Un tremendo mal. Nunca en la vida me había sentido perezosa y últimamente me descubro siéndolo.

Qué lástima. Intento analizar bien cuándo “me entra la pereza” para saber si es un cansancio justificado o si es desidia pura y dura.

El caso es que, después de llevar tiempo pensándolo, descubro que la pereza engendra pereza.

Quizá es una de las razones por las que he tardado tanto en escribir este post. Por pereza. ¿Puede haber algo más triste? Lo digo, lo escribo, con intención de reprochármelo, no de criticar a otros.

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Si pienso en la cantidad de veces que he dejado de hacer algo por pereza, me espeluzna. Se trata de entrar en una especie de espiral de pereza en lo cotidiano que no me paraliza para hacer lo obligatorio, pero sí me anima a dejar de lado lo que no urge.

No sé si ha quedado muy claro, pero bueno.

 

El caso es que me he dado cuenta de que tras la pereza, al menos en mi caso, lo que se esconde es una barrera psicológica muy grande, pero física muy pequeña. Me explico con un ejemplo.

Todas las noches sé que hay que sacar la ropa de los niños del día siguiente. En realidad es una tarea bien fácil y rápida, porque llevan uniforme. Pero ¡me da una pereza…! El caso es que estos días que Josepe ha estado fuera, no he tenido más remedio que sacar yo la ropa. Normalmente es una competencia que él asume, y yo lo agradezco mucho.

 

Como no había más opción que hacerlo, lo he hecho. Y me he dado cuenta de lo absurdo de mi pereza. Es más, al hacerlo, hasta me he sentido un poco mejor, no sé por qué.

Pues como con la ropa, me sucede con muchas cosas. Esa barrera psicológica se me plantea como algo enorme e insalvable y sólo me permite ver la apatía que siento, y no me deja apreciar los beneficios que se ocultan detrás de ella.

 

Poner gasolina, recoger la cena, guardar la ropa planchada, empezar a escribir sobre algo cuando no tengo ni una línea puesta, fregar un biberón… Son pequeños momentos que me dan una gran pereza. Y pienso, bueno, poco importa, son tontunas. Pero, si no los hago, ya he dejado que la pereza me cuele el tanto. Al final de día me gana por goleada.

Hay otras cosas, mucho más importantes que las anteriores, que también me generan pereza. Hacer deporte, llamar a determinadas personas, visitar a los que creo que lo necesitan, hacer la comida del día siguiente…

Mi cabeza es tan cabrita que pienso: no pasa nada porque hoy no friegues esto… Y al día siguiente pienso lo mismo. Al tercer día he decidido que fregar los biberones ya no es mi competencia. La pereza ya me ha ganado la partida. Y me convencerá para ser más indolente en otros temas más o menos importantes que el de los biberones. Y al final, llegaré al autoconvencimiento de que ya bastante hago, que no hace falta hacer nada más.

¿Cómo se combate la pereza? No lo sé. La he identificado hace tan poco que aún soy nueva en la batalla. Creo que con la voluntad. Una voluntad firme, cosa que no tengo, así que tendré que aprender también a trabajar la voluntad.

Y menos mirarme el ombligo y creerme la mujer que más cosas tengo que hacer en el mundo. Más aprovechar el tiempo y menos autobombo. Más rutina y menos pensar las cosas. Digo yo que puede ser buena receta. Otra cosa es que la aplique… y que no lo deje de lado por pereza.

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