Se me pasó escribir sobre ella en la fecha de su cumpleaños y no quiero esperar hasta entonces para escribirle su primer post. Así que ahí va.

Vino al mundo en una fecha significativa para los españoles y, desde entonces, nos ha dado su particular golpe de estado, pero exitoso, no fallido.

Como buena neuras que soy, fui al hospital algo precipitadamente pensando que ya estaba de parto (y seguro que algo sugestionada porque mi amiga Sofía ya estaba teniendo a su hijo Martín y es que todo el embarazo juntas ¡une mucho!). Y bueno, algo dilatada, con alguna contracción y teniendo en cuenta que era el tercero, me dejaron ingresada. Y se me hizo laaaaargooo.

La cosa fue lenta pero muy bonita. Recuerdo con especial cariño lo mal que me sentó la epidural. Nunca me había pasado. El caso es que me bajó muchísimo la tensión y me dio por decir tonterías y por quedarme dormida. Lo recuerdo con cariño porque Josepe estaba preocupadísimo y me encantó, jajajajaj. Pensé, – pues sí que me quiere este chico -.

Finalmente todo salió bien y Sarina vino al mundo con 2.900 kg. Ya apuntaba maneras de bellezón que con el tiempo no han hecho más que confirmarse, a pesar de que durante un tiempo estuvimos empeñados en verle mucho entrecejo, cosas de padres.

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Una mastitis muy complicada al mes y medio de nacer nos impidió continuar con la lactancia materna. Pero lo superó con nota. Cuando tenía cuatro meses el accidente casero de Manuel hizo que la pobre pasase a un segundo plano de atenciones. Y también lo llevó muy bien.

Por circunstancias de la vida, su bautizo fue exprés, un lunes por la tarde, con pocos invitados y casi todos vestidos de sport. Pero fue el bautizo más bonito del mundo (y, como todos mis hijos, con padrinos de lujo).

Con esto quiero decir que sus inicios quizá no fueron muy idílicos pero bueno, tampoco pasa nada.

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¿Cómo es Sarina? Pues en palabras pronunciadas por su abuelo este verano, Sarina es una bendición. Es imposible aburrirse con ella. Presumida, femenina, coqueta, y cursi. El mundo es maravilloso en función de lo rosa que pueda llegar a ser todo lo que le rodea.

Le pierden los pintalabios, pintauñas, tacones y, sobre todo, le pierde que le digas lo guapísima que está. ¿A quién ha salido?

Cuando nació, pensaban que era como Bruno o como una de mis cuñadas. Ahora, sin embargo, dicen que es un calco mío, puede ser pero ¡ES TAN RICA!

Habla fenomenal y tiene unos golpes que hacen que nos muramos de la risa. Pasó una época difícil, después de un gran susto piscinero, en la que no paraba de tartamudear, una cosa exagerada. Ahora, a Dios gracias, se le ha pasado pero siempre introduce sus frases con un “eeeeeeee” muy largo, como si llevase rato pensando lo que te quiere decir.

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No sería sincera si no contase que tiene un señor carácter mi niña. Cuando se obceca con algo su insistencia se convierte en la peor de las torturas para una madre nerviosa como yo. Sobre todo si el objeto de su deseo es, por ejemplo, un biberón de cola-cao a las 4 de la mañana.

Se nos cuela en la cama noche sí, noche también. Y aunque sabemos que no se debe, que tiene que dormir en su cama y que puede coger costumbre, es difícil decirle que no, por su carácter, por lo cansados que estamos y porque es una cameladora nata. Se te pega mucho, entrelaza su mano con la tuya y se siente feliz.

 Eso sí, en seguida, como respires cerca de ella, te dice:

– Mamá, no me sotes (traducción: mamá, no me soples) – y me tapa la nariz.

Riñe a sus hermanos, cuida de “Clari”, como dice ella (hay que ser hortera), en la guarde y nos imita a su padre y a mí hasta en la forma de dirigirse a los demás. Es tronchante, la verdad.

Su vitalidad, su alegría y su ternura inundan la casa. Tendremos que atarla en corto el día de mañana porque suelta besos a todo el personal con demasiada facilidad.

El otro día, ya tumbada en la cama y conmigo al lado intentando que se durmiese, se puso a hacer el ganso tapándose la cara con la mano.

– Papá, no toy (dice con su lengua de trapo)… que sí toy, que estaba aquí, en la mano.

Y lloramos de risa, de verdad, porque cree realmente que nos la ha colado.

Odio que me toquen el pelo pero cuando me dice –mamá, tíentate que te hazo una coleta”- me derrito.

Sinceramente, es una suerte tener hijos tan maravillosos. Me doy la enhorabuena por ello, aunque no sea mérito mío.

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