Estoy un poco obsesionada con que mis hijos lean. Que lean cada noche, en la cama, un ratito antes de dormir. Por lo menos eso. Que puedan descubrir el inmenso placer que hay detrás de la lectura. Un placer que esconde mucho más que el simple deleite, porque te abre a miles de mundos nuevos, te regala conocimiento al mismo tiempo que disfrutas. Y como decía mi abuela, o eso he oído decir a mi madre como un mantra durante mi infancia y juventud: “Desde que se inventó el leer, sólo se aburren los tontos”.

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En casa siempre hemos estado rodeados por libros. Nunca he llegado a sufrir el “horror vacui” de no tener qué leer. Es más, en casa de mis padres haría falta ser un voraz y veloz lector para abarcar todo los libros que tienen en una única y longeva vida.

Recuerdo perfectamente haber disfrutado muchísimo de algunos libros que ahora son prácticamente imposibles de conseguir… Así, buscamos “Un huevo de Pascua grande grandísimo precioso preciosísimo”.

También con James Stevenson gritamos una y otra vez “No nos podemos dormir”. Y con nuestros vecinos del quinto, unas vacaciones de Navidad, deleitamos a nuestros padres representando “La noche después de Navidad”. (Por cierto, que hace mucho que estos cuentos con ilustraciones maravillosas, ya no se editan. Si alguien tiene uno y quiere deshacerse de él, ¡que me escriba!)

Pasaron los años y, con momentos de altibajo, seguí creciendo rodeada de cuentos, historias y libros. Nunca he sido tan lectora como me gustaría, pero nunca lo he dejado de lado. Y aunque no recuerdo prácticamente nada de las historias de cada libro, sí sé, a ciencia cierta, que los he disfrutado a rabiar.

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Así, en mi infancia y paso a la juventud, me indigné “Cuando Hitler robó el conejo rosa” (Judith Kerr), disfruté con todas y cada una de las historias de Tintín y Milú, como no podía ser de otra manera, y es a Hergé a quien debo mi apodo familiar. Hice mi particular “Cruzada en jeans” (Thea Beckman)  y recientemente lo he releído, haciendo una gran excepción a la norma que mantengo de no releer nada, faltándome tanto por abordar.

 

Mantengo que “La vida sale al encuentro” (José Luis Martín Vigil), “Los renglones torcidos de Dios” y “Edad Prohibida” (Torcuato Luca de Tena) son lecturas imprescindibles en un momento determinado.

Y pasé por magníficas historias de la mano de Roal Dahl. Adoré a Saint-Exupèry pero con él y con “Juan Salvador Gaviota” comprendí que hay libros que tienen un momento concreto en el que leerlos. Pasado éste, puede que sólo nos lleven al desconcierto por su éxito. Padecí con “Ana Frank”, comprendí que “La vida es sueño”(Calderón de la Barca) y con mi hermano mayor soy capaz de recitar la poesía que el joven Luis recita a su enamorada, Charito en “Las bicicletas son para el verano” (Fernando Fernán Gómez):

 “Quiero estar siempre a tu lado/ quiero a tu lado estar siempre / aunque se pasen las horas…”

Pero creo que no me equivoco si digo que fueron dos libros los que me hicieron pasar de la afición al amor por la lectura, del leer infantil al leer de otra manera. “El camino” de Miguel Delibes supuso un hito para mí. Cómo se puede disfrutar tanto de una lectura hasta el punto de desear olvidarlo para volver a leerlo. Y otro gran descubrimiento fue “El otro árbol de Guernica”, un libro sobre los niños en la Guerra Civil española. Yo veía cómo mi madre lo prestaba y pasaba de un primo a otro, todos mayores que yo, hasta que llegó mi momento. Quizá si alguien lo lee ahora, no lo encuentre gran cosa. Pero cuando lo leí, supuso un primer acercamiento al drama de nuestra historia reciente.

Herman Hesse me desconcertó “Bajo las ruedas” y lo odié en “Demian”. “El guardián entre el centeno” (Salinger), “El perfume” (P. Suskind), “La tregua” (M. Benedetti) cayeron en mis manos por regalos o recomendaciones de personas cercanas, con mayor o menor acierto. Lo que me gusta a mí leer por recomendación, oiga.

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No volví a ser la misma después de sufrir con o por Anna Karenina (Tolstói) y por la Sra. Dalloway (Virgnia Woolf). Y entendí gran parte de lo que es el amor, deseando ser una “Señora de rojo sobre fondo gris” (Delibes, al que adoro a más no poder).

Me hice de la misma extraña familia que Maribel y lloré de risa allí y con casi todo lo que caía en mis manos de Miura. Conocer Madrid de la mano de la “Señá Benina” en “Misericordia” (Galdós) me enseñó a descubrir cómo era la vida de dura en el Madrid de entonces.

Con “Pepita Jiménez” y “84 Charing Cross Road” confirmé qué grandes novelas pueden surgir del género epistolar.

Y me alegré de hacer caso a Ángela y Juan Antonio al acercarme a “El arte de amar” (Erich Fromm).

He leído de todo palo y condición. Desde Coetze y su “Desgracia” hasta “El curioso incidente del perro a media noche” (Mark Haddon). Desde vidas de santos (Padre Pío, Santa Clara, Santa Teresa…) o las “Florecillas” de San Francisco hasta novelas que me hicieron casi perder la fe en la humanidad como el “Ensayo sobre la ceguera” y “El señor de las moscas”.

Me apestó Dorian Gray. No la obra, pero sí el personaje. Y comprendí que cuando uno se mete dentro de la historia puedes llegar a aborrecer o adorar hasta el extremo. Así, en la Trilogía de “Los Gozos y las sombras” amé a Carlos Deza y deseé ser Churruchao desde mi nacimiento.

Gracias a mis primos, Carmen e Ignacio, entré en el adictivo mundo del Comisario Montalbano, y nunca jamás me ha puesto falta Camilleri a ninguna de sus citas. Y también gracias a ellos, descubrí la genialidad de Fred Vargas y lo mismo reí hasta llorar que sufrí la incertidumbre de “Los Tres evangelistas”. Porque no hay nada tan entretenido como la novela policíaca/negra bien escrita y con buenos personajes.

Llamo Mancuso a otro de mis primos, pero nadie que no haya leído “La Conjura de los necios” puede entender por qué.

Amé en los tiempos del cólera, aunque me parecieron tiempos más largos que un día sin pan, he de reconocer.

Y me fui de viaje de novios a Myanmar con mi santo esposo y George Orwell en la maleta en “Los días de Birmania”, lo que me permitió comprender un poco más ese lugar tan maravilloso como desconcertante. Si preguntan en un trivial, sé que es Macondo donde puedes vivir “Cien años de soledad”

Reconozco mucho del periodismo de hoy en día en “El honor perdido de Khatharina Blum” (H. Boll) y siento lástima de mi profesión por ello.

Y más recientemente, gracias a mi amiga Teresa y unas magníficas lectoras, me he dado una vuelta al mundo en 80 días (no soy capaz de recordar si había leído esta novela de Verne en mis años mozuelos), he alucinado con Cicerón (“La columna de hierro” de Taylor Caldwell) y lo que te rondaré moreno.

Aunque no recuerde prácticamente nada, aunque sólo me quede la esencia de “si me gustó” o no, o quizá ni siquiera eso, ahí están y han estado. Construyendo y cimentando. Como todos esos recuerdos que, a pesar de no estar en nuestro consciente más accesible, han sido y serán parte de nuestra vida y nos han edificado de una u otra manera.

No tengo la receta para que mis hijos lean, pero si al final no lo hacen, no será porque su madre no se lo repitió hasta “1984” (G. Orwell) veces.

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Esta semana estamos de celebración. Porque así somos, de adelantar y alargar las celebraciones y no ceñirnos a un solo día. Tres añazos ya. ¡Qué barbaridad! ¡Si casi no nos hemos dado cuenta! Ahora aquí irían las frases típicas del gran tópico sobre el paso del tiempo, etc.

Lo cierto y verdad es que el tiempo pasa rápido y conviene parar de vez en cuando y ver con perspectiva las cosas.

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Tres años. Tres años de aprendizaje constante y diario. Tres años de trabajo incansable, de perseverar. Perseverar él y perseverar por él. Yo, que soy la antagonista perfecta de la perseverancia. Qué paradojas. Tres años de desandar lo andado para andarlo por otro camino. Pedregoso y más largo. Pero inmensamente gratificante.

Tres años de felicidad y de sufrimiento, como nunca pensé que se podía llegar a sufrir. Tres años de alegrías inconmensurables, de superación y de asombro.

Tres años. Tres años que llegaron cuando una se creía que ya sabía todo retodo sobre la maternidad, para descubrir, en estos tres años, que en realidad no sabe nada.

Tres años de regalo; aunque cierto es que el regalo venía envuelto de diferente manera. Y a mí lo diferente me asusta. Y hasta que me acostumbro a lo diferente pues paso un miedo que te…

Tres años aprendiendo a vivir DÍA A DÍA. Pero DÍA A DÍA literal. Con ese mantra de que cada día tiene su propio afán y que del futuro, ¿por qué preocuparos? Que no significa vivir en la inconsciencia. Pero sí significa dejar de vivir en la hipótesis.

Tres años de bendiciones. Porque, nuestro “magnífico” nos ha robado el corazón a todos.

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Pero sería injusto pensar que todo lo aprendido en el insondable mundo de los hijos ha venido de manos del “magnífico”. Sí es cierto que con él hemos descubierto que nada debe darse por supuesto, que las personas tenemos una capacidad inmensa de superación y a dejarnos sorprender por ello.

Pero a estos tres años de magnificencia, hay que sumar muchos otros. Los 10 años de primogenitura con “B”, con quien hemos “experimentado” y nos estrenamos como dos novatos inconscientes en la paternidad. Los 8 largos años de Don M. 8 años sin prisa, sin ninguna prisa, como si el reloj no existiese, pero con una capacidad de asombro maravillosa. Los 7 beatos años de la Santa, más atenta de los demás que de sí misma. La intensidad de los 5 años de Mariflori, en quien han confluido nuestros genes faranduleros, capillitas y dramáticos en una bomba explosiva.

En definitiva: 10 + 8 + 7 + 5 + 3 = 33 años aprendiendo a ser padres.

Me decía mi amiga Paz, a quien nunca podré estar suficientemente agradecida, que un niño sólo necesita dos cosas fundamentalmente para crecer feliz y formarse como persona de una manera sana: amor y confianza.

Pues así llevamos, sumados, 33 años aprendiendo a dar estas dos cosas tan básicas y tan complicadas al mismo tiempo. La verdad es que “trabajar” en esta viña cada día es agotador pero, como dirían en mi pueblo, presta por la vida.

 

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Como viene siendo habitual, sus Majestades nos han dejado una carta preciosa para que la abriésemos y leyésemos antes de siquiera entrar a ver los regalos.

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Es una carta maravillosa, casi tanto como el encuentro que tuvimos con Baltasar. Pero es bastante personal, así que sólo comparto un trozo. El resto, nos lo guardamos los M-L B. Os animo a pedir a los Reyes que os dejen una carta en casa para el año que viene. Es un regalo estupendo.

¿Y por qué tardo tanto en compartirla? Pues es una buena pregunta. Tardo tanto en compartirla porque, entre otras cosas importantísimas, he pedido a sus Majestades el poder disfrutar más de mis hijos y de mi familia en tiempo real y no en tiempo virtual. Lo real sucede sólo una vez. Lo virtual puede esperar unos días.

Sin más, os dejo unos trozos de la carta.

“Querida familia, o más bien deberíamos decir, queridísima familia, porque ya sabéis que para nosotros, sois una familia muy especial, y así os lo dijo el otro día Baltasar.

Qué alegría más grande nos da siempre venir a vuestra casa. Ahora entraréis a ver los regalos. Ya sabéis que hay muchas familias que piden cosas para vosotros. Por eso, no os defraudéis si hay algo que queríais y no está en esta casa. Paciencia. Hemos pensado en cada uno de vosotros en particular y cada regalo está escogido con un cariño inmenso. Si hay alguna cosa que no os hemos traído, es porque no os conviene. Confiad en nosotros.

Hemos de decir que alguno de vosotros nos ha vuelto un poco locos con la carta este año, cambiando alguna cosa que otra, ¿verdad? Pero pensad que cada cosa que hoy recibáis tiene un significado muy especial. ¿Sabéis cuál? Que Dios os quiere con locura. Cada regalo, por pequeño que sea, viene a demostraros que para Dios nada hay más importante y preciado en el mundo que cada uno de vosotros. Tenedlo muy presente y no lo olvidéis jamás. Esa es la misión que tenemos los Reyes, llevaros la alegría del amor a través de unos presentes.

Este año hemos sido muy generosos, porque Dios ha visto vuestros esfuerzos por mejorar cada día. A Dios no se le escapa nada. Conoce vuestras debilidades y vuestras fortalezas mejor que vosotros mismos. Y valora mucho que os esforcéis por obedecer, por ayudar y por querer a los demás.

Nosotros también os conocemos muy bien. Y sabemos qué cosas os cuestan más. Por ese motivo, además de los regalos que recibáis, hemos hecho unos encargos especiales para cada uno de vosotros que, esperamos, podáis ir recibiendo a lo largo del año. Más que regalos podríamos llamarlos “gracias”.

A ti, papá, te hemos pedido la gracia de[…]

A ti, mamá, te hemos pedido la gracia de ser más tranquila, más serena y menos temperamental. Que puedas ser paciente con todos, darte a ellos sin exigir y vencer tus orgullos y debilidades. No olvides nunca que eres el alma del hogar.

Bruno, a ti te hemos pedido una gracia importante, la de[…]

A ti, Manuel, te pedimos algo que, pensamos, te puede ayudar. Pedimos que[…]

Sarina, cada día vemos tus esfuerzos por ayudar a los demás. Es muy bonito verlo. Pero sabemos que alguna vez[…]

A ti, Clarita, a ti te pedimos la gracia de […]

Juan, ¡nuestro futuro pianista! A ti te pedimos[…] Y recuerda que eres un elegido para demostrar que para Dios, nada hay imposible.

Nos vamos, familia. Disfrutad de todo. No penséis sólo en los regalos, sino en compartir, en estar en familia y sabed que, el mejor regalo es el amor. Rezad y acordaos de que siempre, siempre, siempre, estamos pendientes de vosotros. Pedidnos y nosotros os escucharemos y presentaremos vuestras peticiones a Dios.

Os quieren

Melchor, Gaspar y vuestro querido Baltasar

Como habéis visto, de las gracias especiales sólo os he dejado la mía, que ya son célebres algunas de mis miserias. Las gracias de los demás, son suyas y no seré yo quien las haga públicas.

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Esta carta y un increíble día 6 fueron el colofón de estas fiestas en las que hemos disfrutado muchísimo. Sin grandes planes.

Más bien cosas sencillas. Alguna visita a belenes, tardes de cancha, un poco de cine (“Se armó el Belén”, imprescindible verla con ellos) y mucha casa.

 

Nuestras peleítas, nuestros piques, nuestros perdones, nuestras risas y nuestros llantos. Vamos, que muy normalito todo y, quizá, por eso, muy extraordinario.

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A ver, a ver, por Dios, que tengo yo una pereza y un vagueo que no son tolerables ya. Y quería compartir alguna reflexión a raíz de un vídeo. Soy yo muy de escuchar vídeos de conferencias, especialmente sobre temas de educación, porque soy una friki madre, eso es así. Y he visto uno… ¡La pera! Pero claro, veo vídeo, escribo un poco, paro, vuelvo a ver vídeo, pasan 5 días, me siento a escribir, ya no me acuerdo de la idea, vuelvo a ver vídeo, vuelvo a escribir… Y así no hay manera de sacar algo en claro.

He visto/escuchado un vídeo donde se recogen fragmentos de diferentes discursos de Íñigo Pírfano, quien espero que no se moleste por la mención en este humilde blog. En unos pocos minutos dice tantas cosas trascendentes que he perdido 15.000 neuronas hasta conseguir interiorizar algo, no por él sino por mí. Por eso, debido a mi limitación intelectual, voy a recoger sólo tres ideas, pero recomiendo encarecidamente verlo y ver todos los discursos suyos que hay colgados, por no hablar de cuando dirige, que es una maravilla. Bueno, tres ideas:

  • Liderazgo: capacidad de cautivar, enamorar a nuestro equipo, a los que tenemos a nuestro alrededor; para conseguir de ellos una respuesta entusiasta de adhesión a nuestra visión. Es lo que nosotros estamos llamados a hacer en “nuestras pequeñas orquestas”.
  • La persona que se siente comprendida, va a actuar, a trabajar bien. Pero la persona que se sabe querida, necesariamente va a dar lo mejor de sí.
  • Buscar el dificilísimo equilibrio entre la exigencia y la comprensión.

Fascinante. Tan fascinante que os copio toda la ponencia que hizo en el evento de “Gestionando hijos” para que lo podáis escuchar y no os quedéis sólo con el vídeo resumen anterior.

Intentando ser un poco reflexiva sobre sus palabras, por supuesto que me topo con mis carencias. Pero en seguida me han venido a la mente personas cercanas, familiares, amigos, allegados, conocidos… Personas que, al menos para mí, encarnan algo de estas ideas en su manera de ser. Son tantos que sería imposible nombrarlos a todos. Pero es gente que su sola presencia me motiva y me anima a hacer mejor las cosas, a ir más allá de donde ya estoy. Al menos, a tener en mí el deseo de mejorar y no de conformarme.

Me encanta estar cerca de personas que “me motivan”. Supongo que este pensamiento es obvio, ¿a quién no le gusta estar cerca de gente así? Cierto es que al lado de estas personas y, siendo honesta, veo mi pequeñez; pero de la pequeñez, más concretamente de la humildad, también habla Íñigo Pírfano. En concreto dice “Tener grandeza para transmitir grandeza, pero para esto es necesaria la humildad”. Puffff. Brutal.

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Como decía, hay muchas personas en mi vida con rasgos de los descritos. A algunas las conozco desde siempre, otras desde hace tiempo y las hay que acaban de aparecer. Y, la verdad, es que me siento muy agradecida por estar tan bien rodeada. Si uno está abierto y receptivo, tener cerca a alguna de estas personas te lleva a la reflexión, a la admiración y al intento de imitación. Personas que con su ser y estar, ya exhortan. Y de esto también habla Pírfano (soy una mujer de palabra, dije que me quedaba con tres ideas y voy ya por la quinta). Desmonta respetuosamente la idea de motivación, para hablar de aquellas personas que arrastran a los demás, generando una respuesta automática por la autenticidad con la que viven.

A veces creo que se me nota tanto ese afán por aprender de ellos en esas facetas que me parece que bordan, que me siento como una sanguijuela, pegada e intentando absorber esa sabiduría. Son personas que, nombrando de nuevo la ponencia de Pírfano, tienen brillo en la mirada.

Yo tengo el problema de que todo me interpela y me llama la atención. Todo o casi todo. Y en cuanto veo a alguien con ese brillo en los ojos me fascino. Me fascino por las cosas sencillas: lo bien que cocina y lo poco que mancha al hacerlo; el suave y dulce tono de voz con el que habla siempre, especialmente a sus hijos; todo el conocimiento que él maneja; y de ella, lo mucho que lee y lo que motiva a los suyos a leer. Y así podría seguir con tantas personas y tantas cosas. Cuánto deporte hace. Lo cariñosa que es. Lo bien que se organiza. Las excursiones tan chulas que prepara… ¿Sigo? La verdad es que siempre hay algo admirable en los demás.

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Y, al igual que me fascino con cualidades, me asombro ante las virtudes. Su capacidad de estar al servicio de los demás, de esa manera silenciosa e imperceptible pero vital. Su prudencia. Su confianza en cada momento a pesar de los avatares de la vida. Su vitalidad y positivismo que irradia tanto que a nadie deja indiferente. La humildad, la inteligencia, el tesón, la capacidad de hacer sencillo lo difícil, la paciencia, la admiración que tiene por los demás… Así podría seguir.

Sería imposible nombrar a todas las personas que se me vienen a la mente. De verdad, imposible. Y además me dejaría a muchas en el tintero y resultaría injusto. Pero sí quería hacer una mención especial, como si fuese una dedicatoria, a esas madres magníficas. Apenas hace un año que nos conocemos (y a alguna menos aún) pero es impresionante lo que las admiro y cuánto me motivan. A ellas que me animan a dar lo mejor de mí, a valorar los esfuerzos, a reír de los contratiempos y a superarme. A ellas que tanto me enseñan de las cosas importantes de la vida.

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No estamos todas, pero estamos varias de las “magníficas”

Acabo con la enésima idea “prestada” que le cojo a Íñigo Pírfano a quien quiero agradecer sus magníficas reflexiones. Que no pega nada que lo ponga ahora, pero me da igual, que para eso es mi blog. Porque esta frase es la que me lleva, cada día, a empezar de cero, a querer ser líder de mi “pequeña orquesta” y a aprender de todo y de todos los que me rodean. “Todos somos únicos, irrepetibles e inintercambiables. Capaces de amar y dignos de ser amados”.

abrazo

 

Dice la RAE que paradoja es “Hecho o expresión aparentemente contrarios a la lógica”. Y yo creo que la maternidad/paternidad es un ejemplo perfecto que representa lo que es una paradoja.

Hablaré de la maternidad, que es lo que me atañe a mí. Sobre la paternidad, consultar al santo.

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Quizá el verano, por la superconvivencia familiar a la que se presta, me pone aún más de manifiesto que la maternidad es una paradoja maravillosa. De esto ya se ha hablado y escrito sobradamente, y por expertos de nivel alto, así que no voy yo a descubrir la pólvora. Simplemente a compartir mi experiencia.

Cómo es posible querer tanto a los niños y al mismo tiempo necesitar que te dejen en paz un rato. Cómo puede ser que esté ávida de que me pidan su ayuda y suspirando porque sean más autónomos. Cómo puede suceder que durante mi jornada laboral me acuerde tanto de ellos y llegue a casa deseosa de estar con ellos y, a las horas, esté deseosa PERO de que se metan en la cama y nos dejen respirar un poco.

Quizá es porque, en la maternidad, todo se vive con tanta intensidad que se pasa de un extremo al otro en cuestión de segundos. Pero las paradojas, en mi caso, llegan a temas mucho más serios y profundos.

Con la maternidad he experimentado las mayores satisfacciones y las más profundas frustraciones. Las mayores alegrías y tristezas. En un mismo día he llegado a pensar que somos héroes y que somos villanos. Que vamos por buen camino y que nos dirigimos a un fracaso estrepitoso. Puede que exagere, pero creo que se me entiende.

Es como vivir en una cambiante constante, como en una ciclotimia absoluta.

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Ojo a la propaganda que hacemos a Organizados y los diferentes usos que damos a sus cajas

Si me parece paradójica la maternidad, paradoja de las paradojas me parece cuando tienes un hijo con alguna discapacidad/dificultad/diferencia/particularidad. Eso ya es un atentado contra toda lógica, al menos en mi caso.

Con nuestro magnífico he descubierto una maternidad muy diferente. Más neurótica, más empática, más sensible pero más resiliente, más paciente con él pero más impaciente con la incertidumbre, más eufórica y más prudente. Reconozco que cada obstáculo que se nos ha presentado en la vida de Juan me ha parecido más grande que un gigante, pero cada superación y triunfo me han sabido a gloria eterna. Hay días que creo chiflar por pequeños detalles que me hacen desesperar o por hitos que quiero que logre ya. Y otros días puedo ver las cosas con perspectiva y apreciar lo bien que está nuestro crack. Sus caídas me duelen en el alma. Sus golpes, como si los recibiese yo. Pero sus alegrías son felicidad para todos. Es como si fuésemos padres por primera vez y todo nos resultase nuevo y diferente. Pero habiendo tenido cuatro churumbeles antes. Muy lógico y normal todo.

Y todo esto ¿por qué? ¿A qué viene ahora? Nuestros hijos, como todos, empezaron hace unas semanas el colegio Llamadme rara, pero me encanta que estén de vacaciones, aunque me agotan. Me chifla que no tengamos que regirnos por ningún horario, aunque me supere la anarquía en las no-rutinas veraniegas. Me da pena que empiecen el cole, aunque al tiempo me ilusiona que lo hagan… Y así podría seguir y así seguiré, en una constante paradoja. Una de las cosas que más me gusta de la vuelta a la rutina es pensar que, al verse menos, también se pelearán menos. Pero esta teoría aún no se ha confirmado.

 

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Pues eso, que se acaba el curso y no iban a ser únicamente los niños los que trajesen el boletín de evaluaciones de fin de curso. Yo también tengo. Eso sí, la forma de evaluar es algo diferente a lo convencional.

Economía del hogar: Aprobado – se valora positivamente los esfuerzos de la alumna durante el curso, especialmente el montante final de la hucha que, entre todos, se consiguió reunir para la boda familiar. No obstante, no debe bajar la guardia, que en verano se suelen adquirir bajos rendimientos en esta materia.

Alimentación equilibrada en el ámbito familiar: Aprobado pero podría mejorarse. Se valora positivamente la labor de los padres en el desarrollo de menús aptos para las tarteras infantiles y los intentos, a veces fallidos, de complementarlo con la cena y con los menús de los que no llevan tartera. Se anima a revisar la oferta de desayuno, inculcando hábitos más saludables para los pequeños.

Matemáticas: Aprobado y con nota. Veremos qué tal se desenvuelve la alumna cuando sus hijos lleguen a las raíces cuadradas, las ecuaciones y las integrales… eso será otro cantar.

Lengua: Sobresaliente. Con todo lo que habla la alumna, no podía ser de otra forma. No obstante y sin perjuicio de la nota, le animamos encarecidamente a esforzarse en mantener un tono de voz más bajo y menos exaltado, así como a usar un lenguaje más positivo a la hora de dirigirse a los demás.

Escucha: Aprobado raspadito. Deberes para el verano – menos hablar y más escuchar y observar. Sabemos que será difícil, pero hay que intentarlo.

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Lecto-escritura: Notable. La alumna demuestra gran entusiasmo en el ámbito de la lectura. También en el de la escritura, pero las exigencias del sistema demandan una mayor frecuencia en el blog.

Memoria: De difícil evaluación. La alumna muestra gran capacidad de retención en determinados ámbitos, pero nula memoria en otros. Se ha constatado que la evaluada podría leer un libro o un texto ya leído anteriormente pareciendo totalmente novedoso. Debe revisar este aspecto.

Capacidad de concentración: Suficiente raspado. La alumna debería evitar la modalidad “multitarea” que suele utilizar para prácticamente todas las actividades diarias.

Estimulación-Fisioterapia-Rehabilitación: Sobresaliente. Un año más, y desde la llegada de “el magnífico” ha demostrado gran capacidad de aprendizaje y de puesta en práctica de tantas actividades como se le han enseñado. Siga así.

Paciencia: Insuficiente. A pesar del esfuerzo realizado y aun habiendo mejorado relativamente, sigue cosechando malos resultados en esta materia. Precisa mayor esfuerzo y dedicación. Actividades propuestas para el verano en esta materia:

  • aguantar tantas representaciones y obras de teatro de “La Mariflori” como la artista ofrezca, mostrando atención y no instando a que sean breves.
  • Escuchar, mostrando interés, todos los comentarios futbolísticos, los últimos fichajes, la rememoración de jugadas y demás hazañas deportivas del sector masculino de la familia.
  • Mostrar pacientemente interés y cariño cada vez que la santa realice cualquier actividad del tipo: pino, pino puente, voltereta lateral, salto a la comba, etc.
  • Dejar que el magnífico pasee empujando carrito, patinete, cochecito u otros utensilios, sin atajar su trayectoria para llegar antes al destino.
  • Pasar tiempo sin hacer nada. Y no instar a los demás para realizar acciones “productivas”. Simplemente, estar.

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Educación física: la alumna no se ha presentado a esta materia.

Gestión del tiempo: sobresaliente. Apreciamos un gran interés de la alumna por ayudar a los demás miembros de la familia a mejorar en esta materia, cosa positiva. Pero no debe resultar tan cargante, deje que los demás aprendan a gestionar el tiempo a su tiempo, por favor.

Rendimiento: S.B. demuestra gran capacidad para rendir en condiciones desfavorables tales como escasez de tiempo, ausencia de descanso, reclamos de atención al unísono por diferentes actores, etc.

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Nota de los tutores: querida Sara, enhorabuena por el esfuerzo realizado durante el curso, te animamos a seguir así y a poner especial interés en aquellas materias en las que flojeas. Disfruta del verano y de los tuyos, mostrando lo agradecida que estás a todo lo que tienes, queriéndolos y cuidándolos. Y ya en septiembre nos vemos. Por favor, no olvides traer el resguardo de las notas firmado por “el santo”.

¡Feliz verano!

 

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Por favor, por favor. Taaaanto tiempo sin escribir y yo con estos pelos. Desde la visita de Sus Majestades hasta hoy han pasado muchas cosas en nuestra vida pero, por lo que realmente me he obligado a sentarme y darle a la tecla es porque el proyecto M-L B cumple 10 años. ¡10 años! ¡X años! ¡Una década! La pera limonera.

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Precioso regalo de aniversario

Hace diez años de ese día maravilloso en el que nos dimos el sí más importante de nuestras vidas. Y ante Dios, la Iglesia y unos cuantos más (nada, poquita cosa, unos 400 invitados), prometimos amarnos, respetarnos, ser fieles y perseverar en las duras y en las maduras. Y de pronto pestañeas y… tienes 5 hijos, una hipoteca y han pasado 10 años. Así, como quien no quiere la cosa.

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Diez años de aprendizaje constante. Constante. Constante. Diez años de momentos muy felices y de hacer historia. Porque soy de las que piensa que en cada nacimiento de un hijo estamos haciendo historia. Probablemente no sea historia de la que se estudia en “Historia Universal” o “Historia contemporánea” o “Historia del S. XXI” pero desde luego sí que haciendo historia, nuestra historia.

Y en este tiempo se confirma todo aquello que se tenía que confirmar. Que el matrimonio no es una empresa sencilla. Que se pasan momentos buenos y momentos no tan buenos. Que el amor es un aprendizaje, que queda muy lejos de las pelis moñas y de las idealizaciones que tanto nos venden. Pero que es lo mejor. Al menos para mí. Es mi vocación. Vocación de esposa y madre, por ese orden.

Agradezco que nadie me vendiese la moto de que la convivencia es sencilla y de que el “enamoramiento” es un sentimiento perenne. Agradezco tener muchos matrimonios cerca que, con su ejemplo, me han enseñado y me enseñan que el amor es también una decisión. Que lo momentos malos o difíciles son incluso más constructivos que los buenos, fáciles y felices.

Agradezco a mi marido su paciencia conmigo, su capacidad de llevar mi difícil carácter y mi pronto explosivo. Agradezco su integridad y su bondad. Agradezco a Dios que lo pusiera en mi camino y que nos diese las armas para aprender a perdonarnos y a confiar en Él. Agradezco tanto tener un hogar, un lugar en el que se me espera y en el que soy querida. Agradezco los cinco regalazos que tenemos por hijos. Y agradezco sentirnos tan arropados y acompañados en esta, nuestra historia.

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Mi fuerte, por si no ha quedado claro hasta ahora, es desmontar mitos. Y pienso que es muy importante desmontar falsos mitos sobre el matrimonio que puede conducir a decepciones. Por eso, recalco que estos diez años son de aprendizaje. Y los 40 siguiente, si Dios quiere, lo seguirán siendo. Aprender a amar. Aprender a controlarse. Aprender a gestionar el tiempo. Aprender a perdonar. Aprender a poner las cosas en su lugar. Aprender que, en esa lista de prioridades, el matrimonio es la primera. Aprender a organizarse. Aprender a tener paciencia y saber que lo malo paso y lo bueno llega y es más bueno que lo bueno anterior. Aprender economía familiar. Aprender a disfrutar.

Y creo que uno de los aprendizajes más bonitos de este tiempo para mí ha sido descubrir la grandeza que se esconde detrás de las pequeñas cosas.

Yo, que he sido animal social, alma callejera y culo de mal asiento, y lo sigo siendo en gran medida, aprendo cada día a disfrutar de la vida familiar. Llegar a casa. Que te reciban con alegría. Ayudar en los deberes, aunque acabemos subiendo el tono de voz o medio enfadados todos. Sentarme a cenar con mi marido cuando ya, ¡por fin!, todos están dormidos. Ver una película en familia. Hacer una excursión. Celebrar los cumpleaños. Leer un libro con ellos. Perseguirlos para que te hagan caso. Ver cómo aprenden a montar en bici. Hacerle una trenza a Mariflori y que te diga: “Mamá, ¿verdad que hoy soy como una princesa?”. Hacer seguimiento a ese primer diente de la Santa que amenaza ya con caerse.

Tener una conversación con el santo esposo de más de 10 minutos sin interrupciones y en persona, es decir, que no sea telefónica. Hacer una comida y ver que todos la disfrutan. Ser testigo de los avances del magnífico. Gritar los goles de los dos mayores en sus partidos de fútbol. Las confidencias contadas mientras se sientan en el trono. Las notitas sorpresa con dibujos  y esa dedicatoria tan maravillosa que reza “Para mamá, de… Te quiero, mucho, mamá”.

Una cena a solas con mi buenorro y paciente esposo… Aunque esto deberíamos intentar que fuese más habitualmente, porque lo de salir de casa los dos solos sin “compango” nos cuesta cuadrarlo un poco. Tener una casa donde la gente venga y se sienta cómoda y acogida…

Veo todo esto y me siento taaan afortunada. Pero no podría ser posible sin un marido como el que tengo. Porque esto es proyecto común. Hace 10 años dejamos de ser JP y S para ser los M-L B. Y me siento orgullosa de ello.

Claro, que tanto almíbar me está empachando. Todo esta vida de las cosas pequeñas hay que aderezarla con un poco de: gritos, algún que otro castigo, amenazas varias, discusiones, reconciliaciones, planes que se van al garete, precariedad económica a ratos, pocas horas de sueño, mucho follón de agenda, ir con la lengua fuera, enmarronar a los abuelos, enmarronar a los tíos, enmarronar a los amigos, enmarronar a todo el que se cruce por el camino, dejarse alguna cita del médico olvidadada, notita de la tutora-castigo-enfado-grito-silenciose pulcral-grito-amenaza-enésimo castigo-perdones varios… Y, sobre todo, con mucha ilusión. Porque si nosotros no ponemos ilusión a nuestro proyecto, ¿quién se lo pondrá?

Diez años de aprendizaje constante. De descubrir el gran regalo que es mi marido. De ver que Dios es fiel, a pesar de todas mis debilidades. Diez años de nuestra historia… y lo que vendrá.