Son muchas las acepciones de esta palabra, en función del contexto y del verbo con el que se acompañe. Otorgar, pedir, recibir, etc.

Me ha llamado la atención una de las acepciones que figuran en la RAE para “perdón”: 7. coloq. Gota de aceite, cera o material similar que cae ardiendo.

El perdón al que yo quería referirme hoy es al que va acompañado del verbo pedir. Pedir perdón. Dicen que, junto a otorrinolaringólogo y esternocleidomastoideo, perdón es una de las palabras más difíciles de pronunciar, y no quito razón a quien lo dijese.

perdon

Pero he de reconocer que últimamente aparece con más frecuencia en mi vocabulario habitual de lo que lo usaba anteriormente. ¿Por qué? ¿Por qué soy muy buena? Pues justamente por lo contrario.

Ya he contado 153.000 veces lo imperfecta que soy como madre. Poca paciencia, nerviosa, gritona, etc. Cuando he comentado este tema, en muchas ocasiones me he encontrado con una respuesta lógica:hay que intentar controlarse”, “hay que armarse de paciencia”, “si te pones nerviosa es peor”, “gritarles no es la solución”.

Pero resulta que en este tema, al menos para mí, el mero hecho de proponérmelo no me lleva a la realización inmediata de mi propuesta. Es decir, que yo tengo la intención de ser más paciente o de no gritar, pero eso no significa que lo consiga, ni mucho menos.

Toda esta reflexión vino a raíz de la historia de una madre estadounidense que se propuso estar 365 días sin gritar a sus hijos y ha creado una web donde lo cuenta http://theorangerhino.com/ Al parecer, esta mujer no sólo ha conseguido superar su reto, sino que además lo ha superado con creces y va camino de los 2 años sin dar berridos a sus vástagos. Olé, olé y olé.

Lo mío no pueden ser los retos, porque no supero ni uno. Ni siquiera pretendo pasar un día entero sin gritar porque para fracasar y deprimirme, prefiero no proponérmelo. Aunque no puedo negar que el hecho de no conseguirlo me hace sufrir una barbaridad, puede que tanto a mí como a mis hijos.

Ante semejante situación, ¿qué hacer? Pues muchas personas me han dado la clave. Ante mi incapacidad de ser paciente, sólo me queda pedir perdón. No un perdón vacío y protocolario, sino pedir un perdón sincero que nace del reconocimiento previo de mi imperfección más absoluta.

Me cuesta, no voy a negarlo. Pero es una bonita forma de recordarles, en este caso concreto a mis hijos, que les quiero. Y de pedirles permiso para, si me perdonan, volver a empezar. Mi experiencia es que los niños tienen una capacidad increíble para perdonar y mirar para otro lado, olvidando rápidamente mis faltas.

mirarotrolado

Cuando Josepe estuvo fuera, cada mañana era una batalla poder salir de casa con todos a tiempo. Y prácticamente cada mañana, al montarnos en el coche, tenía que pedirles perdón. Pero mis peticiones de disculpas van muchas veces acompañadas de “peros” posteriores. Perdonadme, hijos, pero es que no podemos tardar tanto en salir… o me tenéis que hacer caso a la primera… o es que desquiciáis a un santo. Así, creo que mi perdón no tiene mucho valor, porque los culpo de mi enfado.

Así que mi objetivo, que no propuesta, es pedirles perdón sin peros.

Bien distinto es el tema del perdón a adultos. El reconocer que una ha metido la pata, ha criticado, o lo que sea, se me plantea infinitamente más complicado que reconocerlo ante los niños. Pura soberbia, entiendo yo.

Creo que el ejercicio de pedir perdón es excelente para la salud. Y si uno no es capaz, como me pasa en muchas ocasiones, al menos es buena la reflexión anterior que lleva a descubrirse a uno mismo que se ha equivocado. Y este acto no creo que esté muy extendido. Al final muchos tendemos a la autojustificación y vivimos justificándonos a nosotros lo que lleva implícito que la culpa es de los demás. Menudo lío de palabras y qué rollo. No voy a seguir por esa línea porque podría ser otro post que se llamaría “Juguemos al juego de justificar” y que en su día me enseñó mi amiga Ángela.

Creo que si todos fuésemos más conscientes de nuestras limitaciones, pediríamos más veces perdón y las cosas serían más fáciles. Ahora es difícil escuchar eso de “Perdón, me he equivocado, no volverá a pasar…” Claro, que hay a quienes ni siquiera el perdón les vale y no se sabe muy bien qué camino te dejan para enmendar las faltas.

Para este tema, “los capillitas” lo tenemos más fácil, partimos de la base de San Pablo “queriendo hacer el bien, es el mal el que hago…”. Pero con la suerte de que contamos con el borrón y cuenta nueva. Es decir, poder continuar adelante, sabiéndonos poca cosa, pero queridos y aceptados.

continuar

Me despido no sin antes pedir perdón por ser tan extensa y tan pesada. PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN.

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