas de hacerlo hasta cuando como fuera. O contestar “quééé” cuando oigo “mamá”, aunque esté sin los niños o no sea un hijo mío el que me llama. No lo puedo evitar, oigo “mamá” y contesto automáticamente. Son cosas tan interiorizadas que me cuesta no hacerlas de forma mecánica.

Si veo un niño sentado en un wáter, voy directa a limpiarle el trasero. Si uno va a cruzar la calle, le doy la mano. Sea mío o ajeno. Si me dejasen, limpiaría mocos y churretes de cada churumbel que me cruzo. Por no mencionar esa manía que tengo de querer poner el abrigo a cada niño que sale del colegio. El otro día mi hijo mayor me llamó la atención: “mamá, que ese niño ya tiene una madre que le diga las cosas, no puedes decirle tú que se ponga el abrigo, por favor”. Y es que veo una lomada al aire y me entran ganas de meterles la camisa por dentro y todo. Y lo mismo si están demasiado abrigados. Hace unos días me tuve que morder la lengua en el metro para no decirle a una señora que su bebé lloraba por calor. Incluso puedo llegar a reñir a alguno que diga algo improcedente con la célebre frase “niño, esa boca”. Mis hijos se mueren de vergüenza pero no lo puedo remediar.

Caso aparte el de la cantidad de cosas que me llevo de casa sin ser esa la intención. Ese momento mañanero en el que corres para no llegar tarde y, casi sin pensarlo, metes los calcetines sucios del niño en tu bolsillo del abrigo (cuando en realidad querías dejarlo en el cesto de ropa sucia o simplemente quitarlos del medio) y no te das cuenta hasta que llegas al trabajo. Yo siempre me excuso diciendo, jijiji, es “lo típico”. ¿Lo típico? Me da a mí que lo mío es la conjunción perfecta de ser plurimadre + ser tremendamente despistada.

En definitiva, que soy una madre petarda y redicha, qué le voy a hacer. Y no es que mis hijos sean perfectos, ni mucho menos. A Dios gracias, pasan bastante de mis neuras y de mis mil mandatos (límpiate, ponte el jersey, no corras, no corras, NO CORRASSSSSSS) Lo peor de todo es QUE ME ENCANTA. ¿A vosotros también se os nota?

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