Aunque ya haya terminado el tiempo de Navidad, no podía guardarme esto. Hoy no escribo yo, sino los Reyes Magos. Ésta es la carta que sus Majestades nos han dejado en casa y hemos leído antes de abrir los regalos… Nada que añadir.

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“Querida familia:

¡Qué alegría nos da siempre venir a vuestra casa! Un año más, hemos venido felices para traeros algunas cosas, que muestran el amor que Dios os tiene. Porque esa es nuestra función, demostrar al mundo que Dios es amor.

Os hemos dejado algunos regalitos para cada uno y otros para compartir. Va alguna sorpresa, que hemos querido tapar bien para que os sorprenda aún más. Sed generosos y compartid todo, que eso nos gusta a nosotros y le encanta a Dios.

Si veis que hay algo de lo que habéis pedido que no está aquí, recordad que hemos dejado cosas para vosotros en las casas de vuestros familiares, así que no desesperéis, ¿vale Clarita?

Bruno, hemos estado hablando sus majestades y lo que pedías de Star Wars para levantar cosas sin tocarlas no lo hemos traído. Perdónanos pero no es tan chulo como parece y funciona bastante mal. Hemos elegido otras cosas que esperamos sinceramente que te gusten.

Manuel, déjate sorprender por todos los regalos hoy. Aunque pueda haber alguna cosa que no has pedido, te aseguramos que te van a gustar todos.

Sarina, hemos traído un regalo especial que nos lo han pedido desde París para ti. ¿Sabes quién lo ha pedido? Pues sí, tu madrina, Louise.

Juan, disfruta mucho de tus regalos. Hemos intentado buscar cosas que te gusten y que, además, te ayuden a desarrollar esas manitas, que van a dejar sorprendido a todo el mundo. Eres un elegido especial de Dios, Juan.

Todos sois hijos muy especiales para Dios y, en cada uno de vosotros, se ve que Jesús es amor.

Bruno, en tu energía y tu actividad galopante se ve que Jesús es vitalidad y que “no para de hacer cosas” por cada uno de nosotros. Manuel, en tu sensibilidad y tu capacidad de asombrarte, se ve que Jesús es cercano a todo aquello que nos pasa y que desea siempre asombrarnos por cuánto nos quiere. Sarina, en ti se ve que Jesús se preocupa por los demás y quiere para ellos su bien y siempre está dispuesto a ayudarnos. Clara, en ti se ve que Jesús es un Dios que quiere de nosotros todo nuestro amor y nuestra atención. Juan, en ti se ve que Dios tiene unos planes diferentes a los que nosotros queremos, pero que siempre son los mejores planes; y, además, eres la muestra de que nada hay imposible para Dios.

Papá y mamá, en vosotros se puede ver el amor que Dios nos tiene y que, este amor, es el mejor regalo que se puede tener.

Todo esto se ve si vosotros dejáis que sea Jesús el que viva en medio de vuestra familia, si os pedís perdón y perdonáis, y si sois generosos y agradecidos.

Rezad cada noche y pedid por los que lo necesitan, que nosotros os vemos y escuchamos en todo momento y Jesús también.

Familia, un fuerte abrazo para todos y disfrutad mucho de cada instante porque este hogar que tenéis es un regalo maravilloso que Dios os hace cada día. Aprovechadlo.

Os quieren:

Melchor, Gaspar y Baltasar

¡Ah! Gracias por los dulces y la bebida, así da gusto pasar por esta casa.”

Y con este regalo maravilloso de sus Majestades, despedimos el tiempo Navideño. Sin nostalgia ni amargura, que todo el año es Navidad.

 

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Vieron salir su estrella y fueron a adorarlo

 

He rehecho este post tres o cuatro veces. Nada me convence. Quizá es mi necesidad de agradar a todo el mundo y de que nadie se sienta ofendido. O la inseguridad que tantas veces se apodera de mí. A ver si ésta es la vez definitiva.

Me sorprendo últimamente con un cierto sentimiento de envidia. Envidia a todas esas fotos que la gente comparte por redes sociales, o te manda por Whatts App o las ideas que me monto en la cabeza en función de lo que los demás me cuentan… Porque, me da la sensación, de que todas emanan perfección. Vidas perfectas. Casas ordenadas y con un gusto maravilloso. Con muebles “que te pasas de chulos” y cortinas a conjunto. Comidas sanas, saludables y equilibradas. Cuerpos esculturales. Niños obedientes y perfectamente conjuntados que son muy felices. Planes perfectos.

Dicho esto, quiero aclarar que seguramente yo soy la primera en no darme cuenta de que en las redes sociales, en las conversaciones con padres del cole durante los cumpleaños… en general en la vida, doy una imagen proyectada de mí y de mi familia que se aleja mucho de la realidad. Sinceramente, creo que no es así, pero seguro que se me escapa en diversas ocasiones el pintar la realidad para que parezca “más mona”.

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El caso es que últimamente sólo veo perfección en todos lados y esto me hace pensar y pensar. Lógicamente, cada uno vemos las cosas con nuestra mirada y nos montamos la película de lo que hay detrás de todo eso. Pero es imposible no suponer algo de ensueño, que está mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Y claro, una entra en bucle pensando “algo debo estar haciendo mal…”

 Voy a partir, por supuesto, del respeto hacia todo el mundo. Cada uno comparte con los demás lo que le da la gana y como le da la gana, faltaría más. Pero por si hay alguien tan vulnerable como yo que siente que su vida queda muy alejada de aquello que ve a través de la mirada de otros, quiero decirle ¡¡NO ESTÁS SOLO!! ¡¡A MÍ ME PASA IGUAL!!

Siempre digo que yo no soy ejemplo de nada en absoluto. Y no lo digo por falsa modestia, ni por deseo de que los demás me reafirmen en lo contrario, ni por victimismo. Lo digo porque es así. Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada. Es más, es un descanso absoluto.

Mis hijos no son los más listos, ni los más guapos. Por supuesto, no son los más obedientes, ni siquiera son obedientes en la mayoría de las ocasiones. Seguramente esto es fruto de que tienen una madre muy poco pedagógica que pierde los nervios muchas veces al día y da más gritos de los que son tolerables para unos tímpanos sanos.

Mi casa es una casa… ¿cómo decirlo? Es una casa muy vivida. Con poco espacio y demasiadas cosas. Con habitantes desordenados, empezando por mí (esto lo tiene muy claro casi todo el mundo; el orden no es mi fuerte y eso que he mejorado). Podemos estar mucho tiempo con una bombilla sin lámpara, con un pantalón sin rodillera, con una bolsa de “ropa para dar” esperando en la puerta de casa.

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“La mesilla” del cuarto de los chicos

A veces toca repetir pasta dos días seguidos. Y se nos va la mano con los sobaos y magdalenas en el desayuno. Y el jersey del uniforme va sin planchar, porque pusimos la lavadora muy tarde.

Cuando viene a nuestra casa el “Libro viajero” del colegio, es muy probable que las páginas se vayan con algún manchurrón de comida, que se quede algo pegado por un pegote de “prit” y que no sean las páginas más estéticas de todas las del libro.

A las 21.00 h., cuando estás en plena batalla campal para meter a los gladiadores en sus camas, nuestra casa está más cerca de ser un escenario de “Jurassic park” que de un reportaje de “Casa y Jardín”.

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Jurassic home

En el “Quién es quién” hemos perdido a Paul y a Richard antes siquiera de haber terminado la primera partida. Y el libro de “El pollo Pepe” ahora es un coleccionable por fascículos.

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Pollo Pepe coleccionable

El 60% de nuestra ropa tiene manchas indelebles. Y cuando nos llega el encargo de hacer a mano una figura para el Nacimiento de la Guardería, nuestro pastorcillo se distingue a leguas.

No saco tiempo para ver una peli entera con los niños y me cuesta sentarme con ellos a jugar. Vamos, que yo soy un antagónico de la perfección.

Pero, sinceramente, ¿quién es perfecto? Si alguien levanta la mano, sólo puedo compadecerme de él. Ser perfecto debe generar un nivel de estrés inasumible en el día a día.

Y, además, ¿dónde está escrito que el ideal de la vida sea la perfección? ¿Quién ha sentenciado que lo divertido es perfecto? ¿Que lo apasionante es perfecto? ¿Que lo bello es perfecto?

Todo esto no deja de ser un bofetón hacia mí misma y la tontería que me entra por la envidia. Porque, como dice mi amiga María M. no existe la envidia buena. Existe la admiración. Pero la envidia buena, como tal, no existe.

No significa, con todo esto, que no haya aspectos de mí y de la vida que no trabaje por mejorarlo. Miles de ellos, en serio. Pero sin obsesión.

Además, la imperfección, a mi juicio, habla de realidad. De cosas y personas que son. De casas con alma (la mía tiene un alma que flipáis, jajajajja). El imperfecto necesita a los demás para su vida. Y necesitar a los demás es lo más maravilloso que pueda haber. Gente que te ayuda y te hace crecer. Yo soy muy muy muy imperfecta, de verdad. Y creo que cuanto más imperfecta me descubro, mejor me viene, porque así identifico en qué cosas puedo poner mis objetivos para intentar mejorar y más ayuda pido a los demás. Pedir ayuda no significa deshacer del tema y que otro te resuelva la papeleta. Pedir ayuda es decir: “mira, a esto no llego, lo hago fatal y sé que con tu ayuda el resultado sería mejor que sin ella”. Es un acto maravilloso de humildad que a mí me cuesta un montón pero que me ayuda a colocarme en mi lugar y repetirme: Sara, no eres perfecta, no eres omnipotente. Es más, eres bastante mediocre. Pero no pasa nada. NO PASA NADA.

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Ayudar y ser ayudado

Así que ¡viva la imperfección! Los niños despeinados. Las casas “vividas”. La falta de espacio. La necesidad de los demás. La falta de tiempo. El afán por mejorar. Las manchas de comida. Las bombillas sin lámpara y los juguetes rotos.

Y viva el descanso de que todo esto sea así. Porque cuando esto mejore, aparecerán otras imperfecciones.

Hace unos meses, en una “Cena Adivina” estupenda, me plantearon la siguiente pregunta: “Y tú, ¿por qué lanzaste tu blog?”

Me encantó que me lo plantearan, la verdad. La pregunta estaba más que justificada, ya que era una cena sobre Marcas y Bloggers. Acudí acompañando a una amiga que estaba a punto de sacar su blog (merece la pena que lo leáis, Cristina tiene mucho que aportar y es taaan divertida) y aprendí un montón. Pero, sobre todo y como siempre, me lo pasé pipa en la cena.

El caso es que, a la pregunta, contesté que mi blog tenía como fin el hablar bien de las cosas buenas. Éste es un blog de una vida normal pero al mismo tiempo llena de cosas apasionantes, como sucede con la vida de todo el mundo. Apasionantes al menos para mí, claro está. Sin idealizaciones, eso sí, pero resaltando lo bueno de las cosas.

A cualquier profesional del mundo on-line y de los blogs y estas historias, este “supersuerte” le puede parecer carente de sentido, y lo entiendo. Escribo poco, no presto demasiada atención a la estética del blog, no me leen miles de personas… Pero, sinceramente, no pasa nada. Me gusta escribir y me gusta que lo lea quien lo quiera leer. Con eso ya es suficiente.

Pero, gracias al blog, me han pasado cosas maravillosas. ¿Por ejemplo? Por ejemplo, que la gente me diga que le gusta y me pida que siga escribiendo. Y con gente no me estoy refiriendo a mi madre, que también (gracias, familia, por aguantarme en virtual y en personal), sino personas con las que no tengo mucho trato o no veo tanto como me gustaría. Incluso gente que no conozco.

Es el caso de Liliana.

También me han pasado cosas tan estupendas como saber que algunos, sin conocernos, están rezando por nosotros, especialmente por Juan.

Es el caso de Liliana.

Y, lo más alucinante que me ha pasado con el blog, es descubrir que en mi mediocridad y precariedad, he podido mínimamente ser útil para alguien.

Es el caso de Liliana.

Liliana vive en el otro lado del mundo, pero dio con este blog en una búsqueda de google y encontró la historia de nuestro hijo Juan. Por ella y por su hijo va este post. Porque sé lo que es pasar la noche oscura del alma en la angustia a la que llegas por la incertidumbre. Porque sé lo que es un sufrimiento desgarrador. Y porque sé lo que es desear que las cosas fuesen de otra manera.

Ya lo conté y conté cómo iba Juan evolucionando. Pero, por si interesa, ayuda o anima, os recuento. Os cuento que Juan es lo máximo. Que es una lección de vida diaria. Que nos tiene locos, locos, locos. Especialmente a mí que, como dice mi santo, como de su mano. Que evoluciona y avanza. Que ya habla bastante (vamos a ver, como habla un niño que no llega al año y medio, pero habla y repite todo). Que pese a sus limitaciones físicas y sus dificultades, Juan está arrancándose a caminar solo.

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Nuestro gran observador

Que cuando me dice mamá, se para el mundo y muero de amor. Que le tendrán que operar y hacer más pruebas y esperar. Y que será duro. Mucho. Pero que prefiero pensar en el hoy, que del mañana ya nos ocuparemos. Que, por paradójico que me resulte hasta a mí, voy feliz  a sus terapias y a su rehabilitación. Que estamos rodeados de profesionales magníficos (en el hospital, en la escuela, en casa) que dan lo mejor de sí para que Juan mejore. Que Juan tiene la inmensa suerte de tener 4 hermanos maravillosos que lo estimulan, lo quieren, lo consienten y lo espabilan que da gusto; y de tener un padre santo.

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Haciendo gimnasia con Sara. Agachar, levantar; agachar, levantar…

Que Juan es un niño con recursos. Que cuando sus complicadas manos no pueden coger algo, lo empuja contra otra superficie para levantarlo y poder cogerlo. Que cuando no puede incorporarse por falta de musculatura en los brazos, apoya la cabeza y lo consigue. Que se pone malo cada dos por tres. Que es una cruz porque le dan asco todas las medicinas y las vomita. Que viven con tos y mocos prácticamente todo el año. Que no existe idealización, ni todo es perfecto, ni su vida y la nuestra está exenta de mucho sufrimiento. Pero que Juan ha dado la vuelta a nuestra vida como a un calcetín. Pensando que me desmontaba los cimientos, lo que ha hecho es poner cada cosa en su sitio. Que Juan es Juan. La monda. Y aunque yo TODOS LOS DÍAS pido el milagro de su curación, cada día se produce el pequeño milagro de su progresión y evolución.

Y que cuando lo miro, veo a Juan. Antes no. Antes sólo pensaba en Artrogriposis congénita distal. Y ahora me siento tonta por ello. Pero no pasa nada. Porque hay que pasar el duelo de las cosas y todo lleva su tiempo. Y Juan es increíble.

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Me siento muy afortunada de tenerlo. Es algo que jamás podré explicar razonablemente. Porque, si me hubiesen dado a elegir, nunca habría elegido la historia así. Y, sin embargo, me gusta. Tanto como para intuir que todo está bien hecho. Pura paradoja.

Quizá tenemos demasiado interiorizado que la sociedad, la vida es para los perfectos. Pero, ¿quién lo es? Mi amiga Paz que sabe mucho de esto, y además es santa, me dijo un día: no le pongas tope ni límite, sólo déjate sorprender por él. Y eso hacemos todos los que lo rodeamos. Y Juan seguirá progresando y llegará hasta donde Dios quiera, y no hasta donde sus manos le dejen.

Sería ingrata e injusta si no lo compartiese. Así que, Liliana, va por ti.

El verano es una época de hiperconvivencia familiar. Y, más que familiar, fraternal. Porque nosotros no tenemos tantas vacaciones como los niños, así que los que están todo el día juntos, son ellos.

Así que verano también podría definirse como la época en la que los niños no paran de jugar y también, por extensión y al menos en nuestra familia, época en la que no paran de pelearse.

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Aunque lo estéis viendo, esto en realidad no existe y si existe, sólo dura  tres segundos

La verdad que el de las peleas entre hermanos es un tema que yo llevo regulero. Me cansa y me desgasta bastante. Me parece lógico, normal y sano que las tengan. Pero me supera la excesiva frecuencia con la que lo hacen (cada 4 segundos, menos cuando están dormidos).

Me cuesta también identificar y realizar el papel que se espera de mí en ese momento. Ya comenté que el Ministerio de Justicia es un non-stop y la solicitud de justicia parental puede recibirse a cualquier hora del día, cualquier día de la semana y del año.

En cualquier caso, yo estoy intentando desarrollar el rol que podríamos llamar: “El observador de la ONU”. Es decir, aquél que está invitado a los conflictos, que ve, escucha, toma nota y, en gran parte de los casos, o nadie le pregunta, o lo que dice da igual porque no le hacen caso. Y creo que lo mejor es hacer oídos sordos y que aprendan ellos a solucionar sus conflictos. Aunque corres el riesgo de que te pasen cosas como:

Ella: “Mamá, me ha dicho xxx que me va a matar”

Yo: “Ah, muy bien, pues nada, dile que tú también le vas a matar”

Ella: “Vale”

Segundos de silencio y reflexión

Yo: “ayyyyy, hija, que no, que no, que me he confundido, que eso es muy feo, no le digas… y menos entre hermanos, por favor…”

Tarde, Sara, tarde. Eso por intentar hacerme la sueca.

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Podría ser una metáfora muy real

No es fácil y, podríamos decir, que es un reto no alcanzado aún. Me cuesta mantenerme al margen y a ellos les cuesta no pedir mediación. Al buscar ese punto medio de no entrar en el conflicto pero tampoco pasar del mismo, me he descubierto a mí misma diciendo cosas del tipo: “seguid pelándoos pero en el cuarto, por favor, que así no alteráis a los demás” o “si os vais a pegar, por favor, a unos metros de aquí y que sean golpes silenciosos”… Muy didáctico y pedagógico lo mío.

Mi madre dice que no pasa nada, que ella se peleaba mucho con una de sus hermanas. Pero que mucho mucho. Qué poco le pega a la abuela haberse peleado.

Y me puse a pensar cuánto me he peleado yo con mis hermanos. Hay que apuntar que yo he sido un poco pringui de pequeña… ¡Lo sé! ¡No dais crédito! ¡No me pega nada! Pero sí, he sido algo pringui. Quizá es por mi posición de relleno del sándwich, entre dos chicos. Lo que tengo claro es que no es ni por buenismo, ni santidad, es porque no me gustan los conflictos. Me encanta discutir (sobre todo con el santo esposo, ¿verdad?) pero llegar a conflicto y confrontación seria… como que no.

El caso es que, reflexionando sobre el tema, me he dado cuenta de lo bien que me lo he pasado con mis hermanos siempre. Esto no significa que no nos hayamos peleado y que no nos hayamos dado quebraderos de cabeza los unos a los otros. Pero lo hemos pasado muy bien.  Jugando de pequeños y saliendo de mayores. Hay que decir que mis hermanos son bastante graciosos y ocurrentes, lo que facilita las risas, pero también los piques.

Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que mi primer diente se cayó algo prematuramente gracias a la “ayuda de mi hermano mayor”; la primera vez que me inundó el sentimiento de culpa, fue cuando le culparon a él de algo que hice yo (tirar agua por la ventana a un señor que pasaba con unas flores). Con ellos descubrí que tengo poca paciencia y que entro al trapo como el toro de Lidia. También me di cuenta de que comparto un gen con los Corleone y es ver que alguien va a por uno de los míos y salto. Es decir, que con ellos empecé a descubrir lo que soy.

Recuerdo ahora una anécdota que hoy me hace sonreír pero que en su momento me hizo ninguna gracia. Un día cualquiera me duché, deprisa y corriendo, y dejé todo empapado. Alguien fue a usar el baño después de mí y vieron que, para variar, había dejado todo empapado. Lógicamente mi madre me llamó la atención. Debí resistirme y protestar, cosas muy propias de mí. Y mis hermanos se pasaron semanas utilizando este tema para reírse. Absurdo, ¿verdad? Empezaron a llamarme “baño inundado”, a escribir notas en sitios absurdos para que me las encontrara poniendo “baño inundado”, incluso el salva pantallas del ordenador rezaba esa frase. Cada vez que me encontraba un nuevo “baño inundado” rabiaba hasta la ira. Y ellos, muertos de risa.

Gran momento también el día que mi hermano me solicitó, sin yo saberlo, un curso de “Jardinería” de CCC. Y se me plantó un comercial una tarde, contándome los beneficios del curso y todo lo que iba a aprender mientras yo hacía serios esfuerzos por no llorar de la risa y centrarme en la venganza. Todo muy absurdo, pero muy divertido. Dos palabras que definen nuestro humor a la perfección.

He sido también leona protectora de hermanos, como lo soy ahora de mis hijos. Pero, al mismo tiempo, la mayor crítica y la más exigente con ellos. Sus amigos, han sido los míos. Mis problemas y desvelos, los suyos. Mis alegrías y las suyas, compartidas por todos… Todo se ha compartido de manera bidireccional. Bueno, mi dinero era unidireccional porque de jóvenes ellos siempre andaban pelados.

Pensando todo esto, me doy cuenta de que la familia es una escuela maravillosa. Sin idealizaciones ni perfecciones, como siempre digo. Y si mis hijos se pelean, pues que aprendan a reconciliarse. No tengo que darle tanta importancia. (Sobre el papel es más fácil que en vivo y en directo, cuando ves a la Mariflori corriendo con cara de loca para zurrar al que le ha quitado el mando, o a alguno de los mayores con cara de “asesino en serie fuera de sí mismo” que va a dilapidar a otro)

La gente me pregunta si no he echado de menos tener una hermana chica. Y la verdad es que no. No se echa de menos lo que no se tiene. Y mis hermanos son lo máximo. Además, ahora tengo una cuñada y media (a punto de tener dos, en unos meses se formaliza el tema) que son una bendición. Y otras tres por parte política. Vamos ¡que me sobran! Jajajaj. Broma fea, no os lo toméis a mal, cuñadas mías.

En fin, que supersuerte la de mis hijos que tienen los mejores tíos del mundo.

No son pocas las ocasiones en las que la gente nos pregunta cómo nos organizamos en una casa con tantos niños y trabajando los dos. Yo siempre digo lo mismo, y aquí ya lo he contado alguna vez. Nos organizamos como podemos, en ocasiones mejor y en otras peor, pero no queda más remedio que organizarse, está claro.

Resulta que en nuestro matrimonio, no sé en los de los demás, se ha ido forjando un pacto no firmado en el que cada uno ha ido adquiriendo las competencias en las que tiene más que aportar. Aunque en ocasiones se dan ciertas duplicidades (no suele ocurrir mucho) y, en otras, sucede algún que otro vacío legal o silencio administrativo (esto puede ser más habitual que lo anterior), la realidad es que estamos bastante bien organizados. Otra cosa diferente es que la organización siempre sea efectiva, eficiente y, sobre todo, suficiente.

Así, en estos ya 9 añazos de feliz y productivo matrimonio, hemos ido tomando posesión de carteras y ministerios de la siguiente manera.

En nuestro gobierno no hay un Presidente, sino dos vicepresidentes muy atareados y algo explotados, que ejercemos nuestro papel con responsabilidad, lealtad y, sólo en ocasiones, con solvencia.

Vicepresidente: JP

Vicepresidente: la que suscribe

Sólo durante los viajes dilatados de mi santo al extranjero han recaído sobre mí las dos vicepresidencias, ostentando yo la Presidencia única, pero en funciones. Y he de decir que es la leche de estresante, así que no envidio a los Presidentes únicos de sus hogares. La vida de los M-L B está muy pensada para llevarla al alimón.

Cartera de Economía: Aquí el ministro o cabeza de este ámbito es mi marido. Nunca se me ha dado muy bien el tema, aunque ahora me ocupo un poco más. Él se encarga de ver las huchas, echar las cuentas y ver que no salen, jajajaj. Y luego trasladarme su preocupación. Misteriosa y milagrosamente, solemos cerrar los ejercicios con bastante buen balance en la gestión y aunque no terminamos en positivos, tampoco solemos hacerlo en negativos. Si me preguntáis os diré que esto se debe a una maniobra aritmética complicada que suele llamarse “Encaje de bolillos”. Es laboriosa, pero cuando sale, uno se queda de lo más tranquilo.

En esta cartera yo no ostento la cabeza, pero sí soy Secretaria de Estado, así que echo mano al responsable en lo que se considera oportuno, véase las transferencias a los deudores de cada mes (a los santos que nos echan una mano). Y, sobre todo, veo el milagro que cada mes se produce. Dios provee.

En lo que no suelo entrar en absoluto es en la relación con las entidades; las entidades de este sector me aburren y no suelo entenderlas.

Hacienda: aquí hay cierto vacío administrativo, y hemos decidido contar con la colaboración de externos que nos echan una mano. En mi caso, no tengo palabras suficientes para elogiar la labor de los señorinos de la Agencia Tributaria que te echan mano para hacer la renta cada año. (Ya tengo mi cita pedida para éste, yujuuuuu)

Justicia: el tema está también muy repartido, dejando la cartera sin ministro y delegando todo en dos secretarías de ESTADO (y nunca mejor dicho lo de Estado). El estado de padre y el estado de madre, al que pueden recurrir los ciudadanos de nuestra casa siempre que estimen oportuno, que suele ser una media de 57 veces por día, pidiendo justicia parental. A veces nuestros dictámenes son meramente consultivos y no vinculantes y acaba imperando el “tomarse la justicia por su mano”, aunque esto luego suele tener consecuencias en la ciudadanía del hogar (castigos por pegarse).

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En el fútbol, cualquier justicia es poca

Defensa: aquí todos participamos de una manera u otra. Somos como los Corleone, ojito con tocar a uno de los nuestros… Jajajaj

Relaciones exteriores: en este caso la ministra indiscutible soy yo. Autorizo celebraciones, coordino eventos internos o a los que se nos invita, deniego permisos de salida, invito a nuestras dependencias y, al fin y al cabo, coordino.

Papá tiene voto de veto y de confirmación, pero normalmente soy yo la que está al frente de esta cartera. No es fácil con tanto cumple infantil, evento social y demás actos que jalonan nuestro día a día, pero, lo confieso, me encanta.

Relaciones internas: puf, esto es el sálvese quien pueda. Somos, por así decirlo, 7 regiones autónomas que están abocadas a la buena relación. A veces se nos da mejor y otras peor. Dentro de las 7, lo fundamental es que la región “Papá” y la región “Mamá” se lleven fenomenal por el buen devenir de todos. Hay una de las 7 que podríamos llamar “Andorra” por ser de las más pequeñas pero de las más independientes y alternativas: Clarita.

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Con todos ustedes, Andorra

Educación: Por acuerdo unánime del Consejo, aquí vamos de la mano los dos y en colaboración con el santo colegio de las criaturas (esto último en el aspecto curricular, la educación intentamos que se la lleven puesta de casa y el cole es una gran ayuda para las materias y apoyo para los valores que en casa intentamos inculcar). Importante: buscar un cole en la línea que los ministros quieran desarrollar en el hogar.

Fomento, Infraestructuras y Automoción: papá, papá, papá y papá ¡viva papá!

En determinadas Infraestructuras tomamos las decisiones juntos, como debe ser, es el caso de la trilitera que estamos esperando como agua de mayo. Pero en medios de locomoción, sus revisiones y mantenimiento, ni entro ni quiero hacerlo. Es más, me supera hasta poner gasolina. Ahí lo dejo

Sanidad: aquí el peso lo llevo yo. Revisiones, vacunas, citas, compra y administración de medicamentos, suele ser un fuerte dentro de mis competencias. Y más desde la llegada de nuestro Juanín, que me ha introducido en el maravilloso mundo de la rehabilitación y en los cien mil médicos que lo ven.

Y así nos vamos repartiendo las cosillas. Al margen de esto hay temas que parecen menores, pero no lo son, que también están adjudicados por ese dedo invisible a la par que efectivo: la compra la hace papá (y qué bien y rápido), los menús entre los dos, las compras textiles son mías, en la cocina nos remangamos los dos. Yo hago la cena, él la recoge. Yo me suelo encargar de preparar las cosas de Juan para el día siguiente, él se encarga de preparar lo de los otros 4 (sí, está mal repartido, no se lo digáis, pero de todas maneras es que Juanito tiene su idiosincrasia particular y lleva mucho tema aparejado).

Contamos con secretarios de estado y consejeros que nos echan mucha mano y cumplen sus tareas a la perfección. La santa señora que nos ayuda en casa, los santos abuelos, los tíos, amigos… Sus competencias son más transversales y dependen de la necesidad de cada día. Pero no exagero si os digo que son la efectividad personificada. Sin ellos, no podríamos.

Y así, queridos amigos, con esta sencillez que os relato, es como se organiza con facilidad la vida de una casa de 7, de los cuales 5 son menores. Tan fácil como cualquier mueblecito de los que se hacen en los programas de Bricomanía.

Ahhh, se me olvidaba, dentro de este puzle de millones de piezas, hay que templar los ánimos de los ciudadanos, abrir el buzón de quejas y sugerencias y, sobre todo, dar mucho amor.

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Por si no os habíais dado cuenta, la Portavocía del gobierno es cosa mía. Con todo lo que hablo, no podía ser de otra manera.

Fue hace bastante tiempo, antes del verano, cuando os conté la situación que nos habíamos encontrado y que estábamos viviendo con nuestro hijo Juan, y no he vuelto a actualizar nada del tema.

Nuestro Juan ya ha cumplido 10 meses. Es un sol, un ángel, una bendición. Pero como todo don, conlleva una tarea bien grande cada día. Sus manos han mejorado, pero siguen siendo muy poco funcionales. Siguen los puñitos muy cerrados y el pulgar muy mal posicionado como para poder hacer la pinza. Y, claro, eso conlleva una buena retahíla de complicaciones añadidas. Al no poder abrir las manos, no puede gatear, no se puede apoyar en ellas y no puede coger las cosas. Pero se va apañando. Lleva un retraso con respecto a la evolución “normal” de los niños de su edad, porque le ha costado mucho mantenerse sentado y porque hay muchas cosas que quiere hacer, pero no puede. A pesar de todo esto, Juan evoluciona, que es lo importante. A un ritmo inferior del que yo querría. Pero yo soy la perpetua inconformista.

A los infinitos especialistas que estaban viendo a Juan (neurólogo, rehabilitador, otorrino, cardiólogo, traumatólogo…) hemos añadido algunos más: oftalmólogo (que encuentra todo ok pero, por si las moscas, nos quiere seguir viendo en unos meses, como todos) y cirujano plástico. El cirujano ya nos habla de una posible operación para sus manos, que tendría lugar en unos meses. No obstante, quiere que lo vean neurólogos y genetistas de su equipo, para tener una segunda opinión de la que ya tenemos. Así que volvemos a la intensidad de las pruebas y opiniones.

En el día a día, a pesar de todo el trabajo que Juan requiere, es una bendición que nos ha caído del cielo. Es alegre, es bueno, es risueño, es mimoso. Y nos tiene a todos locos. A todos. Los niños están con él como no han estado con ninguno de sus hermanos y, la verdad, es una gozada.

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Vivimos siempre con la incertidumbre como compañera de viaje. Preguntándonos si habrá algo más que se nos haya escapado, si el retraso madurativo de Juan corresponde a lo lógico en un niño con un impedimento físico para hacer muchas cosas o si hay algún tipo de discapacidad intelectual que no sepamos. Pero sólo Dios lo sabe y el tiempo lo dirá.

Pero cada avance de Juan, cada hito logrado, cada progreso, es una fiesta. Una fiesta celebrada por tanta gente que pone en evidencia lo mimados que estamos por todos y lo conquistador que es Juan. Porque, como ya dije, a nadie deja indiferente. Así estamos, como primerizos a los que se les cae la baba cuando el niño consigue sentarse, cuando empieza a balbucear sus primeras palabras (“papá” ya está dominado, y le hemos enseñado a decir “guapa” que me parece mucho más guay que decir mamá, jajajaj). Nuestra alegría es una alegría compartida por los hermanos, los abuelos, los tíos y primos, los amigos, las profesoras de la guarde, los especialistas que le dan tratamiento, los vecinos… ¡Por todos!

Con Juan todo es un aprendizaje, al menos para mí. Aprender, cada día, a vivir, a pensar y a mirar el “hoy”. Me dijo un sacerdote (no uno cualquiera, uno de la repanocha) en un momento muy muy gordo de angustia: “¿quién te dice a ti que este niño no vaya a ser feliz? No pienses en el día de mañana, que no sabes qué pasará ni lo que vendrá. Piensa únicamente en el hoy” Y así es. Juan hoy es feliz, mañana sólo Dios sabe.

Mucha gente me pregunta y “con tanto lío como tenéis, ¿cómo os organizáis?” Aunque esto da para otro post que ya tengo en mente, adelanto un poco la respuesta. ¿Cómo nos organizamos? Pues como podemos. Cada día es un gran puzle donde tienen que encajar muchas piezas. Cada día es diferente en función de si Juan tiene rehabilitación por la mañana o no, si yo tengo libre esa tarde, si viene Pedro (el fisio que trata a Juan en casa, otro regalo del cielo) ese día, si los niños tienen fútbol, cumpleaños, revisiones médicas, dentista, etc.

La gente también nos pregunta “¿Cómo lo hacéis?” Y yo siempre contesto lo mismo: lo hacemos mal, pero bueno, lo hacemos. Nadie me cree. Me ríen la gracia como si fuese falsa modestia. Pero no lo es.

Lo bueno es que siempre contamos con un ejército de colaboradores que nos simplifican enormemente el día a día y a los que estamos santificando: Mariluz, los abuelos, la tía que recoge a Juan en la guarde cuando se lo pedimos, Sofía y Óscar que llevan a los niños a catequesis y te recogen la equipación del segundo que ya está lista y te ayudan a de todo y a un poco más, la pediatra que me pasa consulta ya por WhattsAp, los jefes y compañeros que nos comprenden y son permisivos, los que se ofrecen cada día para ayudarnos de una y mil formas, el fisio que viene a casa, los tíos y primos que nos miman y nos cuidan… A todos ellos y a muchos más, les estamos acercando el cielo.

Hace poco una persona comentaba que al sentar la cabeza la vida se vuelve aburrida. No puedo estar más en desacuerdo, la nuestra es apasionante.

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El otro día viví un gran momentazo en casa. Lástima que no hubiese alguien para filmarlo. Estaba en búsqueda activa de “santa” que viniese a echar una mano a nuestro hogar. Y, durante la primera entrevista, después de adoptar mi pose más seria para hablar de lo importante que es la confianza en casa y que el cuidado de los niños está por encima de todo, me pasé la mano por la cabeza y… ¡oh, sorpresa! Llevaba media hora de esta guisa y no me había dado cuenta (por decoro y pudor, he cortado la foto y sólo he dejado lo importante)

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¡Qué bochorno! Decidí no hacer mención del tema y seguir la entrevista como si nada. Aunque comprendí por qué la chica tenía una cara tan divertida desde que había entrado por la puerta.

No es que me encante disfrazarme de Ben y Holly para estar por casa. Es que, antes de la primera entrevista, las niñas me habían invitado a “café” en su cuarto y, el dress code marcaba la corona como prenda imprescindible para entrar. En definitiva, que se me olvidó quitármelo y así me pasé media mañana. Qué lástima.

Este tema me llevó a pensar en aquellas cosas que me suceden desde que soy plurimadre y voy como una moto por la vida. Yo creo que nos pasan a todas o casi todas las madres, al menos a las que son tan despistadas como yo. Y son un reclamo identificativo. Cada vez que veo a alguien haciéndolo, pienso: “es madre y tiene niños pequeños”

El otro día, sin ir más lejos, estaba haciendo la compra en mercadona. Si hay algo de la compra que requiere concentración es la elección de los yogures por la variedad de gustos que tenemos en casa y por la cantidad de ellos que consumimos. (Macedonia gusta bastante menos a Bruno que es más de trozos de fresa, de limón para mí, naturales porque es un valor seguro, los de trozos de choco para el “día del premio”, los flanes y natillas para de vez en cuando, los de beber…)

El caso es que me di cuenta que estaba apostada frente a la nevera de lácteos, moviendo el carrito de la compra muy acompasadamente, como si fuese la silla de Juan. Me di cuenta porque noté la mirada penetrante de una chica joven, que me miraba divertida. A punto estuve de decirle que ya había conseguido dormir a los productos de la compra. Pues eso, me refiero a mover el carro del súper como si fuese el del bebé. Pura costumbre. Ni qué decir tiene de mover el carrito aún cuando no hay bebé dentro.

Es como si se me hubiera permutado un gen y las cosas me salen automáticamente. No lo puedo remediar.

Más ejemplos: rebañar los restos de los platos de la comida de los niños, que me dan ganas de hacerlo hasta cuando como fuera. O contestar “quééé” cuando oigo “mamá”, aunque esté sin los niños o no sea un hijo mío el que me llama. No lo puedo evitar, oigo “mamá” y contesto automáticamente. Son cosas tan interiorizadas que me cuesta no hacerlas de forma mecánica.

Si veo un niño sentado en un wáter, voy directa a limpiarle el trasero. Si uno va a cruzar la calle, le doy la mano. Sea mío o ajeno. Si me dejasen, limpiaría mocos y churretes de cada churumbel que me cruzo. Por no mencionar esa manía que tengo de querer poner el abrigo a cada niño que sale del colegio. El otro día mi hijo mayor me llamó la atención: “mamá, que ese niño ya tiene una madre que le diga las cosas, no puedes decirle tú que se ponga el abrigo, por favor”. Y es que veo una lomada al aire y me entran ganas de meterles la camisa por dentro y todo. Y lo mismo si están demasiado abrigados. Hace unos días me tuve que morder la lengua en el metro para no decirle a una señora que su bebé lloraba por calor. Incluso puedo llegar a reñir a alguno que diga algo improcedente con la célebre frase “niño, esa boca”. Mis hijos se mueren de vergüenza pero no lo puedo remediar.

Caso aparte el de la cantidad de cosas que me llevo de casa sin ser esa la intención. Ese momento mañanero en el que corres para no llegar tarde y, casi sin pensarlo, metes los calcetines sucios del niño en tu bolsillo del abrigo (cuando en realidad querías dejarlo en el cesto de ropa sucia o simplemente quitarlos del medio) y no te das cuenta hasta que llegas al trabajo. Yo siempre me excuso diciendo, jijiji, es “lo típico”. ¿Lo típico? Me da a mí que lo mío es la conjunción perfecta de ser plurimadre + ser tremendamente despistada.

En definitiva, que soy una madre petarda y redicha, qué le voy a hacer. Y no es que mis hijos sean perfectos, ni mucho menos. A Dios gracias, pasan bastante de mis neuras y de mis mil mandatos (límpiate, ponte el jersey, no corras, no corras, NO CORRASSSSSSS) Lo peor de todo es QUE ME ENCANTA. ¿A vosotros también se os nota?