La familia no es algo que uno elija, te viene de serie. Y en el reparto de familias, Dios fue especialmente generoso conmigo, hay que reconocerlo. Porque tengo una pedazo de familia que es la pera (¡cómo me gusta esta expresión!).

Me refiero a toda mi familia en general, marido, hijos, padres, hermanos, cuñados, tíos, primos, abuelos. Somos ciento y la madre, es cierto, pero todos somos importantes, todos tenemos nuestro papel y nuestro lugar. Todos únicos y todos familia.

Tengo“sentido familiar” desde que tengo uso de razón. Me recuerdo desde bien pequeña en compañía de los míos. Recuerdo estar comiendo pescado rebozado en Velázquez (casa de los abuelos maternos) y buscar desesperadamente dónde estaban guardadas las trinas de naranja. Recuerdo que no podíamos pisar el despacho de mi abuelo porque el Patrón se puede enfadar muchísimo (así es como llamábamos cariñosamente a mi abuelo materno). Recuerdo a la abuela Caroli venir a casa con los muñequitos de goma pequeños que nos regalaba y con los que ahora juegan mis hijos. Recuerdo los maravillosos veranos en “El Balneario”, donde siempre había gente por todos lados (los de ahora, aunque no sean en el Balneario, también son muy populosos, jeje).

Recuerdo todos los sábados de mi vida comiendo en Puerta de Hierro (y también muchos domingos). Recuerdo jugar con mis primos en la piscina, al fútbol o cazando lagartijas por ese jardín que entonces me parecía inmenso, y que lo sigue siendo. Y bajar rodando a modo croqueta por la colina, y aprender a montar en bici por el soportal, y…

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Y otros tantísimos recuerdos que están más vivos porque son de antes de ayer. Y son de antes de ayer porque seguimos yendo a Puerta de Hierro todos los sábados que podemos. Y a bañarnos en casa de la tía Pili en cuanto nos invita. Y disfrutando de las multitudinarias comidas de Navidad y Reyes con los Blanco. Y fue este último año, el 25 de diciembre, cuando mi tío Pedro Juan definió estas reuniones navideñas como “Patrimonio de la Humanidad”. Yo no lo habría podido definir mejor.

Soy Blanco y soy Masavéu. Y esto me ha constituido como persona, y mucho. He mamado un amor incondicional por la familia y un sentimiento de orgullo y de pertenencia. Es la certeza de saber que al grito de “os necesito” un batallón de familiares paternos y maternos cierra filas a nuestro alrededor. Que, en el día de tu cumpleaños, en el de los niños, en el santo o en el aniversario, recibirás llamadas y mensajes de felicitación. Porque somos así, de gran memoria y mayor corazón. Es descubrirse querido y querer. Estas cosas no tienen precio.

Podría poner muchos ejemplos concretos de este palpable sentimiento de “ser familia”. Pero creo que no hacen falta. En gran medida porque vosotros, los que me leéis, sois estos de los que estoy hablando.

Pero, aunque no quiero ser pesada, son irreprimibles tantos recuerdos y momentos que se agolpan en mi cabeza: tantas bodas, bautizos, fiestas sorpresa… Y tantos momentos difíciles como todas las veces en las que JC estuvo tan malito, cuando mamá estuvo en el hospital, cuando Manuel se quemó…

En lo bueno y en lo malo. Como en los matrimonios.

Pasé de comer en la mesa de los pequeños a la de los mayores. Y ahora recojo el legado que he recibido como un tesoro. Ninguno me dijo que esto había que cuidarlo y que mimarlo y que conservarlo. Pero sólo con su ejemplo entendí que era así. Y ya no concibo vivir mi día a día si no es muy rodeada de mi familia.

Quiero que mis hijos lo disfruten, igual que yo. Por eso me encanta ver cómo van tan contentos a jugar con los primos y a ver a la abuela Mª Elena y al bisa. Y cómo disfrutan los sábados en Puerta de Hierro y se intentan colar en la mesa de los mayores y no nos dejan comer tranquilos. Y cómo dormir en casa de abu y la abuela ES UN PLANAZO para ellos. Porque las cosas importantes no se explican, sino que se transmiten y se viven.

Me encanta mi familia. Fijaos lo que os digo: Me siento más orgullosa de ser Blanco Masavéu, que de ser asturiana. Hala, ahí lo dejo.

 

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