(Este post va dedicado especialmente a mi hijo Bruno y a mi madre. Es un poco largo, pero quería que quedase casi todo reflejado.)

Hace ya 5 años, es increíble ¡cómo pasa el tiempo!

También era jueves. Desde primera hora de la mañana estábamos en la maternidad de O’donnell. La enfermera encargada de “leer” los resultados de los monitores estimó que no había apenas nada reseñable:

Alguna contracción suelta, no muy fuerte y las pocas que has tenido no son periódicas. No hay dinámica de parto. Pásale este informe al médico ahora cuando te llamen a consulta.

Como nos quedaba un rato hasta pasar por el ginecólogo, decidimos desayunar en la misma maternidad. Nos resultaba curioso ver cómo después de tanto reposo por amenaza de parto prematuro y cómo después de un último mes tan movido, parecía que a Bruno se le habían pasado las ganas de adelantarse. En cualquier caso, aún le faltaban dos semanas para salir de cuentas.

No sé si a día de hoy habrá mejorado, pero hace 5 años el café de la cafetería de la Maternidad de O’donnell estaba malísimo. Todas nuestras miras estaban puestas en terminar cuanto antes la consulta del ginecólogo. Ese día teníamos una cita importante en otro Hospital, la Clínica Quirón. El día se planteaba ajetreado pero muy feliz.

Sin embargo, la ginecóloga de la Consulta de Embarazos de Alto Riesgo (las prisas de Bruno por venir al mundo en la semana 26 nos habían colocado la etiqueta de AR por APP, es decir, Embarazo de Alto Riesgo por Amenaza de Parto Prematuro, ¡vivan las siglas!) no estaba muy de acuerdo con la lectura de la enfermera.

¡Uy! ¡Uy! Pero, ¡si estás de 3 centímetros!

Poco nos decía este mensaje a dos padres primerizos.

Vamos, que esto ya está aquí. Estás de parto.

A partir de ese momento comenzó a darnos mil indicaciones: rellenad este papel, id al mostrador, allí os llamarán para bajar a paritorios. Tenéis suerte, hay un paritorio libre.

Venga, venga – le instaba al pobre Josepe que en ese momento se había quedado petrificado.

Perdón – dijo Josepe- me está pasando como en las películas, me he quedado bloqueado.

Me puse muy contenta pero en mi cabeza rondaba la idea de qué hacer con la otra cita… Al llamar a mi padre para informarlo, los nervios lo traicionaron.

Yo: Papá, estoy de parto. No puedo ir a recoger las cosas de mamá y a hacer su maleta. No se lo digas para que no se ponga nerviosa. A ver si le va a subir la tensión y la liamos.

Papá: ¿cómo no me voy a poner nervioso? Pues a ver qué hacemos, que estás de parto.

Eso ya lo sabía yo.

Lo que parecía ser rápido no lo fue tanto. A las 10 de la mañana entraba en el paritorio con casi cuatro centímetros de dilatación, pero Bruno no quiso aparecer hasta las 22.10 h. Fue largo y duro, pero tan bonito que, a pesar de “las molestias”, por llamarlo dulcemente, mi recuerdo es inmejorable. Tuvimos la suerte de estar acompañados de nuestra amiga Marta, enfermera, y en 12 horas nos dio tiempo a reír, llorar, dormir y hasta a gritar un poco, como en las pelis. Pero no fue mucho.

El final fue muy feliz, aunque los esfuerzos me dieron fiebre y me empeñé en que Bruno tenía la cabeza pepino, como los caraconos, porque los niños que nacen con forceps suelen tenerla así. Pero nada más lejos de la realidad.

Brunobebe

50 cm y 3.260 gr de niño preciosísimo.

Al subir del paritorio toda una comitiva nos esperaba: mis hermanos, mi padre, mi suegra, mis cuñados, los padrinos del niño y más amigos… ¡Quién diría que era casi media noche!

Mi madre no pudo estar. Pocas horas antes recibía el alta en la Clínica Quirón de Pozuelo, después de casi un mes ingresada. Operada de una aneurisma, con la cabeza cosida de una punta a otra, nos esperaba en casa.

Realmente el 10 de enero deberíamos celebrar dos fiestas: el cumpleaños de Bruno y el renacer de mi madre. Tan agradecida estoy a Dios de una cosa como de la otra.

Esta tarde soplaremos las velas. Lo veo, con sus cinco añazos y me siento tan orgullosa…

Brunocumple

 

 

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