En febrero cumplió años mi padre y en pocos días celebramos el Día del Padre… Creo que ya sabéis por dónde va este post. Pero he preferido hacerlo de los dos, mi padre y mi madre. Porque con lo que tardo en sentarme y escribir, es casi preferible aprovechar la ocasión.

La verdad es que yo firmaría ahora mismo estar como mis padres a su edad. No porque sean muy mayores, que no lo son, sino porque están mejor que yo con 32 añitos.

No recuerdo en qué momento empezaron a cuidarse tanto… Bueno, mi padre siempre ha sido muy deportista, pero mi madre no. Y no consigo recordar en qué momento pasó de bañarse en el mar haciendo pinza con los dedos en nariz y oídos para que no le entrase el agua, a ir con todo el equipo de gafas, gorro, tapones y dejar asombrado al personal de la playa gozoniega con su depurado estilo de nado.

Nadar, caminar horas, tomarse 62 kilos de fruta al día en invierno y 103 kilos de fruta al día en verano, comidas sanas y equilibradas, madrugones, baños marítimos y piscineros, excursiones en bici… ¡No paran!

Todo eso, al final, se mama y se interioriza. Y, la verdad, es un gustazo. Porque a estas costumbres tengo que agradecer hoy el que me tome dos o tres piezas de fruta al día en ayunas, el que me encanten las verduras o el que me dé cargo de conciencia si algún día no comemos todo lo sano que deberíamos.

En casa he vivido el amor al deporte en general. Nunca nos han presionado para que practicásemos uno en concreto, pero sí para que nos aficionásemos a ello. Vela, baloncesto, judo, fútbol, esquí… Entre todos hemos tocado casi todas las disciplinas. Y veo cuánto bien me ha hecho ser deportista (antes, porque ahora no muevo un dedo), tanto en lo físico como en lo mental.

Además, debo decir con orgullo, que mi padre nos ha llevado, traído, ido a ver a los partidos… ¡hasta cuando era entrenadora iba a verme! “Debes corregirlas tanto como alabarlas”, me dijo una vez tras un partido de baloncesto de las niñas a las que entrenaba. Y ese consejo me ha valido muchísimo, porque soy demasiado exigente. Y es una frase que aplico hasta el día de hoy, pero con mis hijos.

Vuelvo al tema de mis padres, que me he ido por las ramas.

No exagero si digo que tenemos la gran suerte, mis hermanos y yo, de tener unos magníficos referentes en mis padres. Personas íntegras, trabajadoras y responsables. Yo me conformaría con ser un poquito como ellos. Tienen sus defectos, claro está. Pero mirados con la distancia que me dan los años y el tener mi hogar, son nimiedades.

Recuerdo ahora con una sonrisa el carácter fuerte de mi padre. Un carácter muy parecido al mío, supongo que por eso habremos chocado en alguna ocasión. Cuando tenía que reñir a alguno de nosotros, era mejor que no viese a los demás por allí, porque nos salpicaba la bronca seguro.

Pero luego lo ves bailando con mi madre en las bodas hasta las tantas de la mañana y el mito de señor serio que intimida, se cae por su propio peso.

En cuanto a mi madre, de carácter es bastante facilona. Eso sí, la insistencia es su seña de identidad. Creo que le viene por la parte de Álvarez el ser un poco neuras, otra cosa que he heredado y desarrollado tras los sustos de la vida. Y se me vienen a la mente esas llamadas inquietantes por el telefonillo de casa cuando pensábamos que ya se habían ido a la reunión que tuviesen, recordándonos que no nos pegásemos o que no nos riésemos mientras cenábamos para no atragantarnos.

Pero esto no es lo único que he vivido y mamado en mi casa, evidentemente.

En casa se ha mamado el respeto, el cariño, la aceptación, en definitiva, el amor. Sentirse querido porque sí, no por lo que hagamos. He recibido ese sentimiento de ser familia tan fuerte y que tanto me ha marcado, he visto en mis padres su disponibilidad a ayudar a los demás, su empatía, su generosidad…

He recibido, y he aquí lo más vital de todo, la fe. Que para los que no la tienen, no la quieren o no valoran (todo es respetable, está claro) puede parecer poca cosa, pero que a mí me ha dado y me da la trascendencia día a día, el saber por qué estoy aquí.

No me avergüenza decir que he pasado de casa de mis padres a mi “casa de casada”, es decir, que no me he independizado antes. No he tenido la necesidad, ni la apetencia. Siempre he sido muy feliz en mi casa. Sin idealizarlo, que no hace falta, porque la convivencia siempre hace que surjan roces, pero he estado en la gloria.

Admiro a mis padres y me encantaría ser como ellos en muchísimos aspectos. Pero si hay algo que me ha conquistado por completo es descubrirlos como abuelos. Esa relación tan especial y tan libre que tiene con sus nietos. Cómo disfrutan con ellos, cómo se les cambia la cara cuando los niños los reciben con abrazos y gritos de alegría… Me parece algo mágico.

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En este sentido, me he encontrado además con unos padres disponibles, que me ayudan muchísimo, siempre dispuestos a echarnos una mano, que me hacen más fácil la vida. Y ese amor por sus nietos es recíproco. “Abu, labuela”, que así los llama Sarina…

Mis padres se derriten viendo a sus nietos (tanto a los míos como a mis sobrinas) montar en bici, comer solos, usar el orinal, decir sus primeras palabras, aprender a nadar… y yo me derrito de ver a mis padres derretirse.

Padres, ¡os quiero!

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