El 23 de mayo es una fecha señalada en nuestra casa: cumpleaños de Manuel. El segundo de nuestros hijos. Otro gran regalo de Dios.

Llevamos ya varios días haciendo la cuenta regresiva: ¿quién cumple años dentro de 5 días? ¿Quién cumple años dentro de 3 días? ¿Quién cumple años mañana?

Pues bien, al margen de la casita de Tarzán, la tarta, la celebración familiar, las chuches para sus amigos del cole y todo nuestro amor, quiero hacerle el regalo de este post que hoy no creo que pueda entender pero que el día de mañana confío en que sí pueda valorar.

El 23 de mayo de 2009, a eso de las 00:50 h. nacía Manuel. No digo que “venía al mundo” porque desde hacía 37 semanas ya estaba en él, al menos en nuestro mundo.

¿Quién podría pensar que un bebé de poco más de 2.500 se podría poner como una pompa de gordito en tan poco tiempo?

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Nació sin apenas esfuerzo, dos empujones y estaba fuera. Sin reclamar mucha atención. Y así se pasó dos años, sin apenas llorar. Durmiendo bien, comiendo mejor aún y regalándonos cada día esa mirada profunda, con sus ojos enormes y preciosos.

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Un tío muy salado. Bebote, bebote. Con pocas prisas para caminar, con un gateo original (daba saltitos con el culo y sin usar las manos, todo un espectáculo) y siempre dispuesto a comer, especialmente pan, patatas y croquetas.

Parece que los dos años lo metamorfosearon. Y empezó a despertar, a sacar su carácter fuerte pero también camelador. A hablar por los codos con una corrección y unas construcciones propias de un asiento de la academia. Y todo lo tranquilo que era se quedó en una anécdota de su primerísima infancia.

El 24 de junio de 2011, como ya todos sabéis, Manuel “volvió a nacer”. Eran las 20.00 h. aproximadamente cuando me dejé sin cerrar la puerta de la cocina y fui a ponerle el chupete a Sarina, que estaba llorando. Manuel se coló. Quiso ver las croquetas. Y se tiró toda la freidora con aceite hirviendo encima.

Volvió a nacer porque, a pesar de la larga estancia en La Paz, de los injertos y las curas, de las revisiones y el enorme susto, Manuel está perfecto. Incomprensiblemente no le cayó nada en la cabeza, ni en los ojos, ni en los genitales. Sí le cayó en otras partes del cuerpo, pero todo se recuperó bastante bien. Eso sí, le queda una cicatriz de un palmo en el antebrazo izquierdo que siempre le recordará que Dios le quiere muchísimo.

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Siendo tan pequeño, no sé qué recuerdo tendrá de esos momentos y de los días posteriores, ni cómo habrá forjado esto una parte de su carácter. Sí sé lo que me ha supuesto a mí. Es difícil de explicar. Pero en un momento tan crucial, redescubrí las cosas importantes de la vida, lo que realmente debe ser prioritario.

Mi marido, la persona más importante de mi vida; mis hijos, cada uno un regalo de Dios; mi familia más extensa, siempre dando apoyo, siempre cerca, siempre disponible; los amigos, la Iglesia (saber que hay mogollón de personas, muchas de ellas que ni siquiera conocen a Manuel, que están rezando por él, es increíble).

Hoy, a sus cuatro años, Manuel es un niño fantástico. Con sus cosas, como todos. Pero muy cariñoso, muy risueño y muy muy listo. Con grandes dotes para la música, miedosillo aunque se haga el valiente, zurdo de pie, amante de la lectura en sus visitas a “Roca”, jorobón con los suyos pero defensor a ultranza de los mismos cuando la ocasión lo requiere. Va de independiente pero es un enamorado de “estar todos juntitos”, como él dice. Su carácter fuerte nos regala momentos complicados, hay que reconocerlo. Y también la necesidad de hacerse notar. Vive todo con intensidad, tanto lo bueno como lo malo.

Cuando vemos que necesita reforzar su autoestima le cantamos. ¿Conocéis el Paso doble de Marcial? Nosotros tenemos nuestra versión:

Manuel, tú eres el más grande, Manuel, tú eres el mejor… Hasta Sarina se lo sabe.

Hay días en los que se empeña en hacerse notar mucho y yo, que soy de poca paciencia, me desespero. Esos días me suele ocurrir algo curioso: cuando ya están todos acostados y estoy cocinando, me salta un poco de aceite, una pequeña chispita en la mano… Y entonces pienso en él, la congoja se me sube a la garganta y ya lo entiendo todo y comprendo a Manuel mejor que nunca.

Voy corriendo a su cuarto, me acuesto a su lado y me lo como a besos, aunque esté dormido.

Manuel, hijo, te queremos muchísimo. ¡Felicidades!

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