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¿Cuál es? Piensa, piensa, piensa…
¿Dinero? No.
¿Bienes? No.
¡¡El tiempo!! ¡Nuestro tiempo!
Yo creo que es el mejor activo del que disponemos, ¿no?
Reconozco que soy un poco esclava del tiempo y que lo idolatro. Necesito sentir que he aprovechado al máximo cada día.
Pero, desde que soy esposa y madre, me he dado cuenta de la importancia de invertir en mi familia.
¿Y qué se hace mientras se invierte el tiempo en la familia?
Pues simplemente estar ahí. Estar, compartir, convivir. No es necesario hacer planes constantes, sólo estar juntos. Creo que es un regalo para los niños pero también para mi marido y para mí. Es descubrirnos en nuestra rutina, es conocernos a través de la convivencia.
Creo que estoy en el punto de apreciar como un tesoro la hermosa rutina de una casa, de la mía en concreto, claro está. Todos sabemos que ahora tocan los baños, luego las cenas, luego cepillarse los dientes, etc. Pero cada rato es diferente al del día anterior.
Son momentos propicios para hablar, para corregirnos, para querer y sentirnos queridos.
Aunque ellos no me lo dicen, creo que los niños lo valoran.
Al llegar del trabajo muchos días me preguntan: Mamá, ¿ya no te vas? ¿Ya nos quedamos juntos en casa?
Reconozco que soy una aprendiz en esto de invertir mi tiempo en mi familia. Siempre ando buscando mis momentos para mí, para hacer un recado, para leer, para que nadie me moleste, etc. No digo que esto sea malo, pero he descubierto que cuantos más momentos “míos” tengo, más quiero y a menos me saben…
A día de hoy reconozco que voy corriendo a todos lados, siempre con prisa, siempre con mil intenciones de hacer… Entre la tortuga y la liebre, soy más la liebre… Tengo tanto que aprender de las tortugas… Seguro que aprecian más los pequeños detalles de la vida.
Por suerte mi marido no es liebre y es más tortuga, así encontramos el trote intermedio, justo y preciso, a veces.

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