Hoy es el Día Internacional de la Mujer. No soy muy fan de este tipo de fiestas pero, ya que las hay, felicitémonos.

Felicidades a todas las madres, las solteras, las casadas, las viudas, las trabajadoras fuera de casa, las amas de casa, las jubiladas, las niñas, las jóvenes, en definitiva, a todas las mujeres.

Hoy todas nos felicitamos, nos felicitan en la radio, se hacen actos de conmemoración y salen reportajes especiales en los medios. Pero, ¿nos acordamos de todas las mujeres? Me he levantado hoy pensando en aquellas que no han seguido un tipo de vida tan convencional y se han salido de los márgenes que hemos establecido como “socialmente normales”.

Me estoy refiriendo a las monjas, las misioneras, las religiosas y las consagradas (veis, mi punto capillitas nunca defrauda).

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Yo quiero acordarme hoy de todas ellas. De las que conozco y de las que no. A las que tengo cercanas y he podido seguir un poco su trayectoria, y a las que no conozco de nada.

Ellas han encontrado una vocación que, al menos para mí, es admirable. Creedme si os digo que conozco a unas cuantas. Incluso tengo la gran suerte de compartir apellido con tres (si es que mi familia es un tesoro, ya os lo había dicho).

La primavera pasada decidimos hacer una excursión en bloque. Un nutrido grupo de amigos quedamos el domingo para comer en Aranda de Duero y por la tarde visitar el Instituto Iesu Communio de La Aguilera. El motivo de nuestra visita era un nombre propio multiplicado por dos. A ellas habíamos llamado expresamente para pedir por esas dos causas. Ahora teníamos la gran suerte de presentarnos allí, acompañados por los motivos de sus oraciones y las nuestras. Queríamos darles las gracias y, de paso, conocerlas.

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¿Qué decir? ¿Cómo resumir la experiencia? Imposible plasmar tanta emoción con palabras. Los que habéis ido alguna vez, lo entenderéis.

Algunos ya habíamos tenido el privilegio de estar allí con anterioridad pero para la mayoría del grupo era “la primera vez”. Cuando atraviesas el portón de entrada de La Aguilera y te diriges al locutorio empiezas a intuir que algo especial te espera. La sospecha queda confirmada cuando entras y descubres un numeroso grupo de hermanas (vamos, podríamos decir monjas, no vaya a haber confusión y creamos que hablo de mujeres de la misma familia, nacidas de la misma madre) que te reciben con una sonrisa de plenitud y cantando:

http://www.youtube.com/watch?v=YZ857RCFJEc

(Merece la pena escuchar la canción entera pero, si los hay impacientes, que adelanten hasta el minuto 1 y que aguanten un poquito, al menos hasta el 2’).

A partir de ahí cada uno lo vivimos de una manera pero la tónica general fue una alegría inmensa.

Hermanas de todas las edades pero casi todas muy jóvenes. Todas ellas con sus hábitos vaqueros, cantándonos, abriéndonos su casa y regalándonos el testimonio de su vida, de su vocación.

“Y lo que tengo te doy, nuestro gran tesoro y es que no hace falta más que Jesucristo. Ven y verás” Así resumen ellas su nueva vida, con una sencillez pero una contundencia aplastante. Podrían decirnos mil cosas pero simplemente nos dicen eso. ¿Quieres saber por qué estoy aquí? ¿No crees que pueda ser feliz aquí? Ven y verás. ¿El qué? Nuestro gran tesoro y es que no hace falta más que…

Ven y verás. Verás a más de un centenar de mujeres felices, sin protestas, sin reivindicaciones. Mujeres, todas guapas, vestidas de la forma más sencilla pero engalanadas con la belleza de quien ha descubierto el quid de la cuestión, la fórmula exacta, el eureka.

No hace falta ser practicante, ni tener una especial sensibilidad, ni siquiera ser cristiano para quedar impresionado, no hace falta.

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No sé qué os podrán contar Elsa, Edu, Manuel, Paloma, Luis, Mónica, Pichi o Josepe de ese día. Pero para mí fue un regalo del cielo. Sólo imaginarme a todas esas mujeres, sencillas y profundas, rezando por mi hijo Manuel (cuando llamaron para pedir sus oraciones por él) o por las otras causas encomendadas, me hizo descubrir, una vez más, la grandeza de la Iglesia.

Con el día a día, los agobios, la falta de sueño, la precariedad económica y laboral, los afanes, etc, yo me olvido de mirar las cosas con esa perspectiva de altas miras. Pero hoy me he vuelto a acordar y mis preocupaciones se aligeran y se quedan en preo.

Pero está claro que tengo que volver pronto. Tengo que ir y ver otra vez.

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