Con la resaca aún de las fiestas navideñas y con los primeros sabores de este año 2014, me quito la pereza a jirones para contaros algunas cositas.

Hemos pasado una Navidad estupenda, la verdad. No hemos parado, pero no me quejo porque creo que es mi espíritu inquieto el que marca este ritmo a veces frenético de la vida familiar. Teatro, circo, paseos, bautizo de mi sobrina, visita a los belenes del centro, entregar la carta a los Reyes, cantar villancicos en el hospital…Y, por descontado, celebrar juntos cada día señalado, como Dios manda.

Ahora, a posteriori, me doy cuenta de que tampoco me habría venido mal un poco de tranquilidad y silencio para profundizar en la grandeza de las fechas… Propósito para este año que comienza.

El regusto que me queda, a pesar de no haber tenido esa profundidad deseada, es muy bueno porque hemos estado juntos, en familia. A veces con los abuelos, otras con los tíos, otras con amigos, otras todos juntos… Estar y estar en familia.

Llamadme simple, pero creo que es el mejor plan. Da igual qué vayamos a hacer, pero en familia. El hecho de convivir y hacerlo en fechas especiales (sin colegio, con celebraciones, etc) me enseña mucho:

– Me enseña mis carencias, como siempre, y las cosas en las que tengo que poner mi voluntad, mi trabajo y pedir la gracia para intentar remediar. No voy a enumerar una vez más mis defectos, que os canso y me canso.

– Me ayuda a redescubrir a los demás. Supongo que cuando hay más tiempo, menos obligaciones y algo menos de estrés, se disfruta más de la compañía y se presta más atención al que tienes al lado. Y me gusta. Pero aun siendo así, creo que tengo que pararme más y prestar más atención a mis hijos.

– Me enseña a sorprenderme de ese “algo especial” que se genera cuando gente que se quiere, celebra algo juntos. No sé, llamadlo sinergia, la fuerza de la familia, el amor… o llamadme pastelona. Es algo difícil de describir pero fácil de sentir cuando se experimenta. Sentirse querido, querer a los demás, estar cómodo, no querer que pase el tiempo…

Además, sin apenas tiempo de haber vuelto a la rutina, ha llegado el cumpleaños de Bruno. ¡6 años! Es una maravilla ver cómo crecen nuestros hijos.

Lo veo tan mayor, que me asusto de lo rápido que pasa el tiempo. Y parece que fue ayer cuando suspirábamos porque se le fuesen los cólicos y dejase de llorar en algún momento.

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La verdad es que Bruno es un niño fantástico (qué voy a decir yo, que soy su madre). Es algo especial porque en ocasiones es demasiado maduro para su edad. Aunque no deja de ser un niño, con sus rabietas y sus enfados como todos los niños, me sorprende ver lo reflexivo y serio que es en ocasiones. Me gusta su fascinación por descubrir el mundo y todo lo que le rodea.

Aunque ya está más tranquilo que hace unos años, su actividad sigue extenuando a cualquiera que esté cerca. A mí me agota, pero me encanta. Se mantiene en high level hasta que cae derrotado en la cama. Y tiene la necesidad de compartir con los demás cualquier cosa que haga, ¡y hace muchas!

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Aprendió a montar en bici sin ruedines bastante antes de lo que yo considero normal, y a nadar sin manguitos… Ahora está en la fase de motivación extrema con el fútbol, ¡me chifla! Porque cuando algo le gusta, se esfuerza por conseguirlo y por dominarlo.

En casa pasa sus momentos intensos, como es él. Tanto para bien, como para mal. Y es que yo creo que le cuesta controlarse y hasta que no llega el momento de reflexionar, no sabe si se ha pasado o se ha quedado corto. Es fascinante ver su relación con Manuel. No puede vivir sin él, pero no deja de intentar manipularlo para que haga su voluntad. Eso sí, como a su hermano le hagan algo en el cole, enseguida sale en su defensa, al más puro estilo “matón de película” y le encanta ese papel.

Sus piernas, sus brazos, incluso su espalda, están llenos de moratones que demuestran la intensidad con la que vive la vida y con la que nos hace vivirla a los demás. Sólo tiene un par de enemigos para su alegría extrema:

       – Su pronto (pobrecito, qué carga genética le he regalado), que le juega malas pasadas.

      – Y la televisión, que lo anula física y psicológicamente porque lo absorbe hasta el punto de no tener voluntad, oído, apetito o sueño. Por eso intentamos dosificársela mucho.

Quitando estas cosillas, Bruno es un entusiasta nato. Se valora mucho a sí mismo, cosa que no sé si es buena o mala, pero ahí está. Y disfruta de lo lindo con casi todo, en especial con todo aquello que le permita dar rienda suelta a su imaginación y a sus necesidades de estar en movimiento. Con todo lo mayor y autónomo que es, sufre cuando nos ve salir por la puerta de casa sin él.

¿Qué deseo para Bruno en la vida? Pues que sea feliz, que sea un buen hombre, que encuentre el tesoro de la plenitud. Supongo que ahora es el momento de sembrar, sembrar, sembrar… Porque ese amor, ese cariño y admiración que ahora nos tiene, llegará un día en el que no sea tan decisivo en su vida y, para ese momento, espero que tenga tatuado en lo más profundo de su ser, que lo queremos. Que nos habremos equivocado (siendo el primero ha pagado el pato de nuestra ignorancia y mala praxis en muchas ocasiones), que nos habremos excedido, que no somos perfectos pero que somos sus padres y, justo por eso, hemos hecho y dicho lo que pensábamos que era mejor para él, incluso hacerlo fan del Real Madrid.

Será amor de madre pero es que además es tan guapo… ¡y lo que se ha estilizado mi niño!

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