Pues eso, que he decidido volver a escribir y volver al blog. Dos años después de haberlo dejado por haberme dejado, no por otra razón. O quizá sí, pero eso ahora no importa. En estos dos años han sucedido muchas cosas que no quería escribir y otras tantas que me impulsaban a ello. Pero bueno, no ha sido hasta ahora que he vuelto. Y no sé por cuánto tiempo será. No me fío de mí en cuanto a constancia se refiere.

La decisión de volver no es meditada ni tiene un fin concreto. Simplemente me lo ha pedido el cuerpo. Quizá es una manera de salir internamente del aislamiento externo al que estamos todos sometidos. O quizá es por plasmar este momento tan insólito y desconcertante como histórico. O puede que escriba para desahogar tanto pensamiento y sentimiento que se apelotonan dentro de mí, como niños que hacen la fila para salir al patio. Preciosa imagen que nunca había valorado hasta ahora. Al igual que tantas cosas que no me había parado a pensar, no había reparado hasta ahora en el gran valor que tienen.

Es lastimoso pero es cierto. No valoramos las cosas hasta que no las perdemos o hasta que nos las prohíben, aunque sea temporalmente. Y en esas estoy. Cual necia que se lamenta de no haber disfrutado conscientemente de las rutinas. Maravillosas rutinas. Especialmente las que implican salir a la calle. Y descontando los inciertos días que nos puedan quedar para volver a abrazarlas como se abraza a una madre a la vuelta del campamento.

Y es que esto del confinamiento yo lo llevo mal. Supongo que como la mayoría. Pero seis niños (uno más que cuando dejé de escribir) en un piso de las dimensiones típicas madrileñas y sin poder/deber salir, da un poco de vértigo. Y es que tan cierto como que soy una escritora vaga e inconstante, es que soy una mujer que sufre claustrofobia física y mental. Si no salir a la calle en circunstancias ordinarias me puede llegar a pesar en gran medida, pensar en no hacerlo en muchos días seguidos y sin saber cuál será el fin puede hacerme enloquecer. Por eso me he apretado una Mahou y me he sentado enfrente del ordenador, para que salga la angustia y pueda dormir mejor.

 

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Hoy clase de Educación Física en casa. Ejercicio 1.- abdominales

La realidad es que soy débil y frágil. Eso lo tenía claro antes, ahora lo tengo meridiano. Pero querría, por mi salud mental y la de los míos, no centrarme únicamente en los agujeros que tiene el queso, sino en toda la carne de este emmenthal que, si de primeras parece fuerte, estoy segura de que dejará un buen sabor de boca.

Escribiré, aunque no sé en qué momento (ahora mismo son las 00.09) porque los niños ocupan todo el espacio y todo el tiempo, o casi todo (el tiempo, digo, porque el espacio lo ocupan todo todito, sin duda alguna). Pero lo haré para que nunca se me olvide lo afortunada que he sido, que soy y que seré. Y por dejar también plasmado el delirio de este tiempo que, aunque me asusta, saca lo mejor de nuestro ingenio y seguro que algo más.

 

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Estirando antes de hacer tanda de penaltis

Hoy es el 4º día sin colegio, pero da comienzo el confinamiento más real. Que empiece la fiesta y que nos pille confesados. Yo sólo quiero que Dios me dé paz y hacerlo lo mejor posible para que salgamos, cuanto menos, fortalecidos de esta particular experiencia. La realidad es que no puedo quejarme. A día de hoy estamos todos sanos, los cercanos también. El Santo tiene trabajo. Yo me quedé sin él en septiembre y, qué queréis que os diga, lo veo totalmente providencial… Tenemos buen ánimo y un poco de mala leche, eso sí. Pero en definitiva, que quiero quedarme con las cosas buenas de este tiempo. Y escribir las unas y las otras, ayuda. Sin arcoíris, ni brillis-brillis, que ni me gustan ni me los creo. Levantando los ojos al cielo y sabiendo que Él sabe más.

Estoy un poco obsesionada con que mis hijos lean. Que lean cada noche, en la cama, un ratito antes de dormir. Por lo menos eso. Que puedan descubrir el inmenso placer que hay detrás de la lectura. Un placer que esconde mucho más que el simple deleite, porque te abre a miles de mundos nuevos, te regala conocimiento al mismo tiempo que disfrutas. Y como decía mi abuela, o eso he oído decir a mi madre como un mantra durante mi infancia y juventud: “Desde que se inventó el leer, sólo se aburren los tontos”.

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En casa siempre hemos estado rodeados por libros. Nunca he llegado a sufrir el “horror vacui” de no tener qué leer. Es más, en casa de mis padres haría falta ser un voraz y veloz lector para abarcar todo los libros que tienen en una única y longeva vida.

Recuerdo perfectamente haber disfrutado muchísimo de algunos libros que ahora son prácticamente imposibles de conseguir… Así, buscamos “Un huevo de Pascua grande grandísimo precioso preciosísimo”.

También con James Stevenson gritamos una y otra vez “No nos podemos dormir”. Y con nuestros vecinos del quinto, unas vacaciones de Navidad, deleitamos a nuestros padres representando “La noche después de Navidad”. (Por cierto, que hace mucho que estos cuentos con ilustraciones maravillosas, ya no se editan. Si alguien tiene uno y quiere deshacerse de él, ¡que me escriba!)

Pasaron los años y, con momentos de altibajo, seguí creciendo rodeada de cuentos, historias y libros. Nunca he sido tan lectora como me gustaría, pero nunca lo he dejado de lado. Y aunque no recuerdo prácticamente nada de las historias de cada libro, sí sé, a ciencia cierta, que los he disfrutado a rabiar.

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Así, en mi infancia y paso a la juventud, me indigné “Cuando Hitler robó el conejo rosa” (Judith Kerr), disfruté con todas y cada una de las historias de Tintín y Milú, como no podía ser de otra manera, y es a Hergé a quien debo mi apodo familiar. Hice mi particular “Cruzada en jeans” (Thea Beckman)  y recientemente lo he releído, haciendo una gran excepción a la norma que mantengo de no releer nada, faltándome tanto por abordar.

 

Mantengo que “La vida sale al encuentro” (José Luis Martín Vigil), “Los renglones torcidos de Dios” y “Edad Prohibida” (Torcuato Luca de Tena) son lecturas imprescindibles en un momento determinado.

Y pasé por magníficas historias de la mano de Roal Dahl. Adoré a Saint-Exupèry pero con él y con “Juan Salvador Gaviota” comprendí que hay libros que tienen un momento concreto en el que leerlos. Pasado éste, puede que sólo nos lleven al desconcierto por su éxito. Padecí con “Ana Frank”, comprendí que “La vida es sueño”(Calderón de la Barca) y con mi hermano mayor soy capaz de recitar la poesía que el joven Luis recita a su enamorada, Charito en “Las bicicletas son para el verano” (Fernando Fernán Gómez):

 “Quiero estar siempre a tu lado/ quiero a tu lado estar siempre / aunque se pasen las horas…”

Pero creo que no me equivoco si digo que fueron dos libros los que me hicieron pasar de la afición al amor por la lectura, del leer infantil al leer de otra manera. “El camino” de Miguel Delibes supuso un hito para mí. Cómo se puede disfrutar tanto de una lectura hasta el punto de desear olvidarlo para volver a leerlo. Y otro gran descubrimiento fue “El otro árbol de Guernica”, un libro sobre los niños en la Guerra Civil española. Yo veía cómo mi madre lo prestaba y pasaba de un primo a otro, todos mayores que yo, hasta que llegó mi momento. Quizá si alguien lo lee ahora, no lo encuentre gran cosa. Pero cuando lo leí, supuso un primer acercamiento al drama de nuestra historia reciente.

Herman Hesse me desconcertó “Bajo las ruedas” y lo odié en “Demian”. “El guardián entre el centeno” (Salinger), “El perfume” (P. Suskind), “La tregua” (M. Benedetti) cayeron en mis manos por regalos o recomendaciones de personas cercanas, con mayor o menor acierto. Lo que me gusta a mí leer por recomendación, oiga.

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No volví a ser la misma después de sufrir con o por Anna Karenina (Tolstói) y por la Sra. Dalloway (Virgnia Woolf). Y entendí gran parte de lo que es el amor, deseando ser una “Señora de rojo sobre fondo gris” (Delibes, al que adoro a más no poder).

Me hice de la misma extraña familia que Maribel y lloré de risa allí y con casi todo lo que caía en mis manos de Miura. Conocer Madrid de la mano de la “Señá Benina” en “Misericordia” (Galdós) me enseñó a descubrir cómo era la vida de dura en el Madrid de entonces.

Con “Pepita Jiménez” y “84 Charing Cross Road” confirmé qué grandes novelas pueden surgir del género epistolar.

Y me alegré de hacer caso a Ángela y Juan Antonio al acercarme a “El arte de amar” (Erich Fromm).

He leído de todo palo y condición. Desde Coetze y su “Desgracia” hasta “El curioso incidente del perro a media noche” (Mark Haddon). Desde vidas de santos (Padre Pío, Santa Clara, Santa Teresa…) o las “Florecillas” de San Francisco hasta novelas que me hicieron casi perder la fe en la humanidad como el “Ensayo sobre la ceguera” y “El señor de las moscas”.

Me apestó Dorian Gray. No la obra, pero sí el personaje. Y comprendí que cuando uno se mete dentro de la historia puedes llegar a aborrecer o adorar hasta el extremo. Así, en la Trilogía de “Los Gozos y las sombras” amé a Carlos Deza y deseé ser Churruchao desde mi nacimiento.

Gracias a mis primos, Carmen e Ignacio, entré en el adictivo mundo del Comisario Montalbano, y nunca jamás me ha puesto falta Camilleri a ninguna de sus citas. Y también gracias a ellos, descubrí la genialidad de Fred Vargas y lo mismo reí hasta llorar que sufrí la incertidumbre de “Los Tres evangelistas”. Porque no hay nada tan entretenido como la novela policíaca/negra bien escrita y con buenos personajes.

Llamo Mancuso a otro de mis primos, pero nadie que no haya leído “La Conjura de los necios” puede entender por qué.

Amé en los tiempos del cólera, aunque me parecieron tiempos más largos que un día sin pan, he de reconocer.

Y me fui de viaje de novios a Myanmar con mi santo esposo y George Orwell en la maleta en “Los días de Birmania”, lo que me permitió comprender un poco más ese lugar tan maravilloso como desconcertante. Si preguntan en un trivial, sé que es Macondo donde puedes vivir “Cien años de soledad”

Reconozco mucho del periodismo de hoy en día en “El honor perdido de Khatharina Blum” (H. Boll) y siento lástima de mi profesión por ello.

Y más recientemente, gracias a mi amiga Teresa y unas magníficas lectoras, me he dado una vuelta al mundo en 80 días (no soy capaz de recordar si había leído esta novela de Verne en mis años mozuelos), he alucinado con Cicerón (“La columna de hierro” de Taylor Caldwell) y lo que te rondaré moreno.

Aunque no recuerde prácticamente nada, aunque sólo me quede la esencia de “si me gustó” o no, o quizá ni siquiera eso, ahí están y han estado. Construyendo y cimentando. Como todos esos recuerdos que, a pesar de no estar en nuestro consciente más accesible, han sido y serán parte de nuestra vida y nos han edificado de una u otra manera.

No tengo la receta para que mis hijos lean, pero si al final no lo hacen, no será porque su madre no se lo repitió hasta “1984” (G. Orwell) veces.

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Esta semana estamos de celebración. Porque así somos, de adelantar y alargar las celebraciones y no ceñirnos a un solo día. Tres añazos ya. ¡Qué barbaridad! ¡Si casi no nos hemos dado cuenta! Ahora aquí irían las frases típicas del gran tópico sobre el paso del tiempo, etc.

Lo cierto y verdad es que el tiempo pasa rápido y conviene parar de vez en cuando y ver con perspectiva las cosas.

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Tres años. Tres años de aprendizaje constante y diario. Tres años de trabajo incansable, de perseverar. Perseverar él y perseverar por él. Yo, que soy la antagonista perfecta de la perseverancia. Qué paradojas. Tres años de desandar lo andado para andarlo por otro camino. Pedregoso y más largo. Pero inmensamente gratificante.

Tres años de felicidad y de sufrimiento, como nunca pensé que se podía llegar a sufrir. Tres años de alegrías inconmensurables, de superación y de asombro.

Tres años. Tres años que llegaron cuando una se creía que ya sabía todo retodo sobre la maternidad, para descubrir, en estos tres años, que en realidad no sabe nada.

Tres años de regalo; aunque cierto es que el regalo venía envuelto de diferente manera. Y a mí lo diferente me asusta. Y hasta que me acostumbro a lo diferente pues paso un miedo que te…

Tres años aprendiendo a vivir DÍA A DÍA. Pero DÍA A DÍA literal. Con ese mantra de que cada día tiene su propio afán y que del futuro, ¿por qué preocuparos? Que no significa vivir en la inconsciencia. Pero sí significa dejar de vivir en la hipótesis.

Tres años de bendiciones. Porque, nuestro “magnífico” nos ha robado el corazón a todos.

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Pero sería injusto pensar que todo lo aprendido en el insondable mundo de los hijos ha venido de manos del “magnífico”. Sí es cierto que con él hemos descubierto que nada debe darse por supuesto, que las personas tenemos una capacidad inmensa de superación y a dejarnos sorprender por ello.

Pero a estos tres años de magnificencia, hay que sumar muchos otros. Los 10 años de primogenitura con “B”, con quien hemos “experimentado” y nos estrenamos como dos novatos inconscientes en la paternidad. Los 8 largos años de Don M. 8 años sin prisa, sin ninguna prisa, como si el reloj no existiese, pero con una capacidad de asombro maravillosa. Los 7 beatos años de la Santa, más atenta de los demás que de sí misma. La intensidad de los 5 años de Mariflori, en quien han confluido nuestros genes faranduleros, capillitas y dramáticos en una bomba explosiva.

En definitiva: 10 + 8 + 7 + 5 + 3 = 33 años aprendiendo a ser padres.

Me decía mi amiga Paz, a quien nunca podré estar suficientemente agradecida, que un niño sólo necesita dos cosas fundamentalmente para crecer feliz y formarse como persona de una manera sana: amor y confianza.

Pues así llevamos, sumados, 33 años aprendiendo a dar estas dos cosas tan básicas y tan complicadas al mismo tiempo. La verdad es que “trabajar” en esta viña cada día es agotador pero, como dirían en mi pueblo, presta por la vida.

 

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Como viene siendo habitual, sus Majestades nos han dejado una carta preciosa para que la abriésemos y leyésemos antes de siquiera entrar a ver los regalos.

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Es una carta maravillosa, casi tanto como el encuentro que tuvimos con Baltasar. Pero es bastante personal, así que sólo comparto un trozo. El resto, nos lo guardamos los M-L B. Os animo a pedir a los Reyes que os dejen una carta en casa para el año que viene. Es un regalo estupendo.

¿Y por qué tardo tanto en compartirla? Pues es una buena pregunta. Tardo tanto en compartirla porque, entre otras cosas importantísimas, he pedido a sus Majestades el poder disfrutar más de mis hijos y de mi familia en tiempo real y no en tiempo virtual. Lo real sucede sólo una vez. Lo virtual puede esperar unos días.

Sin más, os dejo unos trozos de la carta.

“Querida familia, o más bien deberíamos decir, queridísima familia, porque ya sabéis que para nosotros, sois una familia muy especial, y así os lo dijo el otro día Baltasar.

Qué alegría más grande nos da siempre venir a vuestra casa. Ahora entraréis a ver los regalos. Ya sabéis que hay muchas familias que piden cosas para vosotros. Por eso, no os defraudéis si hay algo que queríais y no está en esta casa. Paciencia. Hemos pensado en cada uno de vosotros en particular y cada regalo está escogido con un cariño inmenso. Si hay alguna cosa que no os hemos traído, es porque no os conviene. Confiad en nosotros.

Hemos de decir que alguno de vosotros nos ha vuelto un poco locos con la carta este año, cambiando alguna cosa que otra, ¿verdad? Pero pensad que cada cosa que hoy recibáis tiene un significado muy especial. ¿Sabéis cuál? Que Dios os quiere con locura. Cada regalo, por pequeño que sea, viene a demostraros que para Dios nada hay más importante y preciado en el mundo que cada uno de vosotros. Tenedlo muy presente y no lo olvidéis jamás. Esa es la misión que tenemos los Reyes, llevaros la alegría del amor a través de unos presentes.

Este año hemos sido muy generosos, porque Dios ha visto vuestros esfuerzos por mejorar cada día. A Dios no se le escapa nada. Conoce vuestras debilidades y vuestras fortalezas mejor que vosotros mismos. Y valora mucho que os esforcéis por obedecer, por ayudar y por querer a los demás.

Nosotros también os conocemos muy bien. Y sabemos qué cosas os cuestan más. Por ese motivo, además de los regalos que recibáis, hemos hecho unos encargos especiales para cada uno de vosotros que, esperamos, podáis ir recibiendo a lo largo del año. Más que regalos podríamos llamarlos “gracias”.

A ti, papá, te hemos pedido la gracia de[…]

A ti, mamá, te hemos pedido la gracia de ser más tranquila, más serena y menos temperamental. Que puedas ser paciente con todos, darte a ellos sin exigir y vencer tus orgullos y debilidades. No olvides nunca que eres el alma del hogar.

Bruno, a ti te hemos pedido una gracia importante, la de[…]

A ti, Manuel, te pedimos algo que, pensamos, te puede ayudar. Pedimos que[…]

Sarina, cada día vemos tus esfuerzos por ayudar a los demás. Es muy bonito verlo. Pero sabemos que alguna vez[…]

A ti, Clarita, a ti te pedimos la gracia de […]

Juan, ¡nuestro futuro pianista! A ti te pedimos[…] Y recuerda que eres un elegido para demostrar que para Dios, nada hay imposible.

Nos vamos, familia. Disfrutad de todo. No penséis sólo en los regalos, sino en compartir, en estar en familia y sabed que, el mejor regalo es el amor. Rezad y acordaos de que siempre, siempre, siempre, estamos pendientes de vosotros. Pedidnos y nosotros os escucharemos y presentaremos vuestras peticiones a Dios.

Os quieren

Melchor, Gaspar y vuestro querido Baltasar

Como habéis visto, de las gracias especiales sólo os he dejado la mía, que ya son célebres algunas de mis miserias. Las gracias de los demás, son suyas y no seré yo quien las haga públicas.

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Esta carta y un increíble día 6 fueron el colofón de estas fiestas en las que hemos disfrutado muchísimo. Sin grandes planes.

Más bien cosas sencillas. Alguna visita a belenes, tardes de cancha, un poco de cine (“Se armó el Belén”, imprescindible verla con ellos) y mucha casa.

 

Nuestras peleítas, nuestros piques, nuestros perdones, nuestras risas y nuestros llantos. Vamos, que muy normalito todo y, quizá, por eso, muy extraordinario.

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A ver, a ver, por Dios, que tengo yo una pereza y un vagueo que no son tolerables ya. Y quería compartir alguna reflexión a raíz de un vídeo. Soy yo muy de escuchar vídeos de conferencias, especialmente sobre temas de educación, porque soy una friki madre, eso es así. Y he visto uno… ¡La pera! Pero claro, veo vídeo, escribo un poco, paro, vuelvo a ver vídeo, pasan 5 días, me siento a escribir, ya no me acuerdo de la idea, vuelvo a ver vídeo, vuelvo a escribir… Y así no hay manera de sacar algo en claro.

He visto/escuchado un vídeo donde se recogen fragmentos de diferentes discursos de Íñigo Pírfano, quien espero que no se moleste por la mención en este humilde blog. En unos pocos minutos dice tantas cosas trascendentes que he perdido 15.000 neuronas hasta conseguir interiorizar algo, no por él sino por mí. Por eso, debido a mi limitación intelectual, voy a recoger sólo tres ideas, pero recomiendo encarecidamente verlo y ver todos los discursos suyos que hay colgados, por no hablar de cuando dirige, que es una maravilla. Bueno, tres ideas:

  • Liderazgo: capacidad de cautivar, enamorar a nuestro equipo, a los que tenemos a nuestro alrededor; para conseguir de ellos una respuesta entusiasta de adhesión a nuestra visión. Es lo que nosotros estamos llamados a hacer en “nuestras pequeñas orquestas”.
  • La persona que se siente comprendida, va a actuar, a trabajar bien. Pero la persona que se sabe querida, necesariamente va a dar lo mejor de sí.
  • Buscar el dificilísimo equilibrio entre la exigencia y la comprensión.

Fascinante. Tan fascinante que os copio toda la ponencia que hizo en el evento de “Gestionando hijos” para que lo podáis escuchar y no os quedéis sólo con el vídeo resumen anterior.

Intentando ser un poco reflexiva sobre sus palabras, por supuesto que me topo con mis carencias. Pero en seguida me han venido a la mente personas cercanas, familiares, amigos, allegados, conocidos… Personas que, al menos para mí, encarnan algo de estas ideas en su manera de ser. Son tantos que sería imposible nombrarlos a todos. Pero es gente que su sola presencia me motiva y me anima a hacer mejor las cosas, a ir más allá de donde ya estoy. Al menos, a tener en mí el deseo de mejorar y no de conformarme.

Me encanta estar cerca de personas que “me motivan”. Supongo que este pensamiento es obvio, ¿a quién no le gusta estar cerca de gente así? Cierto es que al lado de estas personas y, siendo honesta, veo mi pequeñez; pero de la pequeñez, más concretamente de la humildad, también habla Íñigo Pírfano. En concreto dice “Tener grandeza para transmitir grandeza, pero para esto es necesaria la humildad”. Puffff. Brutal.

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Como decía, hay muchas personas en mi vida con rasgos de los descritos. A algunas las conozco desde siempre, otras desde hace tiempo y las hay que acaban de aparecer. Y, la verdad, es que me siento muy agradecida por estar tan bien rodeada. Si uno está abierto y receptivo, tener cerca a alguna de estas personas te lleva a la reflexión, a la admiración y al intento de imitación. Personas que con su ser y estar, ya exhortan. Y de esto también habla Pírfano (soy una mujer de palabra, dije que me quedaba con tres ideas y voy ya por la quinta). Desmonta respetuosamente la idea de motivación, para hablar de aquellas personas que arrastran a los demás, generando una respuesta automática por la autenticidad con la que viven.

A veces creo que se me nota tanto ese afán por aprender de ellos en esas facetas que me parece que bordan, que me siento como una sanguijuela, pegada e intentando absorber esa sabiduría. Son personas que, nombrando de nuevo la ponencia de Pírfano, tienen brillo en la mirada.

Yo tengo el problema de que todo me interpela y me llama la atención. Todo o casi todo. Y en cuanto veo a alguien con ese brillo en los ojos me fascino. Me fascino por las cosas sencillas: lo bien que cocina y lo poco que mancha al hacerlo; el suave y dulce tono de voz con el que habla siempre, especialmente a sus hijos; todo el conocimiento que él maneja; y de ella, lo mucho que lee y lo que motiva a los suyos a leer. Y así podría seguir con tantas personas y tantas cosas. Cuánto deporte hace. Lo cariñosa que es. Lo bien que se organiza. Las excursiones tan chulas que prepara… ¿Sigo? La verdad es que siempre hay algo admirable en los demás.

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Y, al igual que me fascino con cualidades, me asombro ante las virtudes. Su capacidad de estar al servicio de los demás, de esa manera silenciosa e imperceptible pero vital. Su prudencia. Su confianza en cada momento a pesar de los avatares de la vida. Su vitalidad y positivismo que irradia tanto que a nadie deja indiferente. La humildad, la inteligencia, el tesón, la capacidad de hacer sencillo lo difícil, la paciencia, la admiración que tiene por los demás… Así podría seguir.

Sería imposible nombrar a todas las personas que se me vienen a la mente. De verdad, imposible. Y además me dejaría a muchas en el tintero y resultaría injusto. Pero sí quería hacer una mención especial, como si fuese una dedicatoria, a esas madres magníficas. Apenas hace un año que nos conocemos (y a alguna menos aún) pero es impresionante lo que las admiro y cuánto me motivan. A ellas que me animan a dar lo mejor de mí, a valorar los esfuerzos, a reír de los contratiempos y a superarme. A ellas que tanto me enseñan de las cosas importantes de la vida.

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No estamos todas, pero estamos varias de las “magníficas”

Acabo con la enésima idea “prestada” que le cojo a Íñigo Pírfano a quien quiero agradecer sus magníficas reflexiones. Que no pega nada que lo ponga ahora, pero me da igual, que para eso es mi blog. Porque esta frase es la que me lleva, cada día, a empezar de cero, a querer ser líder de mi “pequeña orquesta” y a aprender de todo y de todos los que me rodean. “Todos somos únicos, irrepetibles e inintercambiables. Capaces de amar y dignos de ser amados”.

abrazo

 

Dice la RAE que paradoja es “Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”. Y yo creo que la maternidad/paternidad es un ejemplo perfecto que representa lo que es una paradoja.

Hablaré de la maternidad, que es lo que me atañe a mí. Sobre la paternidad, consultar al santo.

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Quizá el verano, por la superconvivencia familiar a la que se presta, me pone aún más de manifiesto que la maternidad es una paradoja maravillosa. De esto ya se ha hablado y escrito sobradamente, y por expertos de nivel alto, así que no voy yo a descubrir la pólvora. Simplemente a compartir mi experiencia.

Cómo es posible querer tanto a los niños y al mismo tiempo necesitar que te dejen en paz un rato. Cómo puede ser que esté ávida de que me pidan su ayuda y suspirando porque sean más autónomos. Cómo puede suceder que durante mi jornada laboral me acuerde tanto de ellos y llegue a casa deseosa de estar con ellos y, a las horas, esté deseosa PERO de que se metan en la cama y nos dejen respirar un poco.

Quizá es porque, en la maternidad, todo se vive con tanta intensidad que se pasa de un extremo al otro en cuestión de segundos. Pero las paradojas, en mi caso, llegan a temas mucho más serios y profundos.

Con la maternidad he experimentado las mayores satisfacciones y las más profundas frustraciones. Las mayores alegrías y tristezas. En un mismo día he llegado a pensar que somos héroes y que somos villanos. Que vamos por buen camino y que nos dirigimos a un fracaso estrepitoso. Puede que exagere, pero creo que se me entiende.

Es como vivir en una cambiante constante, como en una ciclotimia absoluta.

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Ojo a la propaganda que hacemos a Organizados y los diferentes usos que damos a sus cajas

Si me parece paradójica la maternidad, paradoja de las paradojas me parece cuando tienes un hijo con alguna discapacidad/dificultad/diferencia/particularidad. Eso ya es un atentado contra toda lógica, al menos en mi caso.

Con nuestro magnífico he descubierto una maternidad muy diferente. Más neurótica, más empática, más sensible pero más resiliente, más paciente con él pero más impaciente con la incertidumbre, más eufórica y más prudente. Reconozco que cada obstáculo que se nos ha presentado en la vida de Juan me ha parecido más grande que un gigante, pero cada superación y triunfo me han sabido a gloria eterna. Hay días que creo chiflar por pequeños detalles que me hacen desesperar o por hitos que quiero que logre ya. Y otros días puedo ver las cosas con perspectiva y apreciar lo bien que está nuestro crack. Sus caídas me duelen en el alma. Sus golpes, como si los recibiese yo. Pero sus alegrías son felicidad para todos. Es como si fuésemos padres por primera vez y todo nos resultase nuevo y diferente. Pero habiendo tenido cuatro churumbeles antes. Muy lógico y normal todo.

Y todo esto ¿por qué? ¿A qué viene ahora? Nuestros hijos, como todos, empezaron hace unas semanas el colegio Llamadme rara, pero me encanta que estén de vacaciones, aunque me agotan. Me chifla que no tengamos que regirnos por ningún horario, aunque me supere la anarquía en las no-rutinas veraniegas. Me da pena que empiecen el cole, aunque al tiempo me ilusiona que lo hagan… Y así podría seguir y así seguiré, en una constante paradoja. Una de las cosas que más me gusta de la vuelta a la rutina es pensar que, al verse menos, también se pelearán menos. Pero esta teoría aún no se ha confirmado.

 

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Pues eso, que se acaba el curso y no iban a ser únicamente los niños los que trajesen el boletín de evaluaciones de fin de curso. Yo también tengo. Eso sí, la forma de evaluar es algo diferente a lo convencional.

Economía del hogar: Aprobado – se valora positivamente los esfuerzos de la alumna durante el curso, especialmente el montante final de la hucha que, entre todos, se consiguió reunir para la boda familiar. No obstante, no debe bajar la guardia, que en verano se suelen adquirir bajos rendimientos en esta materia.

Alimentación equilibrada en el ámbito familiar: Aprobado pero podría mejorarse. Se valora positivamente la labor de los padres en el desarrollo de menús aptos para las tarteras infantiles y los intentos, a veces fallidos, de complementarlo con la cena y con los menús de los que no llevan tartera. Se anima a revisar la oferta de desayuno, inculcando hábitos más saludables para los pequeños.

Matemáticas: Aprobado y con nota. Veremos qué tal se desenvuelve la alumna cuando sus hijos lleguen a las raíces cuadradas, las ecuaciones y las integrales… eso será otro cantar.

Lengua: Sobresaliente. Con todo lo que habla la alumna, no podía ser de otra forma. No obstante y sin perjuicio de la nota, le animamos encarecidamente a esforzarse en mantener un tono de voz más bajo y menos exaltado, así como a usar un lenguaje más positivo a la hora de dirigirse a los demás.

Escucha: Aprobado raspadito. Deberes para el verano – menos hablar y más escuchar y observar. Sabemos que será difícil, pero hay que intentarlo.

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Lecto-escritura: Notable. La alumna demuestra gran entusiasmo en el ámbito de la lectura. También en el de la escritura, pero las exigencias del sistema demandan una mayor frecuencia en el blog.

Memoria: De difícil evaluación. La alumna muestra gran capacidad de retención en determinados ámbitos, pero nula memoria en otros. Se ha constatado que la evaluada podría leer un libro o un texto ya leído anteriormente pareciendo totalmente novedoso. Debe revisar este aspecto.

Capacidad de concentración: Suficiente raspado. La alumna debería evitar la modalidad “multitarea” que suele utilizar para prácticamente todas las actividades diarias.

Estimulación-Fisioterapia-Rehabilitación: Sobresaliente. Un año más, y desde la llegada de “el magnífico” ha demostrado gran capacidad de aprendizaje y de puesta en práctica de tantas actividades como se le han enseñado. Siga así.

Paciencia: Insuficiente. A pesar del esfuerzo realizado y aun habiendo mejorado relativamente, sigue cosechando malos resultados en esta materia. Precisa mayor esfuerzo y dedicación. Actividades propuestas para el verano en esta materia:

  • aguantar tantas representaciones y obras de teatro de “La Mariflori” como la artista ofrezca, mostrando atención y no instando a que sean breves.
  • Escuchar, mostrando interés, todos los comentarios futbolísticos, los últimos fichajes, la rememoración de jugadas y demás hazañas deportivas del sector masculino de la familia.
  • Mostrar pacientemente interés y cariño cada vez que la santa realice cualquier actividad del tipo: pino, pino puente, voltereta lateral, salto a la comba, etc.
  • Dejar que el magnífico pasee empujando carrito, patinete, cochecito u otros utensilios, sin atajar su trayectoria para llegar antes al destino.
  • Pasar tiempo sin hacer nada. Y no instar a los demás para realizar acciones “productivas”. Simplemente, estar.

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Educación física: la alumna no se ha presentado a esta materia.

Gestión del tiempo: sobresaliente. Apreciamos un gran interés de la alumna por ayudar a los demás miembros de la familia a mejorar en esta materia, cosa positiva. Pero no debe resultar tan cargante, deje que los demás aprendan a gestionar el tiempo a su tiempo, por favor.

Rendimiento: S.B. demuestra gran capacidad para rendir en condiciones desfavorables tales como escasez de tiempo, ausencia de descanso, reclamos de atención al unísono por diferentes actores, etc.

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Nota de los tutores: querida Sara, enhorabuena por el esfuerzo realizado durante el curso, te animamos a seguir así y a poner especial interés en aquellas materias en las que flojeas. Disfruta del verano y de los tuyos, mostrando lo agradecida que estás a todo lo que tienes, queriéndolos y cuidándolos. Y ya en septiembre nos vemos. Por favor, no olvides traer el resguardo de las notas firmado por “el santo”.

¡Feliz verano!

 

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Por favor, por favor. Taaaanto tiempo sin escribir y yo con estos pelos. Desde la visita de Sus Majestades hasta hoy han pasado muchas cosas en nuestra vida pero, por lo que realmente me he obligado a sentarme y darle a la tecla es porque el proyecto M-L B cumple 10 años. ¡10 años! ¡X años! ¡Una década! La pera limonera.

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Precioso regalo de aniversario

Hace diez años de ese día maravilloso en el que nos dimos el sí más importante de nuestras vidas. Y ante Dios, la Iglesia y unos cuantos más (nada, poquita cosa, unos 400 invitados), prometimos amarnos, respetarnos, ser fieles y perseverar en las duras y en las maduras. Y de pronto pestañeas y… tienes 5 hijos, una hipoteca y han pasado 10 años. Así, como quien no quiere la cosa.

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Diez años de aprendizaje constante. Constante. Constante. Diez años de momentos muy felices y de hacer historia. Porque soy de las que piensa que en cada nacimiento de un hijo estamos haciendo historia. Probablemente no sea historia de la que se estudia en “Historia Universal” o “Historia contemporánea” o “Historia del S. XXI” pero desde luego sí que haciendo historia, nuestra historia.

Y en este tiempo se confirma todo aquello que se tenía que confirmar. Que el matrimonio no es una empresa sencilla. Que se pasan momentos buenos y momentos no tan buenos. Que el amor es un aprendizaje, que queda muy lejos de las pelis moñas y de las idealizaciones que tanto nos venden. Pero que es lo mejor. Al menos para mí. Es mi vocación. Vocación de esposa y madre, por ese orden.

Agradezco que nadie me vendiese la moto de que la convivencia es sencilla y de que el “enamoramiento” es un sentimiento perenne. Agradezco tener muchos matrimonios cerca que, con su ejemplo, me han enseñado y me enseñan que el amor es también una decisión. Que lo momentos malos o difíciles son incluso más constructivos que los buenos, fáciles y felices.

Agradezco a mi marido su paciencia conmigo, su capacidad de llevar mi difícil carácter y mi pronto explosivo. Agradezco su integridad y su bondad. Agradezco a Dios que lo pusiera en mi camino y que nos diese las armas para aprender a perdonarnos y a confiar en Él. Agradezco tanto tener un hogar, un lugar en el que se me espera y en el que soy querida. Agradezco los cinco regalazos que tenemos por hijos. Y agradezco sentirnos tan arropados y acompañados en esta, nuestra historia.

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Mi fuerte, por si no ha quedado claro hasta ahora, es desmontar mitos. Y pienso que es muy importante desmontar falsos mitos sobre el matrimonio que puede conducir a decepciones. Por eso, recalco que estos diez años son de aprendizaje. Y los 40 siguiente, si Dios quiere, lo seguirán siendo. Aprender a amar. Aprender a controlarse. Aprender a gestionar el tiempo. Aprender a perdonar. Aprender a poner las cosas en su lugar. Aprender que, en esa lista de prioridades, el matrimonio es la primera. Aprender a organizarse. Aprender a tener paciencia y saber que lo malo paso y lo bueno llega y es más bueno que lo bueno anterior. Aprender economía familiar. Aprender a disfrutar.

Y creo que uno de los aprendizajes más bonitos de este tiempo para mí ha sido descubrir la grandeza que se esconde detrás de las pequeñas cosas.

Yo, que he sido animal social, alma callejera y culo de mal asiento, y lo sigo siendo en gran medida, aprendo cada día a disfrutar de la vida familiar. Llegar a casa. Que te reciban con alegría. Ayudar en los deberes, aunque acabemos subiendo el tono de voz o medio enfadados todos. Sentarme a cenar con mi marido cuando ya, ¡por fin!, todos están dormidos. Ver una película en familia. Hacer una excursión. Celebrar los cumpleaños. Leer un libro con ellos. Perseguirlos para que te hagan caso. Ver cómo aprenden a montar en bici. Hacerle una trenza a Mariflori y que te diga: “Mamá, ¿verdad que hoy soy como una princesa?”. Hacer seguimiento a ese primer diente de la Santa que amenaza ya con caerse.

Tener una conversación con el santo esposo de más de 10 minutos sin interrupciones y en persona, es decir, que no sea telefónica. Hacer una comida y ver que todos la disfrutan. Ser testigo de los avances del magnífico. Gritar los goles de los dos mayores en sus partidos de fútbol. Las confidencias contadas mientras se sientan en el trono. Las notitas sorpresa con dibujos  y esa dedicatoria tan maravillosa que reza “Para mamá, de… Te quiero, mucho, mamá”.

Una cena a solas con mi buenorro y paciente esposo… Aunque esto deberíamos intentar que fuese más habitualmente, porque lo de salir de casa los dos solos sin “compango” nos cuesta cuadrarlo un poco. Tener una casa donde la gente venga y se sienta cómoda y acogida…

Veo todo esto y me siento taaan afortunada. Pero no podría ser posible sin un marido como el que tengo. Porque esto es proyecto común. Hace 10 años dejamos de ser JP y S para ser los M-L B. Y me siento orgullosa de ello.

Claro, que tanto almíbar me está empachando. Todo esta vida de las cosas pequeñas hay que aderezarla con un poco de: gritos, algún que otro castigo, amenazas varias, discusiones, reconciliaciones, planes que se van al garete, precariedad económica a ratos, pocas horas de sueño, mucho follón de agenda, ir con la lengua fuera, enmarronar a los abuelos, enmarronar a los tíos, enmarronar a los amigos, enmarronar a todo el que se cruce por el camino, dejarse alguna cita del médico olvidadada, notita de la tutora-castigo-enfado-grito-silenciose pulcral-grito-amenaza-enésimo castigo-perdones varios… Y, sobre todo, con mucha ilusión. Porque si nosotros no ponemos ilusión a nuestro proyecto, ¿quién se lo pondrá?

Diez años de aprendizaje constante. De descubrir el gran regalo que es mi marido. De ver que Dios es fiel, a pesar de todas mis debilidades. Diez años de nuestra historia… y lo que vendrá.

 

Aunque ya haya terminado el tiempo de Navidad, no podía guardarme esto. Hoy no escribo yo, sino los Reyes Magos. Ésta es la carta que sus Majestades nos han dejado en casa y hemos leído antes de abrir los regalos… Nada que añadir.

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“Querida familia:

¡Qué alegría nos da siempre venir a vuestra casa! Un año más, hemos venido felices para traeros algunas cosas, que muestran el amor que Dios os tiene. Porque esa es nuestra función, demostrar al mundo que Dios es amor.

Os hemos dejado algunos regalitos para cada uno y otros para compartir. Va alguna sorpresa, que hemos querido tapar bien para que os sorprenda aún más. Sed generosos y compartid todo, que eso nos gusta a nosotros y le encanta a Dios.

Si veis que hay algo de lo que habéis pedido que no está aquí, recordad que hemos dejado cosas para vosotros en las casas de vuestros familiares, así que no desesperéis, ¿vale Clarita?

Bruno, hemos estado hablando sus majestades y lo que pedías de Star Wars para levantar cosas sin tocarlas no lo hemos traído. Perdónanos pero no es tan chulo como parece y funciona bastante mal. Hemos elegido otras cosas que esperamos sinceramente que te gusten.

Manuel, déjate sorprender por todos los regalos hoy. Aunque pueda haber alguna cosa que no has pedido, te aseguramos que te van a gustar todos.

Sarina, hemos traído un regalo especial que nos lo han pedido desde París para ti. ¿Sabes quién lo ha pedido? Pues sí, tu madrina, Louise.

Juan, disfruta mucho de tus regalos. Hemos intentado buscar cosas que te gusten y que, además, te ayuden a desarrollar esas manitas, que van a dejar sorprendido a todo el mundo. Eres un elegido especial de Dios, Juan.

Todos sois hijos muy especiales para Dios y, en cada uno de vosotros, se ve que Jesús es amor.

Bruno, en tu energía y tu actividad galopante se ve que Jesús es vitalidad y que “no para de hacer cosas” por cada uno de nosotros. Manuel, en tu sensibilidad y tu capacidad de asombrarte, se ve que Jesús es cercano a todo aquello que nos pasa y que desea siempre asombrarnos por cuánto nos quiere. Sarina, en ti se ve que Jesús se preocupa por los demás y quiere para ellos su bien y siempre está dispuesto a ayudarnos. Clara, en ti se ve que Jesús es un Dios que quiere de nosotros todo nuestro amor y nuestra atención. Juan, en ti se ve que Dios tiene unos planes diferentes a los que nosotros queremos, pero que siempre son los mejores planes; y, además, eres la muestra de que nada hay imposible para Dios.

Papá y mamá, en vosotros se puede ver el amor que Dios nos tiene y que, este amor, es el mejor regalo que se puede tener.

Todo esto se ve si vosotros dejáis que sea Jesús el que viva en medio de vuestra familia, si os pedís perdón y perdonáis, y si sois generosos y agradecidos.

Rezad cada noche y pedid por los que lo necesitan, que nosotros os vemos y escuchamos en todo momento y Jesús también.

Familia, un fuerte abrazo para todos y disfrutad mucho de cada instante porque este hogar que tenéis es un regalo maravilloso que Dios os hace cada día. Aprovechadlo.

Os quieren:

Melchor, Gaspar y Baltasar

¡Ah! Gracias por los dulces y la bebida, así da gusto pasar por esta casa.”

Y con este regalo maravilloso de sus Majestades, despedimos el tiempo Navideño. Sin nostalgia ni amargura, que todo el año es Navidad.

 

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Vieron salir su estrella y fueron a adorarlo

 

He rehecho este post tres o cuatro veces. Nada me convence. Quizá es mi necesidad de agradar a todo el mundo y de que nadie se sienta ofendido. O la inseguridad que tantas veces se apodera de mí. A ver si ésta es la vez definitiva.

Me sorprendo últimamente con un cierto sentimiento de envidia. Envidia a todas esas fotos que la gente comparte por redes sociales, o te manda por Whatts App o las ideas que me monto en la cabeza en función de lo que los demás me cuentan… Porque, me da la sensación, de que todas emanan perfección. Vidas perfectas. Casas ordenadas y con un gusto maravilloso. Con muebles “que te pasas de chulos” y cortinas a conjunto. Comidas sanas, saludables y equilibradas. Cuerpos esculturales. Niños obedientes y perfectamente conjuntados que son muy felices. Planes perfectos.

Dicho esto, quiero aclarar que seguramente yo soy la primera en no darme cuenta de que en las redes sociales, en las conversaciones con padres del cole durante los cumpleaños… en general en la vida, doy una imagen proyectada de mí y de mi familia que se aleja mucho de la realidad. Sinceramente, creo que no es así, pero seguro que se me escapa en diversas ocasiones el pintar la realidad para que parezca “más mona”.

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El caso es que últimamente sólo veo perfección en todos lados y esto me hace pensar y pensar. Lógicamente, cada uno vemos las cosas con nuestra mirada y nos montamos la película de lo que hay detrás de todo eso. Pero es imposible no suponer algo de ensueño, que está mucho más cerca de lo divino que de lo humano. Y claro, una entra en bucle pensando “algo debo estar haciendo mal…”

 Voy a partir, por supuesto, del respeto hacia todo el mundo. Cada uno comparte con los demás lo que le da la gana y como le da la gana, faltaría más. Pero por si hay alguien tan vulnerable como yo que siente que su vida queda muy alejada de aquello que ve a través de la mirada de otros, quiero decirle ¡¡NO ESTÁS SOLO!! ¡¡A MÍ ME PASA IGUAL!!

Siempre digo que yo no soy ejemplo de nada en absoluto. Y no lo digo por falsa modestia, ni por deseo de que los demás me reafirmen en lo contrario, ni por victimismo. Lo digo porque es así. Y, ¿sabéis qué? Que no pasa nada. Es más, es un descanso absoluto.

Mis hijos no son los más listos, ni los más guapos. Por supuesto, no son los más obedientes, ni siquiera son obedientes en la mayoría de las ocasiones. Seguramente esto es fruto de que tienen una madre muy poco pedagógica que pierde los nervios muchas veces al día y da más gritos de los que son tolerables para unos tímpanos sanos.

Mi casa es una casa… ¿cómo decirlo? Es una casa muy vivida. Con poco espacio y demasiadas cosas. Con habitantes desordenados, empezando por mí (esto lo tiene muy claro casi todo el mundo; el orden no es mi fuerte y eso que he mejorado). Podemos estar mucho tiempo con una bombilla sin lámpara, con un pantalón sin rodillera, con una bolsa de “ropa para dar” esperando en la puerta de casa.

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“La mesilla” del cuarto de los chicos

A veces toca repetir pasta dos días seguidos. Y se nos va la mano con los sobaos y magdalenas en el desayuno. Y el jersey del uniforme va sin planchar, porque pusimos la lavadora muy tarde.

Cuando viene a nuestra casa el “Libro viajero” del colegio, es muy probable que las páginas se vayan con algún manchurrón de comida, que se quede algo pegado por un pegote de “prit” y que no sean las páginas más estéticas de todas las del libro.

A las 21.00 h., cuando estás en plena batalla campal para meter a los gladiadores en sus camas, nuestra casa está más cerca de ser un escenario de “Jurassic park” que de un reportaje de “Casa y Jardín”.

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Jurassic home

En el “Quién es quién” hemos perdido a Paul y a Richard antes siquiera de haber terminado la primera partida. Y el libro de “El pollo Pepe” ahora es un coleccionable por fascículos.

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Pollo Pepe coleccionable

El 60% de nuestra ropa tiene manchas indelebles. Y cuando nos llega el encargo de hacer a mano una figura para el Nacimiento de la Guardería, nuestro pastorcillo se distingue a leguas.

No saco tiempo para ver una peli entera con los niños y me cuesta sentarme con ellos a jugar. Vamos, que yo soy un antagónico de la perfección.

Pero, sinceramente, ¿quién es perfecto? Si alguien levanta la mano, sólo puedo compadecerme de él. Ser perfecto debe generar un nivel de estrés inasumible en el día a día.

Y, además, ¿dónde está escrito que el ideal de la vida sea la perfección? ¿Quién ha sentenciado que lo divertido es perfecto? ¿Que lo apasionante es perfecto? ¿Que lo bello es perfecto?

Todo esto no deja de ser un bofetón hacia mí misma y la tontería que me entra por la envidia. Porque, como dice mi amiga María M. no existe la envidia buena. Existe la admiración. Pero la envidia buena, como tal, no existe.

No significa, con todo esto, que no haya aspectos de mí y de la vida que no trabaje por mejorarlo. Miles de ellos, en serio. Pero sin obsesión.

Además, la imperfección, a mi juicio, habla de realidad. De cosas y personas que son. De casas con alma (la mía tiene un alma que flipáis, jajajajja). El imperfecto necesita a los demás para su vida. Y necesitar a los demás es lo más maravilloso que pueda haber. Gente que te ayuda y te hace crecer. Yo soy muy muy muy imperfecta, de verdad. Y creo que cuanto más imperfecta me descubro, mejor me viene, porque así identifico en qué cosas puedo poner mis objetivos para intentar mejorar y más ayuda pido a los demás. Pedir ayuda no significa deshacer del tema y que otro te resuelva la papeleta. Pedir ayuda es decir: “mira, a esto no llego, lo hago fatal y sé que con tu ayuda el resultado sería mejor que sin ella”. Es un acto maravilloso de humildad que a mí me cuesta un montón pero que me ayuda a colocarme en mi lugar y repetirme: Sara, no eres perfecta, no eres omnipotente. Es más, eres bastante mediocre. Pero no pasa nada. NO PASA NADA.

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Ayudar y ser ayudado

Así que ¡viva la imperfección! Los niños despeinados. Las casas “vividas”. La falta de espacio. La necesidad de los demás. La falta de tiempo. El afán por mejorar. Las manchas de comida. Las bombillas sin lámpara y los juguetes rotos.

Y viva el descanso de que todo esto sea así. Porque cuando esto mejore, aparecerán otras imperfecciones.